Emerald Fennell da rienda suelta al lado más oscuro de la psique humana con un Barry Keoghan magnífico
En una película en la que tenemos escenas tan depravadas como la famosa de la bañera, que ya ha causado todo un revuelo antes incluso del estreno del filme, lo más terrorífico de Saltburn, la nueva película de Emerald Fennell (Una joven prometedora), es lo parecida que es la mente humana a como la retrata la directora y actriz británica en dos horas inclasificables. ¿Sátira? ¿Thriller? Todo y más.
Porque en el fondo, las obsesiones y el vicio que vemos en Saltburn no es más que el lado oscuro de nuestra psique desatado. “Nunca lo abandonarás”, decían los avances, y desde luego que pese a lo perversa que puede llegar a ser, es imposible apartar la vista. La manera en que está filmada y construida la hacen bella en su desenfreno sensual y tenebroso, canalizado a través de personajes atractivos y excéntricos en una atmósfera inquietante.
La cinta se esmera por hacer que el Felix de Jacob Elordi nos seduzca, pero es su protagonista, Oliver Quick, el que se come la pantalla por encima de cualquier otro personaje; sin olvidar lo espectaculares que están Rosamund Pike, Richard E. Grant y Carey Mulligan en sus respectivos papeles.

Ese ciervo sagrado que es Barry Keoghan se desata en Saltburn: con cada gesto, cada mirada y ese acento irlandés se entrega a un Oliver que canaliza todo lo que la película es y representa: un relato obsesivo y deliciosamente degenerado.