Dragones, fuego, traiciones, política, consejos reales, casas nobles… ‘La casa del dragón’ reúne ya las características que hicieron grande a su antecesora. Para igualarla, o incluso para soñar con superarla
Si la primera temporada de La casa del dragón sirvió para asentar con brillantez el trasfondo de la historia, coser las entretelas de los personajes y colocar todas las piezas sobre el delicado tablero político de Poniente en una jugada algo tediosa y lenta, en la segunda parte, a juzgar por su fantástico capítulo de estreno, cuanto vamos a ver es cómo estalla todo por los aires de una buena vez. Y, sinceramente, nos lo merecemos. Ya era hora de que HBO entrara en razón y se pusiera manos a la obra, a trabajar codo con codo con Martin para corregir, aunque sea a posteriori, los errores que lastraron su obra maestra: las tramas que apuntaban alto y se estrellaron, los cambios bruscos e injustificados, esa levedad de querer terminar con todo demasiado pronto y que casi mata a esta franquicia.
Aunque conviene olvidar todo aquello. Por su salud, y por la mía también. Ahora lo importante es que aquel final fatídico y pueril, indigno, escrito a caballo entre las prisas, el desánimo y la tontuna, nacido del hastío generalizado que se comenzaba a erguir sobre quienes lideraban el proyecto, es cosa de un pasado gris que nada tiene que ver ya con nuestro presente: La casa del dragón es, sin duda alguna, una carta abierta de disculpa y un arrebato por volver a hacer las cosas bien. La resurrección del mejor Juego de Tronos, ese universo que rutilaba por los enveses de sus subtramas, por la atención pulcra a cada mínimo detalle y por esos personajes esféricos que peleaban por el honor de sus apellidos y casas nobles, en mitad de un mundo en el que todos pendían de la peonza que se tambaleaba entre la fidelidad y la traición y que casi siempre solía elegir la segunda.
Y ahora ha vuelto de forma magistral, con un nuevo nombre, con más fuego y sangre que nunca pero manteniendo la misma esencia impredecible de siempre. Como si no hubiera pasado el tiempo. Basta con ver Invernalia de nuevo en ese melancólico inicio, el Muro, a Cregan Stark, a todos los Targaryen de uno y otro bando, a Alicent y esa genial y literaria doble cara de amiga de la lejana infancia y madre que quiere preservar el legado de sus hijos y que se debate entre violencia y benevolencia, la maquiavélica máquina mental de Otto Hightower, a Daemon, el sufrimiento de Rhaenyra o las calles de Desembarco del Rey una vez más para darnos cuenta del cariño y el amor que hay detrás de cada instante. Hasta la fotografía, que es increíble, o la música, que toca el alma, forman parte de una misma orquesta común que dirige el capítulo hacia terreno conocido, tan nuestro que casi lo habíamos olvidado por completo.
Y es que este primer vistazo a las siete horas de puro placer audiovisual que nos quedan por delante no es más que la ignición de la última mecha antes de que todo arda. HBO ya nos ha enseñado un poco de qué va a ir toda esta historia, el preludio anterior a la guerra que ya parece inevitable. Una en la que todos han de elegir bando y en la que nadie está a salvo, ni siquiera de su mismísima sombra. O del ratonero.