El largometraje de Arantxa Echevarría, galardonado con dos premios Goya y un premio Forqué, cuenta la hazaña de una joven agente infiltrada sin pena ni gloria entre los círculos de simpatizantes de ETA durante los años 90 con el objetivo de desmantelar una célula criminal de la banda ultranacionalista vasca. Elena Tejada es la mujer que ha inspirado la historia cinematográfica de ‘La infiltrada’. Su testimonio ha dado lugar a una producción que permite conocer una de las partes más ocultas de la guerra contra el terrorismo en España.

San Sebastián en los años 90 huele a plomo y sangre. Mónica Marín, nativa de Logroño y policía en prácticas se convierte en el alter ego de Elena Tejada, la primera mujer que asumió un papel como espía entre los círculos internos de ETA. Elena hubo de dejarlo todo para convertirse en otra persona, convivir durante siete años con grupos políticos revolucionarios y con etarras empedernidos, con el objetivo de desmantelar el Comando Donosti, una célula en reconstrucción dentro de la organización terrorista.

En la película, Mónica Marín, interpretada por Carolina Yuste, pasa a asumir a sus pocos 23 años el rol de agente infiltrada, y vivir de cerca las idas y venidas del grupo terrorista. Sirviendo txakoli amargo en una herriko taberna durante las noches, mientras el azufre de la crispación flota en el aire, en el que retumban el rock-punk de Kortaku o Eskorbuto, y la jerga ultranacionalista salpicada de «amnistías», «presos», «topos» y «pikoletos«. Trabajando como carnicera por la mañana, y por la tarde, haciendo de activista política que cubre las paredes de ladrillo de carteles plagados de rostros conocidos por haber apretado el gatillo en alguna ocasión de su vida: Ternara, Potros, Mikel o Sarrionandia, entre otros.

Las juventudes claman por la causa de una organización que se ha alzado como defensora de un enemigo invisible y de una opresión que se ha ceñido como una venda a los ojos en el tumultuoso sigilo de las calles. La otra cara de la sociedad: asomarse con pánico a los buzones, mirar los bajos de los neumáticos antes de arrancar, andarse con cuidado de molestar al individuo equivocado o temer la llegada de un papelito con la serpiente y el hacha recordando una deuda pendiente, una cuenta por saldar o la existencia de una ojeriza nacionalista que hasta entonces se ignoraba. Una comunidad dividida entre la ira silenciosa y el clamor desenfrenado de sangre y el destapar de los seguros de armas en casa y en la calle. En palabras de Aramburu: «En esta tierra nuestra, la verdad murió hace mucho tiempo».

Aranzazu Berradre: de Mónica Marín a convivir con el enemigo

La película permite sufrir al espectador en muchas ocasiones el aliento y la tensión de la protagonista en sus movimientos sigilosos y cautos como agente infiltrada. Tras adentrarse entre los fanáticos de la izquierda abertzale y congeniar con los partidarios del Euskal Herría, asumiendo el nombre de Arantxa, Mónica debe cumplir una misión que no le traerá beneficio ni reconocimiento, alejada de su familia y malviviendo entre los círculos más radicales de la política vasca. La joven policía vivirá sola, renunciando a siete valiosos años junto a su familia para luchar contra el terrorismo desde dentro, cantando discos de Ray Heredia a voz en grito por la casa y con la única compañía de su gato, Sua, en un piso enano de Donosti.

Una misión que la convertirá a la fuerza en testigo de los recovecos más siniestros y oscuros de la política vasca en los años 90. Camuflada entre los sectores cada vez más peligrosos y cerrados de los partidarios de la independencia del pueblo vasco, la agente tiene que ponerse a prueba a sí misma, a su paciencia y a sus lealtades en un entorno cubierto por la niebla de los ideales, la práctica cada vez más marcada de la agitación callejera, las luchas contra la Guardia Civil y la Ertzaintza y los gritos de Presoak Kalera retumbando en las calles de San Sebastián. En definitiva, habrá de disfrazarse de uno de esos idealistas para ganarse la confianza de los estratos más elevados de la organización terrorista Euskadi Ta Askatasuna.

