Si hay una pregunta que ha acompañado a Steven Spielberg durante toda su carrera, es la misma que lleva siglos persiguiendo a la humanidad: ¿qué ocurriría si descubriéramos que no estamos solos en el universo?
Desde Encuentros en la tercera fase hasta E.T., pasando por La guerra de los mundos, el director estadounidense ha regresado una y otra vez a la idea del contacto con lo desconocido. No porque le fascinen los extraterrestres en sí mismos (que también), sino porque siempre ha entendido que las mejores historias de ciencia ficción hablan, en realidad, de nosotros.
Casi cincuenta años después de su primer gran encuentro con los OVNIS en la gran pantalla, Spielberg vuelve a mirar hacia las estrellas con Disclosure Day (El día de la revelación), una película que utiliza el misterio extraterrestre para reflexionar sobre la verdad, la fe y nuestra necesidad de encontrar respuestas en un universo cada vez más difícil de comprender.
Después de cuatro años sin estrenar una película, el regreso de Spielberg a los cines era ya un acontecimiento por sí solo. La pregunta es si Disclosure Day consigue estar a la altura de las grandes obras de su filmografía o si, por el contrario, termina perdiéndose entre las enormes ideas filosóficas que intenta explorar.
Steven Spielberg regresa a la obsesión que marcó toda su carrera

Pocos directores han explorado tanto la idea del contacto extraterrestre como Steven Spielberg. De hecho, gran parte de su filmografía parece construida alrededor de una misma pregunta: ¿cómo reaccionaríamos si descubriéramos que hay algo más allá de nosotros?
En Encuentros en la tercera fase (1977), Spielberg abordó esa cuestión desde la fascinación. Los extraterrestres no eran invasores ni monstruos, sino una puerta hacia algo inmenso que escapaba a nuestra comprensión. La película estaba impregnada de un sentimiento casi infantil de asombro ante lo desconocido.
Años después llegó E.T. (1982), donde el director cambió completamente la perspectiva. La cuestión ya no era descubrir una inteligencia alienígena, sino convivir con ella. La fascinación dio paso a la amistad y a una de las historias más emotivas de toda la ciencia ficción y del cine en general. ¿Quién no recuerda la mítica frase “Teléfono, mi casa”?
Con La guerra de los mundos (2005) ocurrió justo lo contrario. Spielberg exploró el miedo. El contacto con lo desconocido dejaba de ser una experiencia maravillosa para convertirse en una pesadilla. Los extraterrestres representaban una amenaza imposible de comprender y todavía más difícil de combatir.
Disclosure Day (2026) parece funcionar como el siguiente paso natural dentro de esa conversación que Spielberg lleva manteniendo con el espectador desde hace casi cincuenta años. Ya no habla de la fascinación, de la amistad o del miedo. Habla de la revelación.
Porque la gran pregunta que plantea la película no es si estamos solos en el universo, sino qué ocurriría si por fin obtuviéramos una respuesta definitiva. ¿Estaría preparada la humanidad para aceptarla? ¿Cambiarían nuestras creencias, nuestra forma de entender el mundo o incluso nuestra propia identidad?
Es ahí donde Disclosure Day encuentra sus momentos más interesantes. No en la posibilidad de que existan seres más allá de las estrellas, sino en las consecuencias emocionales, sociales y filosóficas que tendría descubrir que siempre han estado ahí.
Y precisamente esa idea, la de enfrentarse a una verdad capaz de cambiar nuestra percepción de la realidad, conecta de forma sorprendente con uno de los relatos filosóficos más famosos de la historia, como es el mito de la caverna de Platón.
Disclosure Day y el mito de la caverna de Platón
Mucho antes de que el cine existiera, Platón ya había imaginado una historia que todavía hoy resulta inquietantemente actual. En su mito de la caverna, describe a unos seres humanos encadenados desde su nacimiento, obligados a mirar una pared en la que solo se proyectan sombras. Para ellos, esas sombras son toda la realidad que conocen.
Pero ¿qué ocurre cuando uno de ellos consigue salir al exterior? ¿Qué pasa cuando descubre que aquello que creía real no era más que una interpretación limitada del mundo?

