La secuela protagonizada por Anne Hathaway y Meryl Streep no solo resulta entretenida, sino que también ofrece un sólido retrato de la industria mediática contemporánea.

El diablo viste de Prada se ha convertido en un icono dosmilero gracias a su vestuario, a las secuencias al ritmo de Madonna y a la actuación de Meryl Streep, marcadas por miradas y líneas de diálogo icónicas. Además, la película aborda las dinámicas tóxicas del entorno laboral y el fenómeno de las personas workaholics, término que combina trabajo (work) y alcoholismo (alcoholic) para definir a quienes viven por y para su empleo.

Cabía esperar que su secuela también supiera combinar la moda y el entretenimiento con un comentario social, y no ha defraudado. Siguen presentes estilismos memorables, diálogos afilados —en especial a acargo de Meryl Streep y Emily Blunt— y secuencias al ritmo de la música de Madonna, Dua Lipa o Lady Gaga. El cuarteto protagonista — Anne Hathaway, Streep, Blunt y Stanley Tucci— está espectacular. A todo ello se suma un retrato crudo de la situación actual del periodismo, de las industrias vinculadas al arte, como la moda, y de la gestión empresarial del trabajo humano.

La revista Runway se enfrenta a las compraventas impulsadas por CEOs, reducciones de personal y procesos de digitalización. El mundo ha cambiado desde 2006, y el papel de una revista de moda queda en entredicho pese a su innegable prestigio.

¿Qué queda frente a un mundo así, en el que priman los números, los beneficios, lo digital y el consumo rápido y superficial, de usar y tirar? Permanece lo humano. Permanece la experiencia de comprar una revista, sentir el papel en las manos, pasar las páginas, admirar fotografías y sumergirse en artículos y reportajes. Permanece el arte que surge de las personas para crear tendencias, desfiles y vestidos. Permanece la posibilidad de detenerse a disfrutarlo y de experimentar una conexión única que no puede generar la inteligencia artificial ni medirse con una calculadora.

Moda, periodismo, música, cine. Las artes, las industrias y las personas que lo hacen posible se dan la mano de forma magistral en una película que funciona tanto como obra cinematográfica como poderoso alegato. Conviene cerrar la crítica con una de las frases de Andy Sachs: «el periodismo todavía importa».

Por Sergio Vega Calderón

Estudiante de Cuarto año Periodismo y Comunicación Audiovisual en la UC3M (Getafe, Madrid). Fanático del cine y las series.

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