La segunda temporada de la serie sobre la guerra civil Targaryen abraza un concepto más calmado y sosegado que el de su primera entrega, quizá equivocándose por mantener la acción y el estallido definitivo del conflicto maniatados hasta el estreno de la tercera parte en 2026
Cuando a Ned Stark lo decapitaron en mitad de una plaza pública, humillándolo como a un trozo de estiércol maloliente, acusándolo falsamente de traición al reino y al propio rey, terminando así con el presunto protagonista de una serie que desde el principio abrazó la idea de representar sin piedad, máscaras o eufemismos los años más crudos de un medievo donde las estaciones duraban años y los dragones parecían haberse extinguido, todo el mundo entendió que Juego de Tronos no era (ni tampoco pretendía) ser como el resto de series ñoñas, rosas y esponjosas donde los protagonistas viven apaciblemente en los mundos de yupi, a salvo de todo peligro, muerte, enfermedad o flecha inesperada de la vida: lo que desde HBO pretendían, sin excusas, era traumatizar a su propia audiencia. Luego se reafirmaron en esta misma y sangrienta premisa cuando a su hijo Robb, símbolo de la inevitable venganza paterna, de la esperanza, la justicia, lo que está bien, la ética, el honor y el destino escrito, casi épico, lo asesinaron un puñado de traidores vendidos al por mayor tras tocarle en sus mismísimas narices, a modo de prolegómeno macabro, casi cruento, el himno de la casa que había acabado con su padre antes que él; sólo para que después le rebanaran también el cuello a su madre, Catelyn, quien aún observaba desangrarse el cadáver moribundo de su primogénito en el suelo frío por el calor insuficiente de las antorchas: última y brutal imagen antes de morir. Y cuando Joffrey Baratheon (Lannister) fue envenenado el día de su propia boda, Tyrion fue juzgado por su propia familia y empujado a un irremediable exilio si quería mantenerse con vida, a Jon lo traicionaron sus propios compañeros cuervos, que cruelmente dejaron caer su cuerpo apuñalado en la fría nieve del Muro, o Cersei voló el septo de Baelor en una de las mejores escenas de ficción que se recuerdan. Iré al grano: lo que caracterizaba aquello, la fórmula mágica que explica el porqué de su éxito, era que mantenía al espectador en vilo capítulo sí, capítulo también, engatusándolo y engañándolo hasta enseñarle la primera patita de realidad de un veloz plumazo, a golpe de un vil y rígido tortazo; y yo, lamento decirlo así, y pese a que me haya acercado como nunca antes a ese punto de expectación que sentí al ver Juego de Tronos por primera vez, creo que la segunda temporada de La casa del dragón está a años luz de atracar en tal puerto.
No ocurre tanto porque la flamante nueva entrega de HBO sea una sosa producción carente de alma, o de escenas épicas que recuerden a la mejor versión de Game of Thrones antes de que ésta perdiese totalmente el rumbo —la batalla de Reposo del Grajo o el final del primer episodio, el asesinato del bebé heredero perpetrado por los sicarios de baja cuna y nulos modales Sangre y Queso, acaban por colarse en el podio de momentos del universo de Martin—, sino porque es incapaz de mantener la tensión previa, el indispensable nudo en el estómago para que el momento cuaje, impacte, sorprenda al espectador. Sucede esto porque La casa del dragón se torna, finalmente, en algo previsible: cuando va a ocurrir algo malo, cuando se van a mover las piezas del tablero en la guerra civil Targaryen, la música se acelera, el encuadre es trepidante, la sensación palpable es de angustia; cuando no va a ocurrir nada, todo se resume en diálogos bien cuidados, encuadres más generales, una música más apaciguada y luminosa. Es decir, avisa con antelación de las tragedias. A Robb Stark, Joffrey Baratheon o Jon Nieve los asesinan de un segundo para otro sin brindarle al espectador capacidad de reacción. Si a ello le sumas que la situación bélica general sigue encallada en el mismo punto que hace ocho episodios, salvando alguna que otra baja puntual en el frente y en la retaguardia, te queda una producción algo pueril, cuando menos.
Sobre esto mismo me enfada especialmente el final del último episodio, probablemente el peor y más decepcionante del cómputo global de las dos temporadas. El capítulo previo había terminado de forma magistral, sobresaliente, con los nuevos jinetes de dragón —bastardos y tipos de baja cuna elegidos por las bestias— reuniéndose en torno a Rhaenyra en una composición fotográfica inmejorable. El octavo, un capítulo apagado de principio a fin, termina con una escena prácticamente infantil, casi riéndose con malicia y astucia al mostrar un reflejo de lo que está por venir y que se han estado reservando para estirar el chicle —como el de Daemon en Harrenhal— y que éste dure dos temporadas más. Será éste el precio a pagar, finalmente, por haber dejado a la deriva una segunda temporada cargada de momentos de telenovela barata: dos partes pendientes en las que, a partir de 2026, los creadores tendrán que pisar sí o sí, sin parangón y con dureza el acelerador del fuego y la sangre. Quizá, con algunos retoques, sin tantos fallos bruscos, apretando más las tuercas al espectador, poniéndolo nervioso siempre, impidiendo que se duerma en los laureles, acelerando la trama y no dejando que la acción se dispersase en tres momentos concretos, estaríamos hablando de otra cosa muy distinta. No cabe duda de que la tercera entrega tiene ya todas las cartas sobre la mesa para incluso superar alguna que otra temporada de Juego de Tronos, pero es eso: una burda y larga espera de dos años cuando nos lo prometieron para hoy.
Aunque hay también mucha luz visible en esta segunda parte, es algo innegable: lo de Sangre y Queso, la impecable batalla de Reposo del Grajo, la increíble habilidad de la serie al lograr que las imágenes valgan más que mil palabras, los diálogos espléndidos y bien medidos, la química notable entre muchos de los actores, las actuaciones excepcionales de gran parte del elenco, las escenas sexuales un punto bizarras, la forma en que por fin se le concede esfericidad incluso a los personajes menos importantes y aparentemente condenados al tenebroso segundo plano, las sorprendentes subtramas que cobran a veces más importancia que la de la historia principal, la particular forma en la que se ha apostado por retratar las consecuencias de la guerra que se acerca sobre los personajes que ahora menos la ansían (Rhaenyra y Alicent), o la pulcrísima banda sonora —habitual ya en Ramin Djawadi—. Un conjunto, en definitiva, de muchísimos puntos positivos, una trama madura y elegante y personajes cargados de simbolismo y heroicidad que se ven rápidamente opacados por errores inocentes y detectables a simple vista: los evidentes culpables de lastrar el ritmo de una temporada que prometía y perjuraba hacer estallar por los aires y de una vez por todas las dos ramas de la familia Targaryen. Buena, entretenida, imprescindible para los amantes de la ficción, de Juego de Tronos y también para los que quieran una serie decente en los tiempos inconclusos que corren en el mundo aparte que es el streaming, pero de la que sin duda alguna se esperaba más. Mucho más.