El filme recoge, casi como un relato narrado en primera persona el temple de Mónica, que, con mucho pulso, logra mantenerse en secreto durante siete años, ganándose la confianza de los grupos políticos radicales. Primero conocerá al joven Kepa Gastesi, responsable de un atentado terrorista chapucero a un funcionario de prisiones, y más tarde a Sergio Polo, un etarra liberado por la justicia francesa, a quien la protagonista verá para sus planes como la horma de su zapato. Finalmente, acaba transformándose en chófer y confidente de ambos, cargos importantes del emergente Comando Donosti, en un piso de tablas rechinantes de Urbieta, sin que su imagen se desmorone ni flaquee (casi) en ningún momento.

La infiltrada también va más allá de la lucha de una mujer agente contra un grupo terrorista político. Es también la plasmación del papel de los cuerpos de policía en la lucha contra ETA en un momento muy vulnerable marcado por la corrupción sistémica entre las altas esferas y la memoria del G.A.L. y sus actos controvertidos.

Ángel Salcedo, ‘El Inhumano’, a quien encarna Luis Tosar, es un hombre de ideales duros, con el carácter de un trozo de mármol, compasivo a la par que dispuesto a azotar el escritorio una y otra vez o a desafiar a sus superiores para convencerse de que está obrando con justicia, pero también un firme defensor de sus principios y un garante del conflicto limpio contra la organización, lejos de los despachos y las comisiones extraordinarias. Es el reflejo de una justicia que busca imponerse de forma autónoma y alejada de la escalera burocrática, que pone en tela de juicio incluso sus propias amistades para servir al deber atado a un código de honor rígido e inamovible, y quizá, también, de lograr cierto reconocimiento del que carece.

Pero la policía no es solo el cuerpo donde se pinchan los micrófonos y se persigue a los malos con el arma al cinto, sino que también se convierte en una entidad humana, un lugar donde el amor acaba transformándose en una debilidad realista y sincera, que se plasma en el inoportuno embarazo de Andrea (Nausicaa Bonnin), en apariencia una mujer algo torpe y desmadejada a la que hay que recordar lo que debe hacer, pero convencida en el fondo de su lugar en el mundo. Teruel (Victor Clavijo), su marido, también es un hombre que representa, todo bigote, tirantes y cigarrillo en boca, típico macho con etiqueta «siglo XX», la imponencia en un mundo crudo y disciplinado como el de la policía, pero también la fuerza para proteger a su familia.

Abrazarse al gato para no perder la cordura

Es difícil imaginar lo que se debe sentir al compartir un piso con las dos caras del terrorismo, hombres que ya saben lo que es impregnar las botas y las manos de sangre, capaces de una violencia llevada a extremos ardientes: la de Kepa Gastesi (Iñigo Etxebarria), un rostro joven, viva imagen del fanatismo ciego, un fiero e impetuoso revolucionario capaz de revivir su chapucero atentado con los ojos vidriosos y una sonrisa en la boca a la par que se muestra como un remiendo de tierno amante que juega a los marcianitos y al parchís y echa de menos las lentejas de su amá. El otro rostro, la otra faceta de lo despiadado es la de Sergio Polo (Diego Anido), nativo de Galicia y garante acérrimo de la causa de ETA. Exhibición de poder a golpe de cabezazo y clamas domésticas de eslóganes abertzales, que, para más inri, es una pretensión del alfa acostumbrado a hacer todo a la orden de sus joyas de la corona.

