Valladolid es Manhattan cantada por los hermanos Quijano, la ciudad que tampoco duerme pero sin Times Square. Un soneto de Lope y otro de Zorrilla; la obra entera de Miguel Delibes. Cultura y cine internacional que cada año trae la Seminci, y este en concreto, por precisar, los premios Goya cuyas estatuillas ya son menhires que decoran toda la ciudad. Valladolid es cultura acicalada que nos queda de esa España nuestra de otro tiempo antes de todo lo demás; antes incluso de Madrid y la última modernidad respetable. En Valladolid Adán y Eva pecaron por primera vez, Goya pintó dos majas (por alternar) y a Bécquer le salían sus mejores rimas, esas que escribía aquí cuando se hastiaba de Sevilla. Valladolid, capital europea, de Castilla y del milagro de la literatura. Ella: Roma, París, Nueva York, las tres.

Valladolid es tanto que uno acostumbra a sentirse más bien poco. Aquí, en Valladolid, es difícil destacar por entre los miles de hombres tallados en bronce que continuamente les enseñan a los niños el límite, la frontera, el techo, la realidad. Valladolid no es fácil, ni siquiera la misma Valladolid se siente triunfante aquí. En el seno de esta ciudad pocos sobresalen: sólo lo hacen aquellos que nacieron al sur de los Torozos pero sin llegar a rozar Madrid… y los hermanos Quijano, porque un leonés solamente teme de sí mismo y no de los demás, y francamente vive la vida como si tuviera siempre un revólver entre las manos, y quizá esa rebelde y valiente sea la única forma de vivirla con corrección.

Por eso decía que Valladolid es Manhattan si la cantaran estos tres tahúres del verso, el ukelele, la guitarra, la estrofa: los Quijano son especiales, los reyes Midas de por aquí cerca, de León, acaso porque todo lo que tocan lo convierten en oro y en Valladolid diluvian lingotes si ellos se acercan al auditorio Miguel Delibes, ese que siempre suelen abarrotar, como si el tiempo no pasara y La Lola se acabara de estrenar.

El pasado domingo fue igual que siempre, y ello no es ningún reproche sino un elogio más bien, porque quiere decir que ningún concierto es peor o mejor que el anterior, sino que mantienen el ritmo mas que pasen los años y ni Dios mismo sepa cómo lo hacen y sin nunca despeinarse.

Poco más se puede decir ya de ellos. Quizá esté todo ya dicho. Por eso su padre les replica con mucha sorna eso de que «empezáis a sonar» cuando Óscar le pregunta a micro abierto, tras los tres boleros que principiaron el concierto, si les confería esa importantísima y unívoca aprobación paterna. Si su padre no encuentra ya palabras, imagine usted si las tuviera que poner yo.

Haré, no obstante, el intento. Un concierto de este trío inexpugnable son boleros inmarcesibles de esos que roban tiempo al tiempo y sin uno ser capaz de vislumbrar el caer de la arena del reloj. Cuatro palabras, nada más, de esas que son suficientes para enamorarse hasta el alma y con todo, «ese amor que te hace llegar a viejito de la mano de la persona a quien amas, ese es el amor en que nosotros creemos de verdad, el amor para toda la vida, el amor para siempre», que diría Manuel. Historias que van desde Brasil hasta Jamaica, excéntricas fiestas en el The Box de Manhattan o en la casa de un lord que vive a tres calles, en una mansión, acompañados siempre del tequila y bebiendo de ese arte que es ir cerrando bares según va avanzando la noche. Canciones que siempre terminan por levantar Valladolid de un plumazo si se trata de la historia de una taberna en que había (hay) un Buda o de pedir con excelsa elegancia un merecido perdón.

Calculo ahora inquisitivo que la mejor respuesta para quien aún no conoce el grupo de los tres hermanos de León es un suspiro por el hastío acompañado de un «perdónale, Dios, porque no sabe lo que hace».

A él le invitaría a Valladolid y a esta melancólica cafetería de la estrofa, porque si no ríe, evita bailar, no descubre la música por primera vez y su alma no se resquebraja en mil pedazos significaría entonces, como dice esa en que cantan con Joaquín Sabina, que no tiene corazón. Suerte que esta vez no cantaron Mexicana o Mi preciosa amiga, porque en Valladolid seremos muchas cosas pero nunca de esos a los que nos gusta admitir que nos han sonsacado las lágrimas y a borbotones.

Por Raúl R. Méndez

Cuando vi Oppenheimer supe que el cine se había terminado: no había nada más que pudiera superar aquello. Aunque, bueno. Las de Audrey Hepburn tampoco están nada mal: Vacaciones en Roma, Desayuno con diamantes, Una cara con ángel… Ya me entienden. Comprendí que la vida está hecha de un matiz de grises a mi quinto libro. ¿O fue a mi quinta novela de Arturo Pérez-Reverte? La verdad es que ya ni siquiera lo recuerdo. Cursé el bachillerato de ciencias, y en lugar de apostar por un grado en bioquímica me decanté por el periodismo y la escritura. Desde entonces, bueno. Ahí voy. Partido a partido.

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