Importa poco si se gana o se pierde, porque todo colchonero ha bombeado, junto a Luis, el corazón de don Antoine Griezmann
Viaja el hombre que sigue siendo infante al punto de penalti más importante de toda su carrera futbolística. Hoy puede igualarle. Al mítico, al Sabio de Hortaleza, a Zapatones. Ni más ni menos que a Don Luis, que sigue rogando por nosotros desde el cielo iluminando una estrella cuando a su Atleti le falta el oxígeno y hastiado valora la rendición. Él no la valoraba y tampoco los chicos que tras de él vinieron, a los que emplazó. A los que con sorna enseñó que ese escudo era el del Atlético de Madrid y a veces ese símbolo (mas que no lo entiendan) vale lo que vale una madre.
Por momentos parece que son varios los años luz que separan a Antoine Griezmann de una pena máxima para los anales de la historia. Son momentos como estos en los que el tiempo se congela. En los que uno reza aunque lo vea por televisión y sepa que el Coliseo de sus amores lo habrá cantado o lo habrá llorado haría ya un minuto. Que sabrán esos afortunados hace más de sesenta segundos si el penal era para enmarcarlo en una galería de arte o si se quedaron a las puertas de saborear la gloria junto al francés más importante desde Napoleón y Zidane.
Lleva hoy el pelo largo, castaño y veteado de mechas pajizas. Antes del partido bromeaba con la afición cual si portara una guitarra, y es que Antoine mas que pasen los años disfruta como si siguiera siendo un niño pequeño que a cada partido debuta como profesional. Importa poco si el rival es el Getafe o un Manchester City imperioso, que él sonríe como en esas primeras veces, y es que la vida se construye a base de saborear lo que queda por probar en la dulzura del tiempo cuando cesan los diluvios y se pone con suavidad a gotear edulcorantes que no distan mucho del azúcar.
Coloca el balón con el mimo de quien es padre de tres niñas rubias y hermosas, muy guapas; con el tacto de quien ha hecho historia muchas veces y un gol más le importa más bien poco si a sus espaldas cargaba ya con ciento setenta y dos.
Peina el esférico y el instante dura lo que dura una vida. Llueve oro y el cielo del Metropolitano lo parte una estrella fugaz. Lo mira Simeone y sabe que es Luis, y confiesa por eso luego en rueda de prensa que él cree que ese susodicho penalti lo han tirado dos personas aunque eso lo prohíba el reglamento: Griezmann con los pies y Aragonés por entre su alma y tamborileando sobre las esencias y las viejas glorias.
El corazón de miles cabe en un puño mientras la pelota se decide entre la parada magistral o el beso a las mallas. Elige gracias a Neptuno la segunda y el Metropolitano se traviste de fiesta ateniense cuando el Dios de los Mares despierta, y es que Zeus vale poco si empuja el del Tridente.
Empata luego el Getafe, pero (hasta los otros lo saben con franqueza) la discoteca en que se había convertido el Metropolitano no se acaba si cesa la música o se apagan las luces. Importa poco si se gana o se pierde, porque cada Atlético ha formado parte de un momento legendario, celestial; porque todo colchonero ha bombeado, junto a Luis, el corazón de don Antoine Griezmann.