La joven debe transformarse en quien no es, asumir el pelaje del lobo, ejercer el arte del engaño y el temple a una edad en que el ímpetu está a flor de piel y en la que no cualquiera sería capaz de mantener todos los papeles ordenados sobre la mesa. Sus momentos de flaqueza la hacen terriblemente humana: sus llantos, sus titubeos, sus temblores, e incluso su pasión sincera por los bocadillos de tortilla que le regala de cuando en cuando su superior. Su intento fracasado de imponerse a las exigencias de Polo y los riesgos continuos en que sus fallas ponen la misión y que la llevan a recibir más de un rapapolvo de Ángel no la convierten en la típica agente norteamericana y perfeccionista, sino que se combinan en un personaje complejo, que debe asumir una careta de estoicismo que no posee, y que se refleja en sus reacciones a menudo viscerales… y en la relación con su gato.

Sua, por otra parte, se convierte en un lazo. Su felino no solo asume el papel de animalito gracioso, pegajoso y arrullado, sino de la conexión de Mónica con su vida real, con sus lazos de humanidad y sus verdaderas creencias. Quizá por eso la relación de amistad que existe entre la excéntrica agente y su minino resulta uno de los añadidos más valiosos de la historia. Únicamente Sua es capaz de tres cosas: sacar el temperamento de la agente (incluso a riesgo de echar a perder la misión) para protegerlo de sus siniestros invitados, mantener viva la lealtad de la joven a su misión, e incluso simbolizar el momento revelación en la historia, cuando los dos fanáticos, retenidos en la casa, descubren, ya demasiado tarde, que han caído en una trama cuando uno de los policías comienza a llamar al gato por su nombre para devolvérselo a su dueña.

Un thriller histórico-psicológico con olor a salitre y losa mojada

Quizá el público esperaba una de disparos. Una mujer que con el arma en la mano se desenvuelve a base de tiros por un entorno oscuro y lluvioso en el que capuchas, txapelas, Ikurriñas malamente transformadas en emblemas políticos, pintadas en las paredes ensalzando a ETA y pancartas que muestran rostros de condenados por sus asesinatos en lugares públicos conviven como parte de un todo. Algún balazo podría esperarse, pero en la producción se ejecutan solo un puñado bastante desgarbados.

La esencia de La infiltrada reside en su aura de ficción histórica tan desgarradoramente real, tan vívidas e impregnada del olor a salitre y algas de los embarcaderos donostiarras y la pólvora, que no necesita del chasquido de una pistola para hacer estremecer a la audiencia, que llega a percibir la tensión viva detrás de cada callejón, en las losas mojadas y entre los pequeños huecos de las escaleras.

Es cierto que la producción podría haberse beneficiado de una mayor profundización en el contexto político y de alguna otra secuencia de acción más allá del desmadejado tiroteo del final que hagan sentir el drama ardiente de una buena película de espionaje. Sin embargo, el guion en la práctica habla más por lo que no ocurre y lo que no se dice, y se desata como una novela de conflicto psicológico en la que pesan más las decisiones que el plomo. Un recordatorio constante de la violencia y la intimidación a la orden del día reflejada desde el silencio y desde las palabras nunca dichas.

La infiltrada es una historia que cuenta algo real: una sociedad dividida durante los frágiles años de consolidación de la democracia impregnados de sangre. La misión de Mónica se convierte en un punto vital y recuerda con mucho acercamiento a la realidad el importante papel que no solo la Guardia Civil, sino también la Policía Nacional y más allá, los agentes infiltrados cuyas historias han caído en el olvido, tuvieron en la desactivación de las células etarras durante los años del terror, y que finalmente, acabaron derrotando, junto a la poderosa presión social, a la violencia política.

Puntuación: 3.5 de 5.

Por Daniel Caballero de Paz

Cuando me regalaron mi primera libreta, no pude evitar llenarla de garabatos. Ahora hago lo mismo con los procesadores de texto, que ocupan menos espacio y no gastan papel. Si el día tuviese más de veinticuatro horas, seguramente ya habría visto todas las películas rodadas y por rodar y leído todos los libros escritos y por escribir. Ya ven, la gracia del tiempo. Que le toca a uno elegir qué es lo que va a hacer después.

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