Echo

Echo, la nueva serie de Marvel Studios, fracasa estrepitosamente aun contando con las esperadas actuaciones de Charlie Cox y Vincent D’Onofrio, clava una indisoluble estaca a Kevin Feige y convierte por primera vez un producto del Universo Cinematográfico de Marvel en un convulso hastío sinsentido, tosco, seco y sin alma alguna

No nos andemos con rodeos: Echo es una serie nefasta e indigna de llevar la firma de Marvel Studios. Claro y conciso; sin parafraseos. Es impensable e injustificable que este producto nazca del seno de la misma empresa multimillonaria que en su día abarrotó los cines de medio mundo con Vengadores: La guerra del infinito, y si se reprueba este proyecto con unanimidad por la mayoría de críticos y espectadores que la han visto es precisamente para que Marvel abra de una buena vez los ojos y entregue al fin productos por los que merezca la pena pagar una entrada -o la suscripción a Disney Plus-, en lugar de una telenovela maltrecha de esas que pasan a la hora de la siesta que es a lo que se ha asemejado esta aventura de sofá. Por no superar, no supera ni a la mismísima Invasión Secreta, antigua tumba de Marvel hasta la llegada de Echo epitafio en mano.

No era tan complejo, tan sólo necesitaba algo de cariño y mimo por parte de los guionistas a cargo de esta miniserie. Haber leído quizá un par de cómics de Marvel, o al menos haber visto la Daredevil de Charlie Cox y Netflix para entender la autoexigencia que requiere un proyecto de estas características. Ni siquiera eso.

Echo es mala porque sencillamente es aburrida y su trama parece más un meloso documental sobre los nativos americanos y un pueblo de Oklahoma en Estados Unidos que una emocionante serie de superhéroes repleta de excelsas escenas de acción, grandes coreografías y momentos para el recuerdo de la retina. A Echo le salva de la nota en números negativos Vincent D’Onofrio y su inmensa actuación como Wilson Fisk. Nadie más, porque tampoco Charlie Cox sale más de cinco minutos como para hacer algo al respecto.

Su férrea apuesta por tejer una serie protagonizada por Amaya López, un personaje sordomudo, aun sabiendo las dificultades técnicas que ello conlleva, es un bonito intento de Marvel por tratar de dar cabida a las diversas realidades que pueblan nuestra sociedad dentro de su universo cinematográfico, pero en eso Echo también está muy lejos del acierto o el sobresaliente.

Dibujemos el contexto: Daredevil sufre una ceguera prácticamente total y, vaya, Marvel Netflix y los encargados de aquel proyecto fueron capaces de jugar con los entresijos de ese límite de una forma mucho más entretenida e ingeniosa que, a saber, simplonas escenas de Matt Murdock en primera persona, o sea, con la pantalla teñida de negro mate para recordarnos asiduamente su condición. Bien, pues a los encargados del desarrollo de Echo no se les ha ocurrido otra forma de representar la sordomudez en el cine que mediante una serie insonora que depende siempre del uso de los subtítulos, abusando de ellos, cuando la realidad es que el espectador demanda un producto audiovisual que requiera poca concentración desde que elige Marvel en lugar de apostar por la lectura de una novela de Agatha Christie.

Alaqua Cox, por su parte, carece de carisma y es una actriz bastante pobre en muchos de los sentidos que se le deben exigir a alguien que ostenta el papel de una heroína del universo Marvel. Y es que su principal problema es que no transmite nada más allá de la indiferencia, que parece no sentir ni padecer al personaje cual si no lo entendiera del todo, tanto como los espectadores tampoco entienden la serie que protagoniza. Una relación directamente proporcional. Antepone su condición de sordomuda a la propia personalidad de la protagonista y eso termina por resquebrajar todavía más una serie con millares de agujeros argumentales, técnicos y de guion. Todo apunta a que Alaqua no volverá a tener protagonismo en el futuro de Marvel, por lo que finalmente habrá pasado por este universo sin pena ni gloria. Una bala malgastada.

La trama es, además, enredada y muy convulsa. Frecuenta en exceso las escenas ambientantes, esas que no aportan nada útil al conjunto pero que terminan lastrando una serie que de por sí está repleta de somníferos, personajes nada reseñables y escenas, en ocasiones, mal hiladas entre sí. Una escena en movimiento en motocicleta es sabrosa si está bien hecha, pero aquí, como en la cocina, conviene controlar el condimento antes de que edulcore demasiado el conjunto. Marvel no ha entendido esto último y han salpicado Echo de al menos quince escenas de Amaya en moto. No exageraba en absoluto cuando decía eso de que la serie estaba más cerca del documental sobre un pueblo que de la excelencia heroica, porque el pueblo, aun sin haber estado, ya nos lo conocemos de sobra.

Echo tampoco destaca en el apartado visual, ni por sus departamentos de vestuario, ambientación, efectos especiales y posproducción; impensable esto en una serie de Marvel, pero la innegable realidad es que la serie no aprueba en ninguna categoría, menos aún por la sequedad de su banda sonora para nada memorable.

Se habla últimamente de despidos en la cúpula de Marvel Studios, y no es para menos si comprendemos Echo como el caldo de cultivo. Quizá Marvel haya rectificado por fin el rumbo y resten ya pocas series dispépsicas como esta en el catálogo antes de que vuelva esa empresa que hasta hace no muchos años era pionera en lo suyo. Y viendo Echo ahora también se entiende mejor el porqué de esos rumores que pergeñaban un posible retraso de Daredevil: Born Again por un reinicio total en su proceso productivo y de guionización, y es que a Marvel Studios le saldría más rentable contratar de nuevo a la cúpula de Marvel Netflix, así como rezarle un par de padrenuestros a Charlie Cox para ver si es capaz de solucionar este embrollo en que ellos mismos han naufragado por su insoportable levedad de confiarse y pensar que todo vale.

“Charlie, sálvanos, como bien sueles hacer, porque no sabemos ya ni por dónde tirar y tú actualmente eres la única apuesta segura que nos queda”.

Puntuación: 1 de 5.

Por Raúl R. Méndez

Cuando vi Oppenheimer supe que el cine se había terminado: no había nada más que pudiera superar aquello. Aunque, bueno. Las de Audrey Hepburn tampoco están nada mal: Vacaciones en Roma, Desayuno con diamantes, Una cara con ángel… Ya me entienden. Comprendí que la vida está hecha de un matiz de grises a mi quinto libro. ¿O fue a mi quinta novela de Arturo Pérez-Reverte? La verdad es que ya ni siquiera lo recuerdo. Cursé el bachillerato de ciencias, y en lugar de apostar por un grado en bioquímica me decanté por el periodismo y la escritura. Desde entonces, bueno. Ahí voy. Partido a partido.

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