El tenista murciano derrota por doble 6-3 en el Six Kings Slam a un manacorí ajado por los años, de psicología quebrada por el olor de su retirada inminente ya en el horizonte, que aun así dejó destellos de una calidad incapaz de marchitar. Rafa se medirá con Djokovic por el tercer puesto el próximo sábado; Sinner y Alcaraz jugarán después la final por los seis millones de euros que otorga el macrotorneo árabe.
Apareció Nadal esta vez vestido de Poseidón, y pareció coger el tridente, la raqueta y el bisonte por los cuernos. Correteó por el pasillo de acceso a la pista como si volviera a tener dieciocho años, mientras los jeques montaban el folclore y el espectáculo de luces previo a una semifinal donde importaba más el fondo del asunto que la forma que adquiriese el torneo de exhibición —hablando en plata: a todo el mundo el millonario invento del Slam de los Seis Reyes le daba exactamente igual, salvo por los dos protagonistas sobre el tablero—, pero ni siquiera con esas pudo frente a un Alcaraz imperial al que el destino le tenía reservado el agrio papel de villano por decreto.
El de Manacor entró deshecho al cuadrilátero, líquido y amilanado, notablemente triste, con la cabeza gacha, la mente en la Davis y el retiro, el corazón en un puño y los ojos atravesados por un profundo zafiro de lágrimas contenidas al verse ya lejos del deporte que ha constituido toda su trayectoria deportiva y la historia de su vida entera; y Carlitos, gélido como el hielo, no tardaría mucho en aprovechar la oportunidad de clavarle la primera puñalada en forma de rotura de servicio, nada más comenzar. Prisionero de su saque ineficaz, Rafa comenzaba pronto a sucumbir al hechizo y a la agresividad del juego del joven español, que parecía ir siempre tres pasos por delante.
Aunque a lo largo de los siguientes juegos el manacorí recompuso su servicio y empezó a subir a la red con más comodidad para ganar puntos con rapidez y sin despeinarse demasiado, o a buscar efectos brillantes y huecos libres en la pista prácticamente cubierta por un Alcaraz omnipresente, lo cierto es que el despliegue y la potencia de su aprendiz fueron demasiado para un Nadal torturado a diestra y siniestra, sin piedad ni remordimientos por parte de su contendiente. Todo intento que proviniese del lado de la pista que ocupaba Rey de la Tierra era en balde, y los fogonazos de luz del balear eran rápidamente sofocados por las derechas tensas y los reveses embalados de Carlitos, inalcanzables para Rafa. Primer set para el heredero.
La segunda manga, casi un calco del primer asalto, comenzó con el de Mallorca buscando una resurrección que se sabía imposible, tercer set a proa que nunca llegó. Nadal cedió de nuevo su servicio cuando descubrió, ya demasiado tarde, que los efectos cortados o liftados tenían poco efecto sobre Charly. A Alcaraz lo que le hacía daño de verdad eran las derechas-cañonazo desde el fondo de la pista, casi con la suela de la zapatilla apoyada sobre la valla publicitaria. Es entonces cuando baila a Carlos con 1-4 en contra y en turno de servicio, de lado a lado de la pista, el peninsular, y remata el punto en la red con un salto magistral, casi rejuvenecedor, el pequeño Rafa Júnior aplaudiendo tiernamente, y Nadal pone a reflexionar a más de uno. ¿Acaso sin aquella lesión sucia en aquel maldito Wimbledon de 2022 estaríamos hablando de dieciséis Roland Garros en su haber y en busca del decimoséptimo? Jamás lo sabremos. Nuestra realidad fue, tristemente, otra muy distinta.
Alcaraz vuelve a disparar y Nadal cae rendido ante la juventud inapelable del de El Palmar. La pelota vuelve a írsele fuera —ya estaba siendo recurrente durante todo el encuentro— y ya resta un partido menos en el contador. Un día menos antes del fin y de que todo termine. Del último capítulo de una novela que nadie quiere cerrar, porque por momentos no parecía iba a tener punto final. Sonríe Rafa, pero ni siquiera la breve mueca de felicidad borra el evidente ademán de la despedida que se avecina.
«Yo creo que no tengo nada que enseñarle a Carlos, a estas alturas», asegura Nadal en la entrevista al final del partido. Te equivocas, Rafael. Alcaraz aún tiene mucho que aprender de ti. Y si no es ciego o un ignorante, tras este partido habrá aprendido una valiosa lección que sería incapaz de aprender ni jugando diez Grand Slam más.