Soda Stereo

Soda Stereo abrió su concierto en Madrid con ‘Ecos’, la canción que da nombre a su gira de 2026. Durante casi dos horas, Charly Alberti y Zeta Bosio recorrieron la historia de la banda mientras una cuidada puesta en escena intentaba hacer posible lo imposible: que Gustavo Cerati volviera a ocupar, aunque fuera virtualmente, el escenario.

Soda Stereo arrancó el concierto con ‘Ecos’, canción incluida en Nada Personal (1985) y elegida como carta de presentación de una gira que busca recuperar el universo de una de las bandas más importantes del rock latinoamericano.

Con más de 13 millones de oyentes mensuales en Spotify, la expectación era considerable. Y también lo era la pregunta que sobrevolaba el recinto desde antes de que comenzara la música: ¿hasta qué punto es posible volver a ver a Cerati en directo cuando ya no está?

Un público en shock

Durante los primeros minutos, el público observa más que participa. Hay algo de desconcierto en las gradas: la gente mira las pantallas, las luces, las sombras y la figura de Cerati intentando asimilar lo que está sucediendo.

La producción consigue construir una ilusión visual especialmente cuidada. La iluminación, el humo, las sombras y las imágenes proyectadas se combinan para reconstruir la presencia del cantante y hacer que, por momentos, parezca que realmente vuelve a estar allí.

Pero precisamente esa perfección tecnológica introduce también una distancia. Porque Cerati está sobre el escenario, pero no está.

Esa contradicción atraviesa todo el espectáculo. La imagen resulta convincente y permite recuperar gestos, movimientos y momentos de una banda que forma parte de la memoria colectiva de varias generaciones. Sin embargo, falta aquello que convierte un concierto en una experiencia inolvidable: la interacción imprevisible entre quien está sobre el escenario y quien está frente a él.

Y esa ausencia se nota especialmente en determinados momentos.

De ‘Juegos de seducción’ a ‘Persiana americana’

El repertorio funciona como un recorrido por la trayectoria de Soda Stereo. Después de ‘Ecos’ llegan ‘Juegos de seducción’ y ‘Nada personal’, dos canciones que sitúan rápidamente al público en los primeros años de la banda.

‘Cuando pase el temblor’, incluida también en el repertorio, pertenece a ese periodo en el que Soda Stereo comenzó a trascender el circuito porteño y a convertirse en uno de los grandes fenómenos del rock latinoamericano.

El concierto continúa con ‘Hombre al agua’, ‘Ella usó mi cabeza como un revólver’, ‘Luna roja’, ‘Toma la ruta’, ‘En el séptimo día’ y ‘En la ciudad de la furia’, antes de recuperar ‘Sobredosis de TV’.

Cuando comienzan los primeros acordes de ‘Persiana americana’, el Movistar Arena se transforma. La expectación acumulada durante buena parte del concierto encuentra por fin una vía de salida y el público canta prácticamente cada palabra.

Algo similar sucede después con ‘Prófugos’, uno de los momentos de mayor intensidad de la noche.

Entre ambos temas aparece ‘Entre caníbales’, en una versión que sirve también para recordar la capacidad de Soda Stereo para transitar entre diferentes etapas y sonidos.

Una producción espectacular con una grieta visible

Visualmente, el concierto está construido a gran escala.

El techo del recinto se convierte en parte de la escenografía mediante estructuras suspendidas que combinan iluminación tradicional y tecnología LED. Los láseres, el humo y las pantallas de alta resolución completan un montaje diseñado para que la presencia de Cerati pueda integrarse en el espectáculo.

Aunque también presenta problemas prácticos. Desde algunas de las localidades más altas del cuarto piso, los altavoces suspendidos llegan a tapar parte de la pantalla principal, algo que resta información visual precisamente en un espectáculo donde la imagen tiene un peso fundamental.

Y por último, pero no menos importante, la ausencia física de los músicos en algunas canciones. Por muy espectacular que sea una pantalla, no sustituye completamente a un músico tocando delante del público.

El límite entre un concierto y una reconstrucción

Soda Stereo plantea un espectáculo que obliga a preguntarse qué entendemos hoy por música en directo. ¿Es suficiente con que la voz y la imagen de un artista procedan de una grabación o de un material previamente registrado para considerar que estamos ante un concierto?

Por un lado, la tecnología permite algo que hace unos años habría parecido imposible: reunir sobre un mismo escenario a los integrantes de una banda cuya formación original ya no puede volver a existir físicamente.

Por otro, esa misma tecnología elimina parte de la humanidad asociada al directo. No hay una respuesta de Cerati al público, un momento de improvisación o esa sensación de estar compartiendo un momento que solo existe durante esos minutos.

‘Gracias totales’

El tramo final devuelve al público a un terreno mucho más reconocible. Después de ‘Primavera cero’ y ‘Prófugos’, llega ‘De música ligera’. Charly Alberti y Zeta Bosio abandonan se acercan al público desde un escenario secundario. 

El recinto canta, en la pista todos saltan y los de las gradas se levantan. Charly Alberti se despide de Madrid y recupera una de las frases que ya forma parte de la historia de Soda Stereo: “Gracias totales”.

Al principio de la noche, el público miraba a Cerati intentando entender cómo era posible tenerlo de nuevo delante. Al final, ya no importa tanto si aquello era una presencia real o una ilusión tecnológica.

Durante unas horas, Soda Stereo volvió a compartir escenario con Gustavo Cerati. Y quizá ese sea el verdadero propósito de esta gira: no hacer creer que Cerati sigue ahí, sino comprobar hasta dónde puede llegar la música cuando la memoria, la tecnología y el deseo de volver a escuchar a alguien se encuentran en un mismo escenario.

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