Netflix acierta con su más reciente filme, ‘Dejar el mundo atrás’, una producción que rescata los retales cinematográficos que un día hicieron grande a la plataforma madre del streaming y que propone una historia apocalíptica que se termina descubriendo como una profunda crítica a la sociedad misma
Cuando Netflix abandona la temática fácil, los clichés sociales, el guion inspirado en una novela de Wattpad, el argumentario juvenil que es siempre idéntico (y comienza a hastiar) y los filmes románticos de inusitado realismo es capaz de hacer películas como Dejar el mundo atrás, un imperioso thriller psicológico con aroma a férrea crítica de una sociedad que se tiene por civilizada porque aún existen los idiomas y ciertos restos de construcciones romanas en Italia, vestigios de un mundo hipóstilo que nos perteneció y ya no existe desde que desapareció lo analógico y ahora todo vira hacia lo digital, lo domótico, lo tecnológico.
Hacía tiempo que no veía una producción con un guion tan acertado y descriptivo de una realidad tan nuestra como difícil de encajar. Porque esa es la finalidad de Dejar el mundo atrás y de Sam Esmail en la dirección: ser un fiel reflejo de lo que ocurriría en esta sociedad moderna que padecemos si mañana mismo un ciberataque nos incomunicara del resto de la población. La locura incontrolable, la inevitable guerra civil, la bunkerización de la psique humana derruida a pedazos y los Juegos del Hambre del todos contra todos sin saber a ciencia cierta quién es el enemigo en realidad. Todo ello entrecerrado con genialidad en una historia con una narrativa muy bien confeccionada y sustentada sobre los pilares de lo visual, que goza de una fotografía esplendorosa cargada de simbolismos que ayudan a transmitir ese mensaje intrínseco que se va paladeando a lo largo de toda la película.
Dejar el mundo atrás es impredecible por momentos y sobre todo en su arranque, cuando principia de forma abrupta y con sorna en el apartamento de Amanda (Julia Roberts) y Clay (Ethan Hawke) en Brooklyn, cuando Amanda decide que su hastío contra la población mundial ha rozado un límite y que prefiere paz alejada del tumulto. Ambos personajes conforman una familia norteamericana prototípica: hombre, mujer, hijo mayor e hija menor. Amanda alquila una ciertamente bella casa de campo a pocos kilómetros de la costa y la familia parece embarcarse en unas vacaciones familiares de ensueño.
Sin embargo, todo en sus vidas comienza repentinamente a enrarecerse con celeridad. Cuando la familia decide pasar el día en la playa, un barco petrolero naufraga en la orilla porque -dicen las autoridades- su sistema de navegación ha fallado. Esa misma noche, el dueño de la casa alquilada aparece junto a su hija en la puerta frente a la sorpresa de Amanda. Afirman que vienen de Nueva York y que Manhattan está colapsado, que se esperan lo peor y que prefieren mantenerse alejados de la Gran Manzana mientras dure la crisis.
Enseguida empiezan a sucederse imbricados los acontecimientos que parecen manar directamente de una película de terror o de ciencia ficción apocalíptica: fallos en la red e Internet, sonidos de muy altos decibelios, animales comportándose de forma extraña, aviones que bombardean información falsa. Es el fin del mundo por un ataque cibernético que ha terminado incomunicando Estados Unidos y quizá más países del globo, todos lo saben y a nadie parece importarle un ápice, porque en definitiva hay poco que hacer: incluso las carreteras están colapsadas porque los coches eléctricos -todos Tesla- ahora conducen solos y se estrellan bloqueando todas las salidas y entradas de las autopistas.
Sin terminar de destripar la historia, Dejar el mundo atrás aborda a partir del segundo y tercer acto la intrahistoria de un apocalipsis: cómo la sociedad se fractura, nadie se fía de nadie y a cada personaje lo único que le importa en realidad es su propia satisfacción, así como cumplir con sus últimos deseos: unas últimas caladas de vapeador, Julia Roberts conociendo mejor al propietario de la vivienda o averiguar el final de Friends que a la hija pequeña de Amanda tanto le carcome sus entrañas incluso más que el propio fin del mundo.
Dejar el mundo atrás no tiene explicación alguna y a la vez cobra sentido por momentos, descifrándose cual si fuera un dulce goteo que combina una historia genialmente escrita con una fotografía que merece un artículo aparte. Dejar el mundo atrás es un oxímoron, el cine cuando se inspira y bebe de la literatura y abandona la locura que es la inmediatez, la producción sencilla sostenida sobre un guion carente de sentido y esos temas tan repetitivos que han lastrado a Netflix en los últimos años.
Quizá Dejar el mundo atrás sea a fin de cuentas una medicina, una vacuna cinematográfica en forma de arrebato contra el cine mal hecho y un filme que ha tenido dos efectos inmediatos: resucitar la fe de los cinéfilos en Netflix y explicarle a la gran N roja que precisamente sus productos estrella, encarnizadamente entronizados, son los responsables directos de sus recientes y cuanto menos exánimes resultados.