Misión imposible: Sentencia final

Lo visual, combinado con un final complejo pero acertado y digno al mismo tiempo que los guionistas han decidido darle a una saga tan longeva como ésta, hacen de la octava entrega de Misión Imposible una película no solo recomendable, o magnífica, sino también necesaria.

Lo más aterrador de Misión imposible: Sentencia final es que su villano, ni más ni menos que una inteligencia artificial sin piedad alguna, que se vuelve completamente autónoma al cobrar conciencia de sí misma, y que además busca esclavizar a la humanidad bajo su yugo, o en su defecto llevarla a la extinción a través de la crisis nuclear o de la III Guerra Mundial —desconozco cuál es el peor destino de los tres que selecciona la dichosa máquina—, tiene más de realidad que de ficción. Y tal pequeño detalle logra lo que otros filmes más grandilocuentes y snob jamás han conseguido: que el espectador empatice con la trama, con el mensaje último o la moraleja que se desea transmitir, perciba a los personajes como si de sus amigos o familiares se tratase —este efecto también proviene de su factor saga de ocho películas a punto de terminar—, viva la historia como si pudiera ocurrir mañana mismo y padezca terror certero por el simple hecho de que la línea que separa lo auténtico de lo irreal sea, precisamente, tan difusa.

Los cinco primeros minutos de la película, en una escena brillante y alocada que planta la semilla de la trama —hasta donde podría llegar la IA, en definitiva, si le damos poder sobre la información y control de la red eléctrica— sientan un ritmo que, si bien no frenético, tampoco amilana o adormece en exceso al espectador. Y digo en exceso porque la última entrega de la saga de acción de Tom Cruise tampoco es inmune a los clásicos momentos valle de esta clase de filmes: el protagonista a punto de ahogarse durante quince minutos, golpe va golpe viene, cuando sabemos que ha de llegar, sí o sí, no queda de otra, y si no los tráileres de los que uno es hoy en día incapaz de escabullirse se encargan de desvelarlo, vivito y coleando al acto final.

Tal error aparece sobre todo durante el primer acto, que por momentos pide a gritos terminar y dar paso al último zafarrancho de combate. En este punto es inexplicable por qué no emplearon gran parte del comienzo de la película en darle más profundidad a la inteligencia artificial repentinamente villanesca. Qué sabe nadie: las potenciales implicaciones y consecuencias de un mundo en el que la IA llega a manipular la información a conveniencia y al servicio de sus propios intereses, qué es exactamente lo que está haciendo para causar el caos en las ciudades o qué tipo de armas comunicativas usa para dividir y polarizar a la población, desprotegida en el argot de la maquinaria extremista y perfecta que diseña ésta. Y es una pena, porque había ahí potencial de sobra como para edificar una villana a la altura de la última película de Tom Cruise como Ethan Hunt.

El resultado final es eficaz, pero no suficiente —o al menos no para el potencial que atesoraba y que nos prometía— y deja con la miel en los labios a un espectador que se relame, casi durante tres horas, pidiendo más profundidad narrativa, ética y moral. Reclamando, quizá, que el cine, tal como lo hace siempre la literatura, vuelva a considerar adulto a quien está al otro lado de la pantalla a través del planteamiento de incógnitas, retándole siempre a resolverlas. O de cualquier otro método o vía cinematográficamente madura.

Cuando la película deja de explicar el plan perfecto de Hunt (Cruise) para salvar a la humanidad de su final más abrupto —se toma su tiempo, háganme caso y vayan, por tanto, bien advertidos y prevenidos a verla—, es precisamente cuando la producción toma ritmo de crucero y más sorprende, tanto en el apartado técnico como a nivel visual, emocional o de peso del guion. Se vuelve, por decirlo de algún modo, una película de acción mucho más prototípica (y tampoco es que le siente mal, sino que complementa, incluso, a la primera hora y media de metraje). Resucitan, en milésimas de segundo, los retales que han hecho grande a Misión imposible durante tantos años de trayectoria casi inmarchitable, así como los efectos secundarios que florecen al verla —ya no les digo si, como un servidor, tuvieran la oportunidad de verla en la magnitud y la belleza de una sala IMAX—: piel de gallina, nervios a flor de piel, incomodidad en la butaca, manos tapando la boca de forma involuntaria, jaculatorias y mensajes de ánimo para el elenco que brotan de las cuerdas vocales casi sin querer. Cuánto se echaba de menos que las películas, no se hacen una verdadera idea, aunque no pertenezcan a ese cine búlgaro o húngaro o yugoslavo experimental de autor que tanto encandila al falso e impostado cinéfilo de cartón, fueran tan capaces de romper la pantalla y trasladar sus angustias a la sala repleta (nuevamente) de amantes del séptimo arte.

Los efectos especiales de Misión imposible: Sentencia final hacen de ella una película impecable, cuando menos, y denota el encomiable trabajo que todos los departamentos han hecho a fin de entregar a la audiencia el mejor producto posible. Ello, combinado con el final complejo pero acertado y digno al mismo tiempo que los guionistas han decidido darle a una saga tan longeva como ésta, hacen de la octava entrega de Misión imposible una película no solo recomendable, o magnífica, sino también necesaria.

Y eso que parecía difícil conseguirlo tras siete precuelas y con un público temiéndose el peor desenlace posible. Aunque hay un determinado momento en el que todo da igual, que es cuando la subjetividad penetra: uno ve a Tom Cruise pelear de las formas más ridículas posibles —en ropa interior, colgado de un avión, en un submarino— y no puede ser imparcial ante una despedida tan difícil como lo es ésta. La escena final comienza y nadie quiere ser ajeno a los aplausos, o a las lágrimas de algo que debe estar a medio camino entre la melancolía y la felicidad.

La pantalla se funde a negro y la película bombardea con una reflexión breve, curiosa y flamígera: la humanidad siempre estará en peligro, por consecuencia directa de las acciones de unos y otros, por la inestabilidad del cable que desde la Guerra Fría, aunque ahora invisible, sigue separando dos bloques que, en apariencia antagónicos, pertenecen en realidad a una misma historia conjunta; en este contexto, cada acción, cada granito de arena hecho de empatía y comprensión mutua, por minúsculo que sea, puede evitar que los reyes del ajedrez lleven nuestro planeta al cadalso. Y la frase final: nada está escrito.

Solo resta saber si en nuestro mundo, si al otro lado de la pantalla, hay alguien con el coraje y las agallas de Tom Cruise, alguien que se atreva a cargar a sus espaldas con los sueños, las esperanzas y los anhelos de millones de personas. O, más imposible aún, se lance en un intento suicida para tratar de salvarlos de su propio, cruel y oscuro destino.

Puntuación: 3.5 de 5.

Por Raúl R. Méndez

Cuando vi Oppenheimer supe que el cine se había terminado: no había nada más que pudiera superar aquello. Aunque, bueno. Las de Audrey Hepburn tampoco están nada mal: Vacaciones en Roma, Desayuno con diamantes, Una cara con ángel… Ya me entienden. Comprendí que la vida está hecha de un matiz de grises a mi quinto libro. ¿O fue a mi quinta novela de Arturo Pérez-Reverte? La verdad es que ya ni siquiera lo recuerdo. Cursé el bachillerato de ciencias, y en lugar de apostar por un grado en bioquímica me decanté por el periodismo y la escritura. Desde entonces, bueno. Ahí voy. Partido a partido.

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