‘Daredevil: Born Again’ es una amalgama de muchas cuestiones: fotografía lúcida e impecable; encuadres sublimes; escenas de acción ridículas y casi nunca creíbles; un guion exasperante y con evidentes altibajos; una trama que se desconoce a sí misma; un elenco activo pero cansado al mismo tiempo y mil momentos donde el conjunto se acerca, aun con sus fallos evidentes, todos ellos, a la visceralidad de su antecesora
Hay una frase que me gusta mucho. Dice así: «Lo malo que tiene el pasado es que nunca se puede negar». Sobre todo se puede mentir en esta vida, en pocas palabras, salvo de los orígenes y el punto de partida. Y, si me permiten completarla, lo único que ha de hacerse frente a esos tiempos pretéritos es escoger el modo con que encararlos. Fue Epicteto quien dijo eso de que aquel o aquello capaz de sacarnos de nuestras casillas templadas se convierte con ávida rapidez en nuestro amo, en nuestro dueño, y pasa a tener más poder sobre nosotros del que es sano y conveniente.
Imagínense ahora si el que les colocara la correa, o les encerrase en la cárcel de sí mismos, fuera un día pasado, gris, quizá lúgubre y siniestro, para nada confortable, perteneciente a esa larga saga de historias crudas que modifican el modus operandi de las rutinas y afectan al presente de tal modo que este se vuelve intransitable; o, peor aún, se tratase en su lugar de un pasado glorioso, se partiese de la base de una época dorada, exitosa, y luego uno no supiera cómo volver a responder a las expectativas generadas, a alcanzar ese mismo nivel de precisión, de acierto sin parangón. Seguro que algún que otro deportista, por citar algún ejemplo concreto, habrá tirado su carrera por la borda al mirarse al espejo y observar un retrato desfigurado, ajado y maltratado de sí mismo.
Pues en esta premisa reside también el mayor error de Daredevil: Born Again, que, lastimosamente, siendo rápidos y quirúrgicos en el análisis, nunca ha sido suficiente. No porque sea una mala serie en sí misma, o una producción aburrida, o con errores garrafales por doquier, sino porque no ha encontrado la forma con que proseguir, corresponder a su legado sin sonar ridícula o convertirse —éste ha sido su fatal destino— en una caricatura de sí misma. En un muñeco de trapo roto, deshilachado y envejecido, que se pasea de nuevo por la televisión como si no hubiera pasado el tiempo y los chistes de antaño siguieran haciendo gracia aún a día de hoy. Y tampoco satisface las exigencias de sus más acérrimos seguidores. O al menos de cuantos saben hacer autocrítica. Todo un despropósito, en definitiva.
Creí, esta vez sí, sin reticencias, a Kevin Feige cuando aseveraba que el renacer del Matt Murdock de Charlie Cox iba a marcar un antes y un después en lo que pretende (y digo pretende porque hace tiempo que desconozco si en realidad lo consigue) ser un macrouniverso de autor. Lamento ahora tener que retractarme. Puse mi fe ciega en él, y ha vuelto a decepcionarme. Thunderbolts tiene buena pinta en el horizonte, sí, eso es indudable; pero sería esa la primera vez que Marvel logra hacer cine de altos quilates, y eso, con sus siempre exagerados presupuestos, su glamour, ese peso del legado del que hablábamos antes, es sencillamente imperdonable. E injustificable.
Daredevil: Born Again es una amalgama de muchas cuestiones: fotografía lúcida e impecable; encuadres sublimes; escenas de acción ridículas y casi nunca creíbles; un guion exasperante y con evidentes altibajos; una trama que se desconoce a sí misma; un elenco activo pero cansado al mismo tiempo —el oxímoron es posible— y mil momentos donde el conjunto se acerca, aun con sus fallos, evidentes, todos ellos, a la visceralidad de su antecesora. Pero al final es éste el cuento de la pescadilla que muerde su cola y espera, algún día de estos, escapar del bucle de su propia historia.
Molesta especialmente el formato de capítulo semanal con enganche y suspense. Tratar al espectador como si fuera rematadamente imbécil y hacerle creer —tanto como yo mismo caigo en la trampa de la espectacularidad barata de Feige— que la semana próxima iba a ser la buena, la de verdad, la flamígera, en la que el capítulo iba a estallar por los aires y nadie iba a poder creerlo porque, oh, Dios mío, Marvel estaba a punto de reinventar El Padrino. Váyanse todos al diablo (nunca mejor dicho). Quizá un día de estos convenga, cuando les apetezca y tengan un hueco, hablar de cómo el maldito márquetin y el cine son incompatibles, en cuanto que este último, como expresión cultural que es, ha de funcionar por sí solo, desde sus bases. Y jamás desde su tejado o desde la óptica meramente comercial. Si tal es el caso, y miren que ya lo viene avisando Martin Scorsese, vayan escribiendo el epitafio y el obituario para el séptimo arte.
Daredevil: Born Again sirve para pasar el rato. Quizá sea eso lo único que consigue. Prácticamente no emociona, es incapaz de remover por dentro a un espectador que se sentirá hastiado por sus continuas faltas de respeto, ninguneado y acariciado en la nuca: mismo resultado que cuando los típicos cursis le cantan una nana a un anciano. No es un infante de poca monta, oiga, y de hecho tiene más guerras vistas y más vida andada que usted. Sí, quizá podría decirse de ese modo. Lo nuevo de Marvel Studios (creo que ahora se llama Marvel Television, por si existiesen dudas de que está en el sofá de su rematada maldita casa y no en la butaca del cine) es tan incoherente consigo mismo que, por momentos, lo encuentro incluso tierno. Ya lo entiendo. He visto tanto cine que me siento ya como ese pobre anciano: iba yo a la ópera, al teatro, a un concierto de música clásica, convencido de que en esta ocasión ojiplático sería poco, y me he topado con un triste, vago e indiferente emoticono, riéndoseme en la cara, convencido, indudablemente, de que iba a hacerme mucha gracia.