El multifacético actor Viggo Mortensen se pone delante y detrás de las cámaras de un western intimista

El western lleva décadas sin brillar. Fue (y sigue siendo) uno de los géneros favoritos de espectadores en todo el mundo, pero quedan lejos sus días de gloria con John Ford o Sergio Leone. En los últimos años, el género apenas ha entregado películas destacables, salvándose alguna honrosa excepción aplaudida por crítica y público como El tren de las 3:10, de James Mangold.

Quien mejor que Viggo Mortensen para atreverse con una historia del lejano oeste en estos tiempos difíciles que corren para el género. El multifacético actor norteamericano se atreve con películas de presupuestos colosales y que acaban siendo historia del cine como El señor de los anillos, a la vez que con propuestas arriesgadas más pequeñas, como su última colaboración con David Cronenberg, Crímenes del futuro. Y ahora, entrega su segunda película como director, tras Falling hace cuatro años.

Viggo Mortensen en la presentación de Hasta el fin del mundo | Foto: Deray Sarrasí

Hasta el fin del mundo nos traslada al oeste americano para contarnos, ante todo, una historia de amor inesperada entre un veterano danés asentado en un pequeño pueblo (el propio Mortensen) y una mujer francesa infeliz con su actual pareja (Vicky Krieps, a la que hemos visto recientemente en la doble adaptación de Los tres mosqueteros).

Es un drama íntimo, pero no por ello corto de miras: Mortensen añade al relato temas como el sexismo, el racismo e incluso la Guerra de Secesión, consiguiendo una película llena de capas y matices, pero siempre con el amor en el centro. Y no faltan esos momentos de tensión clásicos de los westerns, ya sea en los bares o en las inmensas llanuras. Probablemente en esos momentos es donde mejor funciona Hasta el fin del mundo; en la que es difícil decir dónde lo hace mejor Viggo Mortensen: el actor, el director, el guionista o el compositor, porque se atreve hasta con la música; y la verdad es que los compases dramáticos y emotivos son fundamentales para emocionar al espectador.

Vicky Krieps en la presentación de Hasta el fin del mundo | Foto: Deray Sarrasí

A más de uno le parecerá algo densa; y con razón, el ritmo es pausado y al principio puede costar meterse en la historia. Sin embargo, la película nunca aburre y siempre tiene algo interesante que ofrecer. Y respecto a ese género en crisis al que pertenece, le deja claro que las reglas del juego han cambiado. Que las mujeres de ese lejano oeste también merecen una cámara y un guion a su servicio, y más aún personajes tan magníficos como la Vivienne Le Coudy de Vicky Krieps.

El oeste nunca fue tan romántico ni tan intimista. Y pocas veces ha sido tan complejo.

Por Sergio Vega Calderón

Estudiante de Cuarto año Periodismo y Comunicación Audiovisual en la UC3M (Getafe, Madrid). Fanático del cine y las series.

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