Cuando me regalaron mi primera libreta, no pude evitar llenarla de garabatos. Ahora hago lo mismo con los procesadores de texto, que ocupan menos espacio y no gastan papel. Si el día tuviese más de veinticuatro horas, seguramente ya habría visto todas las películas rodadas y por rodar y leído todos los libros escritos y por escribir. Ya ven, la gracia del tiempo. Que le toca a uno elegir qué es lo que va a hacer después.