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ENTREVISTA | Kikol Grau de ‘Turismo de guerra’: «Si hubiera más cineastas experimentales, quizás mi estilo no parecería tan extremo»

En el mundo del cine independiente español, Kikol Grau es como ese compañero que llega a una fiesta vestido de dinosaurio: inesperado, excéntrico y completamente inolvidable. Este cineasta catalán, que no encaja en ninguna categoría, ha demostrado que los documentales no tienen por qué ser aburridos ni sentirse como un trabajo de clase.

Él es el creador que fusiona historias complejas con ritmos y montajes alocados, acercando temas históricos a las generaciones que ya no tienen paciencia ni para un vídeo de dos minutos en TikTok. Su película se podría resumir en humor negro, críticas a la industria y un poco de espíritu punk. En 22 minutos con Kikol Grau:

Pregunta: ¿Cuál es tu objetivo al usar este estilo tan fresco?

Kikol: Sí, bueno, estamos acostumbrados a hacer cosas más serias, pero creo que se pueden contar historias de otra manera. Cuando hablo de la Guerra Civil o de temas históricos, intento no hacerlo como un documental tranquilo con música suave. A veces uso humor, aunque ese humor pueda ser incómodo. Quiero que la gente joven se enganche, que vea algo y diga: “¡Vaya, esto es diferente!”. Me han dicho que mi estilo llega mejor a las generaciones jóvenes, así que es un plus.

P: ¿Te costó decidirte por involucrarte personalmente en los documentales?

K: Sí, fue una decisión difícil. Al principio, solo quería una voz en off académica, pero me parecía demasiado seria. Decidí ponerme a mí mismo en el documental para hacerlo más cercano, como si el espectador y yo estuviéramos ahí juntos, viendo las cosas desde dentro. Fue un poco vergonzoso, pero terminó funcionando. Me encanta esa sensación de estar en las trincheras, como si fuera un Robert Capa de la historia.

P: ¿Crees que este tono moderno y más personal hace que conectes mejor con las nuevas audiencias?

K: Sí, totalmente. Los jóvenes están más acostumbrados a contenidos ágiles. Ayer mismo alguien de Cinemanía me dijo que mi tono era diferente, porque mezclo lo moderno con lo histórico. La verdad es que creo que el cine necesita evolucionar y dejar de ser tan formal.

P: ¿Piensas que el cine actual es demasiado clásico y necesita más directores con miradas creativas?

K: ¡Absolutamente! Ahora mismo, mucha gente sigue haciendo lo mismo porque es lo que funciona para conseguir financiación. Por eso me dicen que soy radical, pero en realidad es que no hay suficientes como yo. Si hubiera más cineastas experimentales, quizás mi estilo no parecería tan “extremo”.

P: ¿La industria del cine está preparada para lo que viene, como la inteligencia artificial?

K: No, para nada. El cine se mueve lento en comparación con los cambios que vemos en los medios digitales. Lo de los youtubers y las nuevas formas de narrativa todavía está integrándose poco a poco, pero el tema de la IA va a revolucionar todo. Y el cine tiene que adaptarse o perderá relevancia.

P: ¿Crees que hacen falta más directores de cine con una mirada más creativa y fresca, y no tan encapsulada en lo que “debe ser” el cine? Porque a veces en los festivales veo películas buenas, pero al final se parecen mucho entre sí.

K: Sí, es precisamente lo que te comentaba antes. Ahora mismo, hay un fenómeno interesante con el impulso de visibilidad hacia las mujeres en el cine, algo que ha abierto nuevas puertas y ha hecho que se vean historias contadas de formas distintas. Esto es muy positivo porque empieza a romper ese monopolio de narrativas dominadas por hombres, y estamos viendo más directoras con enfoques frescos.

P: Claro, pero me refiero a cosas aún más experimentales, ¿Piensas que ese tipo de cine tiene cabida, o es difícil sostenerlo?

