‘Salve María’, la película de Mar Coll ganadora de un Goya, dos premios Feroz y otros tantos galardones en festivales regionales, es una historia cruda, sin miedo al fracaso, excavada en los rincones más oscuros de la psique humana. La descarnada historia que relata es una lucha contra una parte siniestra del ser, el miedo a cometer un crimen que se va haciendo más real a medida que se piensa, una trampa china de la que cada vez resulta más complicado salir.
Una vez, Edgar Allan Poe dejó entrever en El Corazón Delator la forma en que las fantasías más siniestras afloran hasta tornarse vívidas y reales. Stephen Chbosky, otro maestro de los recovecos de la maldad y la humanidad nacido casi un siglo y medio más tarde, también lo sabía muy bien. Fue precisamente esa vocecilla que susurra en la cabeza de todo humano que terminaba poniendo patas arriba el pueblo de su Amigo Imaginario, una ficción que pasa de la fantasía imaginada a la locura colectiva. Un ruido que no deja de sonar, que golpea las paredes de la conciencia hasta volverse cada vez más grande, más grande, más grande, tornando las esquinas en enemigos, los rincones más oscuros de la mente, confirmando lo inexistente como parte de una conspiración etérea, capitalizando el terror, volviendo al diablo cada vez más capaz de vencer el pulso. Esto es lo que representa, a grandes rasgos, Salve María.
María Agirre, interpretada magistralmente por Laura Weissmahr, es una hábil novelista, madre primeriza, y ante todo, una mujer de ojos tristes. Durante toda la película, su aura es más bien gris, tendente a la espiral del silencio que la va consumiendo poco a poco, asolada por los buitres de una fantasía infanticida atroz que llega a su vida de la forma más absurda posible: parada delante del televisor en el momento menos oportuno es testigo de la tragedia de Alice Espanet, una mujer francesa que ahoga a sus dos gemelos de diez meses en una bañera, noticia que se hace eco e inmediatamente recorre las cabeceras de los medios de todo el país. A partir de ahí, el espectador puede escuchar cómo algo se quiebra en la mente de María: detrás de su creciente obsesión por el caso, de cada recorte de prensa coleccionado, de cada subrayado, de cada relato en el que imagina a un personaje llamado también Alice perpetrando un horrible asesinato a su pequeño, se encuentra latente una pregunta casi con tintes de terror psicológico: hasta qué punto se puede cruzar la delgada línea que separa la lucidez de la locura.
El acto convierte a la mujer en alguien taciturno, cada vez más distante, ausente, rodeada de gente que directa o indirectamente le confirma lo poco capacitada que está para cuidar de su hijo Eric. Es más que probable que María se haya convertido en una víctima indirecta de esos pensamientos intrusivos que van ganando en volumen cuanto más se los escucha. Atrapada en sus propias sombras. Alejándose de sí misma, de su entorno, por miedo a llegar algún día a un callejón sin salida salpicado de sangre. De odio. De dolor, culpa y vergüenza. De muerte.

Las respuestas sanadoras
Si de Salve María hubiese que destacar algo es la forma en que se siente, se piensa, se intuye el mundo desde los ojos de la protagonista, casi como si se estuviese leyendo una trepidante novela psicológica en primera persona. Una novela, por supuesto, capitalizada por los llantos de un bebé, que van creciendo a medida que la distancia física y moral de María van dando cada vez más saltos hacia atrás. La extraña pulsión obsesiva de un pensamiento que acecha, y sí, el pánico que en más de una ocasión sale a la luz en la mente del espectador a un desenlace realmente horroroso. Porque María al final, no se conoce a sí misma. No sabemos de lo que es capaz. A menudo va ciñéndose más y más el cinturón de la contención que acaba volviéndola más inestable, modelando la trama en lucha psicológica, en pulso contra el abismo de lo inhumano, la voz del diablo que susurra al oído. Pero, al final, la lección capital es que la búsqueda de respuestas a lo horripilante no basta para hallar el lugar donde se encuentra esa cuerda floja.

