A Complete Unknown Crítica

A Complete Unknown es un cajón de sastre en formato de musical algo monótono y lineal en el que cabe prácticamente de todo: reflexiones sobre la anatomía que compone la canción, diversas opiniones sobre lo que significa o no significa la buena música, un alegato último en defensa del libre albedrío del artista.

Había alcanzado ya ese punto de práctica y descarada chulería: Wayfarer por la noche, pelo largo definitivamente alocado y casi desaliñado sobre el que brillaban las luces de neón de la ciudad dormida, traje negro a fin de fundirse, qué digo, ser uno con la nocturnidad misma. Su ascenso a la cima de la música folk y contracultural de los sesenta —esa que entendió bien que su función no era el entretenimiento banal sino más bien mandar un mensaje y reagrupar a las masas en torno a consignas comunes y viejos consensos— había sido, como poco, veloz y meteórico. Pero no inesperado. Nadie nunca se atrevió a dudar de su talento. 

Aunque ahora ya lo rodeaban los buitres de siempre: animales salvajes en celo, agazapados, esperando con malsufrida paciencia el turno de darle un mordisco al pastel de otro, agarrar del brazo al éxito y comenzar a darle lecciones y consejos a quien era mejor que todos ellos: «haz esto, Bob, y esto otro también, seguro que así, de este modo, te va mucho mejor», o «peínate hacia el otro lado, Bobby, respetando la cadencia natural de tu cabello», o «ni siquiera mires a los Beatles, no tienes que considerarlos tu competencia porque tienes que jugar en esta liga que te pongo yo delante».

Entonces Dylan coge la guitarra. Todos sabemos lo que eso significa: los va a vapulear sin necesidad de entablar una simple conversación. La música, su voz, sus acordes, sus letras, van a hacer el resto. Y, en efecto, lo esperado se termina por convertir en realidad, cruda para los unos y boyante para el otro. Les da una paliza evidente en la que es una de las escenas más carismáticas de A Complete Unknown; capaz de captar, además, y como pocas veces se ha logrado en la historia del cine, la esencia auténtica del gran enigma casi literario que es Bob Dylan: indescifrable, impredecible, siempre suyo y fiel tan sólo a sí mismo. Un alma libre, salvaje, pero para nada cándida. Bob Dylan era, simple y llanamente, Bob Dylan. Se le tomaba o se le dejaba. Y algunos menos avispados que otros eligieron no tomarlo.

A Complete Unknown es un cajón de sastre en formato de musical algo monótono y lineal en el que cabe prácticamente de todo: reflexiones sobre la anatomía que compone la canción, diversas opiniones sobre lo que significa o no significa la buena música, un alegato último en defensa del libre albedrío del artista (sobre todo tras ese poderoso y emotivo final). Porque, al fin y al cabo, tras tantos y tantos años de historia de la humanidad, sobran los casos de genios que fueron incomprendidos y aplastados por la rueda anacrónica e injusta de su época, quizá algo indigna para ellos: Van Gogh, Edgar Allan Poe, Franz Kafka. Y también Bobby. Por eso A Complete Unknown acierta tanto cuando destaca las peculiaridades más ariscas de la personalidad de su protagonista: esa crisis de los misiles de Cuba, cuando el presidente Kennedy no pudo garantizar la supervivencia de la mitad del país si el conflicto estallaba de forma definitiva, en la que Bob Dylan no coge un taxi o huye con sus pertenencias, sino que elige, rendido pero tranquilizador, el local, la guitarra y la música a fin de apaciguar a todos los demás.

La película al completo es también una epopeya sobre el triunfo, y sobre sus consecuencias psicológicas y sociales. Sobre la necesidad humana de querer trascender, o de buscar la trascendencia por encima de todo. Hasta qué punto la obsesión con la victoria puede conducir a un hombre hacia la más honda gelidez mental, camino de la indiferencia, la equidistancia, a punto de verse atrapado en la cárcel de sí mismo; torturado, al mismo tiempo, por lo contradictorio de sus propios pensamientos, incapaz de escoger, por ejemplo, a quién se ama de verdad.

A Complete Unknown Crítica

Acompañada de una fotografía sublime y eléctrica, el conjunto no pretende desentrañar al completo el misticismo en torno a la figura de Bobby, sino que más bien elige ser, a voluntad, por elección propia, algo así como una mirada que el director James Mangold elige imprimir sobre un momento concreto y trascendental de la carrera del cantante: su ascenso y posterior caída en desgracia entre los más acérrimos del folk (Judas, lo llamaron) cuando apuesta también por el rock como terreno fértil donde cultivar y dejar que florezcan sus inquietudes más profundas: ese poderoso Highway 61 Revisited que poco después callaría bocas discordantes y voces críticas convirtiéndose de inmediato en un superventas.

Pero A Complete Unknown no es nada sin Timothée Chalamet, que está, y esto es mucho decir en un actor de su talante, más hipnótico que de costumbre —parece mentira, se dice uno durante todo el filme, que este chico tenga solamente veintinueve años—. Le inspiran los grandes (Marlon Brando está entre ellos, aseveró el otro día). Y vaya que si lo hacen. Engulle aquí el mito del cantante con una facilidad pasmosa, y se funde en ese complejo papel como si se tratara de un paseo por un parque que le es ya de sobra conocido, tanto que la línea que separa al actor de su personaje se vuelve difusa, por no decir del todo inexistente. ¿Y saben qué? Que en cierto modo es verdad. Quizá por la fama rápida y abrumadora, o por haberse sentido desconectado en algún momento de su trayectoria vital, o por haber padecido también ese síndrome del talentoso pero a la vez completo desconocido que espera con desesperación su momento para brillar, Chalamet ha sido Dylan muchas veces en la vida.

Cuestión aparte es su música. Tan sólo Dios sabrá por qué ha decidido dotar a Timothée no sólo con dotes actorales tan versátiles y variopintas, sino también con un instinto natural para la música, la guitarra y la armónica. No sólo es que imite a la perfección los difíciles gestos, ademanes y comportamientos de Bob Dylan, no sólo es que haya logrado una actuación impecable a base de mezclar lo propio con lo ajeno, no sólo es que impregne de un magnetismo especial cada segundo de metraje; es que incluso toca y canta como él, indistinguible por momentos del Bobby original, tan adentrado en las fauces de su personaje que parece ser el mismísimo artista rejuvenecido quien protagoniza su propio biopic.

Resta sólo una pregunta, ahora que ha sido Elio, Laurie, un genial y bien pulido Paul Atreides y hasta un excéntrico Willy Wonka, ahora Bobby Dylan, trabajado para Nolan y Greta Gerwig: ¿qué más ha de hacer este pobre chico, en caso de que este domingo no se lo otorguen ya, para ganar su primer Óscar?

Puntuación: 4 de 5.

Por Raúl R. Méndez

Cuando vi Oppenheimer supe que el cine se había terminado: no había nada más que pudiera superar aquello. Aunque, bueno. Las de Audrey Hepburn tampoco están nada mal: Vacaciones en Roma, Desayuno con diamantes, Una cara con ángel… Ya me entienden. Comprendí que la vida está hecha de un matiz de grises a mi quinto libro. ¿O fue a mi quinta novela de Arturo Pérez-Reverte? La verdad es que ya ni siquiera lo recuerdo. Cursé el bachillerato de ciencias, y en lugar de apostar por un grado en bioquímica me decanté por el periodismo y la escritura. Desde entonces, bueno. Ahí voy. Partido a partido.

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