Disclosure Day parte de una idea muy similar, aunque trasladada al terreno de la ciencia ficción contemporánea. La humanidad ha pasado décadas intentando descifrar señales, interpretando fenómenos inexplicables, construyendo teorías y sosteniendo creencias que, en muchos casos, han servido más para llenar vacíos que para encontrar respuestas.
La película plantea el momento exacto en el que esa incertidumbre deja de ser posible. El instante en el que ya no hay margen para la interpretación, sino para la confrontación directa con la verdad. Y es ahí donde la historia se vuelve realmente interesante. Por eso, se habla tanto del último acto de la película, porque es ahí cuando se abraza totalmente ese concepto, en el momento de la revelación.
Disclosure Day no trata tanto sobre la existencia de vida extraterrestre, sino sobre la reacción humana ante lo incomprensible. ¿Qué ocurre cuando lo que descubrimos no encaja con ninguna de las versiones del mundo que hemos construido hasta ahora? Cómo se tambalean nuestras certezas, nuestras creencias y nuestra necesidad de control. En ese sentido, la película no mira hacia el cielo, sino hacia nosotros mismos. Y lo que encuentra no es una civilización superior, sino una humanidad que quizá nunca estuvo preparada para dejar de mirar las sombras en la pared.
Cuando estaba viendo la película en la sala, no podía dejar de pensar en cómo Spielberg ha conseguido transformar el mito de Platón en algo inquietantemente actual. Una idea escrita hace miles de años que aquí se convierte en una experiencia casi contemporánea, atravesada por conceptos que hoy nos resultan inevitables, como la inteligencia artificial o la dificultad de distinguir entre lo real y lo manipulado.
Antes podíamos creer lo que veíamos en pantalla. Ahora dudamos. Todo parece susceptible de estar alterado, reinterpretado o directamente fabricado. Y en ese proceso, quizá lo más preocupante no sea la tecnología en sí, sino lo que está cambiando en nosotros. Cada vez nos cuesta más asombrarnos, cada vez reaccionamos antes con sospecha que con curiosidad.

Por eso el final de Disclosure Day es tan revelador en sí mismo. Spielberg no solo nos plantea una historia sobre el descubrimiento de una verdad, sino sobre nuestra capacidad —o incapacidad— de escucharla. Como si las sombras de la caverna no fueran ya una metáfora lejana, sino un estado mental en el que estamos entrando sin darnos cuenta.
Una película imperfecta que funciona mejor cuando abraza el misterio
Disclosure Day no es una película perfecta, y probablemente tampoco quiera serlo. En su desarrollo hay momentos de ritmo irregular, ideas que se abren con ambición pero no siempre encuentran un cierre del todo satisfactorio, y algunos personajes que quedan más esbozados de lo que sugiere el potencial inicial de la historia.
Hay que destacar sobre todo la actuación de Emily Blunt, que ofrece una de las mejores actuaciones de su carrera y se roba la pantalla cada vez que entra en escena. Por otra parte, esperaba más de Josh O’Connor, al igual que de Colman Domingo, y el villano no es algo que no hayamos visto ya en muchas películas.
El filme brilla más cuando nos centramos en la dirección de Steven Spielberg, que nunca defrauda, y en una banda sonora que es capaz de ser un personaje más, y no es de extrañar, ya que está compuesta por John Williams, que con sus 94 años de edad no piensa en bajar el listón y sigue entregando bandas sonoras históricas.
Sin embargo, reducir la película a sus desequilibrios sería injusto con lo que realmente consigue cuando funciona. Porque cada vez que Spielberg se acerca al misterio, a la sensación de lo desconocido, a esa mezcla de fascinación y desconcierto que ha definido buena parte de su cine, la película recupera una fuerza difícil de ignorar. Hay algo en su manera de encuadrar la incertidumbre, de construir el asombro incluso cuando la explicación no es inmediata, que sigue siendo inconfundible.
Hay que agradecerle al mundo haber nacido en la misma época que Steven Spielberg, porque sus películas siempre tendrán algo especial que cambia el cine para siempre. Tal vez Disclosure Day no llegue a la cumbre de las obras magnas del director, pero sí es una película que, si dejas que te seduzca, acabarás maravillado por el mensaje y el reposo que te deja después. Porque siempre es una buena excusa ir al cine, pero cuando vas para ver una película de Steven Spielberg, sabes que no saldrás igual de la sala y eso hoy en día es muy difícil que una película o director lo consiga.