No todas las obras que miran al pasado se atreven a hacer algo nuevo con él. Laurencia sí: coge un personaje ya conocido y lo lleva a un terreno completamente distinto. Alberto Conejero no ha reescrito Fuenteovejuna. Ha creado un texto nuevo que nace de una obsesión suya con Laurencia desde que versionó el original de Lope en 2017.
Y aquí está el resultado: la vida de Laurencia antes y después de lo que todos conocemos, pero también algo más grande. Un recorrido por las heroínas olvidadas o mal contadas de nuestra literatura dramática, y de paso, por una parte de nuestra propia historia. Dentro de la programación del Festival Internacional de Teatro Clásico de Almagro, la propuesta encuentra el contexto perfecto para dialogar con el legado del Siglo de Oro desde una mirada contemporánea.
La directora Aitana Galán lo plantea como un viaje, «pleno de referentes literarios, musicales, pictóricos y vitales que nos conectan indudablemente con el hoy», y eso es exactamente lo que ocurre en la hora y pico que dura la obra.
Ana Wagener pisa por primera vez este escenario, pero se mueve por el Corral de Comedias como si llevara toda la vida haciéndolo. Sola, sin más compañía que la guitarra flamenca de Antonia Jiménez. Conozco a Wagener de otros trabajos —Morir no siempre sale bien, Contratiempo, Durante la tormenta, El inocente— y aun así, verla en directo es otra cosa.
Antonia Jiménez, por su parte, no se limita a acompañar. Sus temas originales conviven con versiones de piezas como Niña y viña (villancico anónimo del Renacimiento español, del Cancionero de la Colombina), la Rondeña o bolero de Orellana (esa canción popular extremeña que Antonio Gades ya usó en su Fuenteovejuna de 1994) o la Soleá de Arcas, del guitarrista Julián Arcas. La complicidad entre las dos sobre el escenario es un acierto total.

Mientras la historia avanza, se proyectan imágenes de cuadros de Artemisia Gentileschi, pintora barroca italiana de la escuela de Caravaggio, y abstracciones pictóricas del artista contemporáneo español Anselmo Gervolés. Es otra capa más de ese diálogo entre pasado y presente que atraviesa toda la obra.
Hay momentos duros en la función, crudos, pero también hay resquicios para la sonrisa, y ese vaivén entre la dureza y la ligereza es parte de lo que hace que la historia respire y no se haga cuesta arriba.
Sentada entre el público, es imposible no pensar en todo lo que las mujeres hemos avanzado. Y, al mismo tiempo, en todo lo que todavía queda por delante.
Cuando se apagan las luces, la ovación es larga, merecidísima. Y entre el público, algún que otro brillo en los ojos delata que la función ha calado más hondo de lo esperado.
