La banda más importante del pop rock en español reinventa su celestial ‘Te quiero’, himno de todas las generaciones nacidas a partir de los años ochenta, junto al artista mexicano Carín León. La nueva versión de su clásico formará parte de esa serie de regrabaciones que la banda madrileña está llevando a cabo a fin de relanzar sus éxitos ahora en colaboración con grupos y solistas que crecieron escuchando su música.
México goza de olor y sabor, de personalidad, aunque sea un país inerte y sin alma propia según la calma chicha cursi de la ciencia. Allende los mares el amor en vena de pluma y calaveras del Día de Muertos es más cultural, voraz, tocante, flamígero… real. Prendados de él han quedado miles de letraheridos que hoy continúan escribiéndole a México sonetos al amparo cómplice de un sorbo de tequila como si Lope de Vega siguiera aún de moda.
El pasado viernes fue el turno de David Summers y los suyos, que reeditaron su celestial Te quiero intentando erguir una dualidad onírica: amar a México y a una mujer por igual. Y como compañero de viaje escogieron una lisérgica compañía de lo más oportuna y turística: el cantante y artista mexicano Carín León.
Qué guardará México bajo la manga que engatusa a los mismísimos Hombres G. Qué se yergue sobre su vasto azur sugestivo del desagravio cuando no queda más oeste en occidente. La canción no va de eso, lo intuyes. Sabes que va de una mujer, del amor; es tan mítica que eso es de sobra conocido, pero en esta nueva versión es inevitable descifrar y desencallar México a golpes, por estrofas y cada vez que entona un solitario verso Carín León.
Los Hombres G y Carín forman un dúo de esos que, en caso de solidificarse, serían dignos de mil páginas de una novela sobre México y sus leyendas. Congenian tan bien como lo hacen las baladas de afrancesado amor chic y el pop rock al que acostumbran Summers y compañía, tan sólo que ahora introduciéndole ritmos que manan directamente del tiempo de los aztecas.
Es la Te quiero de siempre, muchacho, no hay término en ningún diccionario que sirva para describirla porque va contra la ciencia misma y también a contracorriente de las palabras. Te quiero, la misma con que la gente se casa, se divorcia y se vuelve a casar, con la que han ido envejeciendo las viejas generaciones y naciendo las nuevas, mas siempre con Te quiero bajo el brazo. La que dedicaría todo enamorado a su enamorada si el amor no hubiera perdido también la compostura.
Te quiero sigue enseñando a besar muy despacio en las mejillas a esa persona a la que le pides abrazos catapultados, ígneos. Y a la que durante el abrazo te oxigena el simple hecho de saber que respira.
Es obsesivo, compulsivo, un TOC ahora que los sabemos denominar, que se resume bien en ese «y no hago otra cosa que pensar en ti». No hace falta que sea ese mitificado amor medieval y celestinesco de misiva y rosas, puede ser también una vieja amiga, una compañera para las penas de antaño o una mediopensionista. Pero siempre hay alguien. Siempre.
Lo floral y lo más emotivo de esta versión de Te quiero son los regustos más mexicanos de Carín que acompasan a la perfección con las voces de unos Hombres G algo más aguerridos y duchos en este arte que es transformar historias de amor en partituras. O sea, la amistad que parece unir a ambas partes eleva la obra a un teatral e ilusorio goteo de mil emociones en forma de cóctel. Y es que al fin y al cabo lo que sigue sosteniendo la música (y el mundo todavía) es, gracias a Dios, esa médula de querencia que continúan siendo los amigos. O los güeyes, que dicen allá.