Contado en tonos de gris, el largometraje es capaz de salir bastante bien parado con una plantilla de personajes principales y secundarios bastante corta pero efectiva, que se desenvuelve en un municipio de Barcelona donde la vida transcurre con la más absoluta naturalidad, y en esa forma tan realista de plasmar lo cotidiano rodeado por la niebla del caos que solo el espectador y María conocen, del miedo a dejar de ser, a perder el control, a tornarse en una viva y letal pesadilla. La construcción histórica de Mar Coll tiene esa marca, ese sello profesional que alguna vez construyeron la convención del mejor cine psicológico, la literatura marcada por un Svidrigailov hundido en las sombras, los ecos de una desapasionada a la par que romántica Sylvia Plath, la reivindicación de ese sello y ese hueco femenino y maternal en el cine, casi arquetípico. Convirtiendo la búsqueda de una voz que pueda materializarse y explicarle al alma dolorida cuáles son los motivos detrás de la oscuridad. Cuáles las razones para presionar el gatillo de la deshumanización.
Entre el silencio y la pena
María no quiere ser mala madre, y eso se nota en el modo en que trata de cuidar y proteger a su pequeño de los males del mundo, reflejados en esa ventana que no cierra, que deja el paso a los cuervos que asolaban las pesadillas de Poe, y que finalmente a fuerza, se ve obligada a sellar. Nunca parece realmente dispuesta, pese a todo, a moverse para perpetrar esa temible atrocidad con la que despierta aterrada cada noche. Se teme a sí misma. Escapa, intenta explicar, escribir a toda prisa en su Mac, aporreando las teclas con el sudor de la última pesadilla salpicando su rostro. Buscando conocerse a sí misma. Y, sobre todo, hundida en la culpa de pensar, de imaginar, de fantasear con la imagen de su hijo muriendo bajo sus propias manos. Terror a volverse loca.
Todo ello se traduce en esos párpados caídos, en esa mueca y esa expresividad tan humanas que oculta las garras del pensamiento oscuro, en los gestos naturales que no temen mostrar el goteo de lo íntimo, del sudor, de la propia leche materna, de la saliva de un llanto agazapado, y en definitiva, en la brutal actuación de Laura Weissmahr, desde luego, merecedora del galardón a Actriz Revelación. El espectador sabe que el miedo de María no está realmente en llegar a convertirse en el mismo monstruo con cuernos que representa Alicia Espanet. Su mayor vergüenza es el pensamiento, y la única cura, la revelación de su silencio, la que acaba resolviendo, en parte, toda la filmación. Pero María es, pese a todo, joven. Está ocupada y a menudo siente que su marido la deja con la carga de cuidar a su hijo, de pasar mañanas aburridas en cursos de maternidad, dejándose a sí misma para transformarse en lo más parecido a una Supermami intensita frecuentadora de abrumadores chats de mamis al igual que su «amiga» y «fan número uno», Ana (Giannina Fruttero).
Sólo en ese silencio, el silencio del hogar, la falta de ruido de la rutina, es cuando el cuervo entra por la ventana, cuando el pánico a viajar a solas con los pensamientos lo inunda todo. Es una tragedia, un drama psicológico, un grito de ayuda que mana, en la cama, de noche, de una mujer común, trabajadora, corriente, algo apocada a menudo, pero en el fondo buena y sufrida, que se ve asaltada por la imaginación de actos atroces, el temor de su propio autocuidado mal confundido con egoísmo. Que, a fin de cuentas, ama y respira. A su manera, despierta la compasión más absoluta.

La negra prisión del pensamiento y el riesgo de los finales de doble rostro
La película es un retrato trágico, una corriente de imágenes de negro y blanco, grises húmedos, colores apagados, que mantienen demasiado elevada la sensación de que algo inminente y terrible acabará ocurriendo. La lucha final no es contra un impulso, ni contra un villano, sino que se desata, en la soledad de una habitación de albergue de montaña, con el descubrimiento de la humillación propia, de la enfermedad y la pena del pensamiento. Ese enemigo, que al igual que Alice, termina inspirando a construir hilos y relatos mentales que se tornan en narraciones cadentes, descarnadas, aterradoras.
Pese a todo, si hay algo que falta para poner la guinda del pastel a Salve María es un final claro y satisfactorio que nos haga ver que el peligro ha quedado lejos, que nos traiga a un lugar seguro y confortable y no a una celda de contención agujereada. Un final en el que se sienta que María ha logrado sobreponerse a su propia oscuridad, pero sobre todo, en el que haya recibido las respuestas que merecía y que jamás halló.
El añadido dramático del cambio de cabello de María hacia el final del rubio pálido a un tono rojizo similar al de Alice Espanet, tres o cuatro años después, las preguntas nunca contestadas al teléfono, y ese paseo final al borde de la playa antes de despedirse de Eric no terminan de ser claros, y se ven algo confusos con la narrativa que se había desenvuelto hasta el momento, si bien oscura y nebulosa, clara en sus ideas. Pero cuando María se encuentra con que, aunque quiere pasar tiempo con su hijo y cuidarlo, apenas conoce ni lo quiere conocer como sí lo hace el bueno de su exnovio, Nico (Oriol Pla). Cuando se suelta temporalmente de su responsabilidad y asiste a un club a desmelenarse, es inevitable pensar: ¿Eric fue un hijo deseado o fue una carga demasiado grande, una cadena para María?
A ello se le suman algunas actuaciones algo flojas en ciertos ámbitos como esa Alicia Espanet de pesadilla tornada en bestia casi mitológica, sin presencia, sin líneas claras ni aparición sorprendente (qué diablos, si ni siquiera responde al teléfono, aunque de algún modo aterrador nos hacen creer que ha leído los mensajes que le ha mandado la protagonista), o Ana, esa madre coraje y ama de casa, que aunque no lo haga, parece burlarse constantemente de la protagonista para acabar desapareciendo, olvidada en el fondo del guion como un personaje sin cierre.
Más allá de esto, es un drama real, vivo, aterrador, pero brillante e inteligente en su escritura, casi sacado de un libro envolvente, de una narración psicológica con salpimentados de Henry James en su faceta más oscura, Shirley Jackson y sus psiquiátricos y un eco de Stephen King. Sin olvidar, por supuesto, a uno de los autores que más aparece reseñado indirectamente en la obra a través del cuervo que una vez inspiró su poema: Edgar Allan Poe. Un final abierto a interpretación, sigiloso como un huracán, que empieza igual que acabó, a sabiendas de que nada volverá a ser igual, y un poco de esta sensación: «¿cómo esta historia debe terminar?»