K: Lo experimental es complicado. Puedes hacer un cortometraje o un proyecto específico, pero es difícil que puedas mantenerte solo con eso. Muchas veces la gente se retira o se dedica a otra cosa, como dar clases. Me considero privilegiado por haber podido hacer mis películas y mostrarme en ciertos festivales, pero es una situación bastante frágil. No quiero ser un bicho raro o un marginado; sin embargo, parece que el cine más alternativo tiene más espacio en festivales de arte o museos que en los festivales de cine más tradicionales.

P: Entiendo. ¿Dirías que eso desanima a los cineastas a seguir arriesgando?

K: Sí, muchos acaban agotados. Es una lástima, pero si no encuentras presupuestos, tienes que asumir lo que hay. No quiero luchar contra molinos de viento; prefiero no pelearme con un sistema tan complejo. Tengo proyectos pendientes, pero no sé si avanzar con ellos o tomarme un descanso.

P: Cambiando de tema, en tu documental noté referencias al turismo en España, como una crítica al turismo masivo, ¿Es algo que también trataste en el largometraje?

K: Sí, hablo del impacto del turismo. Vivo en la Sagrada Familia de Barcelona, y es un desastre social y cultural. Todo empezó cuando propietarios prefirieron alquilar a turistas a precios desorbitados, y eso ha destruido el tejido social. Ahora hay más gente viviendo de rentas, y esos mismos turistas se van a otros destinos a hacer lo mismo. Es un ciclo vicioso que ha convertido muchas ciudades en lugares casi inhabitables para sus propios residentes.

P: Entonces, ¿es más bien una crítica a las empresas que fomentan este turismo masivo?

K: Exacto. No es odio al turista en sí, sino a las empresas que se enriquecen explotando estas situaciones. El problema es cuando una familia tras otra ocupa el apartamento de abajo, y si resulta que llegan hooligans, lo tienes peor. Esto lo veo cada día en mi barrio, y es frustrante.

P: Hablaste también de la guerra en tu película, ¿Por qué decidiste combinar estos dos conceptos?

K: Las guerras no tienen nada positivo; solo mueren los pringados y los pobres. Quise explorar cómo hemos convertido ciertos lugares de conflicto en atracciones turísticas morbosas. No me gusta ver niños muertos de ningún color, ni lado, pero la banalización de las guerras me interesa.

P: ¿Y por qué elegiste un estilo de banda sonora con rock y punk?

K: Siempre he usado rock y punk, preferiblemente nacional, porque es la música con la que crecí en los 80. Las letras a menudo aportan mucho al montaje, y me gusta que coincidan con las escenas. También es divertido y gamberro, que es como me gusta hacer cine.

P: También utilizaste recursos como los antiguos Nodos, ¿Por qué?

K: Quería transportar al espectador a una época específica. Usé los archivos sonoros porque tienen una forma peculiar de narrar, que añade mucho a la ambientación. Fue curioso, porque el director de la Filmoteca Española me comentó que nadie había pedido solo archivos de sonido antes.

P: Me pareció interesante también cómo exagerabas algunas escenas, como cuando mostrabas turistas con fuego.

K: Sí, es una manera macarra de resaltar mi punto de vista. A veces me dicen que me estoy haciendo más tranquilo con los años, pero yo creo que sigo teniendo ese toque gamberro.

P: Para finalizar, si tuvieras que resumir tu película en una frase, ¿cuál sería?

K: Sería algo como: «Cómo se patrimonializan y convierten en atracciones turísticas los vestigios de la guerra, sin caer en la banalización de lo que realmente representan».

P: ¿Alguna anécdota divertida del rodaje?

K: Una vez en Frankfur me encontré a alguien disfrazado de Himmler en una recreación de la Segunda Guerra Mundial. Era absurdo, porque estaba prohibido ir vestido de nazi, pero ahí estaba, y terminamos riéndonos y tomando cervezas. Ahora ya no lo permiten, pero fue una situación surrealista.

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