Ya dueños de prácticamente toda América en su totalidad, el grupo leonés ha hecho de sus más recientes conciertos por Europa un arrebato moral por triunfar allí donde rara vez lo han intentado
Hay calles en Nueva York que susurran sus nombres, cual si fueran un rumor popular entre la gente; especialmente una que conecta Manhattan con las interminables avenidas que ascienden hacia la tranquilidad apacible que Central Park, como por arte de magia, ofrece a quienes se paran a observarlo de verdad: «Óscar, Raúl, Manuel», como un himno, o una oda a sus nombres. Y sigue hasta la casa de un lord, que vive a tres calles, en una mansión: «Fue mujer serena, hasta el instante de entregarse presta a sus amantes». Todos los neoyorquinos conocen León, no por su historia o tradición, sino como ese lejano terruño español que parió al grupo de La Lola; legado y huella ya imborrable de una cultura musical, la de los ritmos latinos, que es actualmente indivisible de la ciudad que nunca duerme. Café Quijano no se puede entender sin Nueva York, y Manhattan no puede ser tampoco comprendida sin el aura leonesa que la lleva rodeando desde principios de siglo, durante más de veinte años.
«Cuando comenzamos a sonar en las radios puertorriqueñas eso luego tiene mucha influencia en la Costa Este, que comienza por Nueva York y luego baja hasta la Florida. Ahí es donde encontramos el lugar para desarrollar el grupo en los Estados Unidos». Al menos esa es la versión oficial que Raúl Quijano concede sobre lo que ocurrió en América hace ya más de veinte años: la razón, el porqué del éxito de los Quijano en un país en que se habla oficialmente inglés pero en donde el castellano, en realidad, funciona cual si fuera primera lengua. Allá por los años 2000 el éxito del trío leonés no sólo es popular, radiofónico o intangible, sino también uno que se termina materializando cuando se ven sorprendidos por una doble nominación envidiable: a los Premios Grammy y a la versión latina de éstos en la categoría de Mejor Nuevo Artista, celebrada en la deslumbrante atmósfera de Los Ángeles, recién reconvertida, por aquel entonces, en epicentro de la música en español.
«Abiertas todas estas fronteras, La Lola es número uno inamovible en treinta países», asevera Raúl. «Luego trabajamos también Italia, originalmente Bolonia y Florencia, y aparecemos en algunos programas del prime time italiano. Incluso, allí, editan una bellísima versión de La Lola, cuyo arte de portada estaba redactado enteramente en lengua italiana», prosigue, aunque para frenarse ipso facto y recordar, aún quizá con algo de tierno arrepentimiento, de melancólico vistazo atrás fruto del paso de los años, que Italia para ellos siempre ha sido una actriz secundaria, profundamente opacada por lo que conllevaba (y conlleva) centralizar el foco en otros objetivos iberoamericanos al otro lado del charco. Las ciudades imperiales, eternas, románticas; las ciudades que pueblan el mediterráneo más hacia el levante… No, Europa entera ha sido siempre su casi. Al menos hasta ahora.

Porque ni Óscar ni Raúl, tampoco Manuel, pueden volver atrás para robarle tiempo al tiempo como dice una de sus canciones —aunque quizá les gustaría para empezar de cero, con la sabiduría que atesoran ahora y que mana de demasiados años en la industria—; pero lo que pueden hacer, y llevan un par de años en ello, es atreverse con un salto al vacío, que como dice ese bolero que cantan con Taburete será siempre «de espaldas». Es decir, llevar sus historias al norte: allí donde Edimburgo, letraherido, susurra literatura de Stevenson a los viajeros; donde Londres y el Big Ben marcan la puntualidad precisa; en Dublín, terruño de la innovación tecnológica y de esperanza por días y economías mejores, menos asfixiantes; o hacia París, que aún mantiene la elegancia y el romanticismo dignos de otras épocas y de una postura siempre ilustrada, hacia la vanguardia de las cosas que merecen la pena. «Creemos que es interesante abrir el mercado europeo, tener dos continentes para poder hacer giras internacionales y seguir con el desarrollo del grupo fuera de nuestro país», dice Raúl si le preguntas el porqué. No dejará nunca de ser llamativo que un grupo tremendamente exitoso y laureado, que lo ha ganado todo ya, no deje de moverse; más aún que la razón sea que lo hacen por amor al arte y porque verdaderamente les gusta seguir autoimponiéndose retos y viajar por ahí a hacer lo que más les ilusiona todavía: invadir una sala, un escenario o una ciudad entera con sus hermanos y un equipaje cargado de instrumentos.
Aunque la pregunta que quizá convenga hacerse es con qué perfil de persona se acaban llenando estos conciertos, porque están funcionando realmente bien y las entradas se venden. Y mucho. «En Europa todo es muy distinto a Latinoamérica», comenta el pequeño de los tres hermanos-artistas. «Encontramos un público muy… español. Personas que están trabajando allí y que nos agradecen que sigamos llevándoles un poco de su país al lugar donde están residiendo, normalmente por trabajo. Si hiciéramos un análisis porcentual daría algo así como un público 75% español, 20% hispanoamericano y moteado de un 5% de locales y nativos que se interesan por las costumbres y la música en español. Hay, en definitiva, un público muy interesante para artistas y grupos nacionales: nos gusta mucho tocar en estos países europeos, y música aparte aprovechamos también para hacer un poco de turismo», bocetea Raúl un poco más.
Pero todo ser vivo es un animal de costumbres; tiene sus preferencias. Y conviene tenerlas, porque no vale eso de no mojarse y afirmar que te gusta tanto Berlín como Bruselas, o tanto Londres como Edimburgo. «A mí me gusta mucho el público mexicano; de hecho suelen decir de ellos que son el público más cálido. Siempre solemos contar la anécdota de que en México, por encima del artista, la gente lo que va a ver es el espectáculo del público, que nunca defrauda. Salvando las distancias, ocurre algo similar en Madrid; también los madrileños están siempre a la altura», elige Raúl. Y León, claro está, que aunque no la incluye sabemos sobradamente que merece también una mención honorífica en su trayectoria, cuanto menos.
Lo que suele diferenciar entonces a los grandes grupos de las bandas espléndidas es precisamente su desenvoltura fuera de casa, y no los encuentros a nivel nacional. Como un tenista, que no es bueno hasta que levanta un Grand Slam fuera de su hogar o superficie fetiche; o un equipo de fútbol, que no escribe páginas de leyenda sino cuando alcanza una cucharada de gloria europea. A los artistas les ocurre igual; y es que la música, cuyo inevitable ingrediente de expedición futbolística no puede evitarse, tampoco dista mucho de ese deporte en el que ahora Café Quijano está librando noches de Champions League.