Concebido tras un periodo de crisis creativa y vital, el nuevo disco reflexiona sobre la trascendencia y la aceptación del olvido
Ginés Paredes Giménez, conocido artísticamente como Walls, comenzó su trayectoria como freestyler en la FMS España. Hoy está consolidado como uno de los nombres más reconocidos del urban pop y el rock en España, llegando a colaborar con artistas de la talla de Dani Fernández.
Este año, el murciano da la bienvenida a El día que me olvides, su cuarto álbum de estudio, que él mismo define como su trabajo más personal y maduro hasta la fecha. En sus propias palabras, es «el disco en el que creo que están mis mejores frases».
Su anterior álbum, LUNA 18, vio la luz hace dos años, en febrero de 2024. El día que me olvides empieza a gestarse ese mismo verano, un periodo que el propio artista define como «de mucha tormenta en mi cabeza, en el que no sabía muy bien qué quería hacer con mi carrera».
El disco nace también a raíz de una conversación con su madre en un pub de Dublín. En ella, Walls se replantea quién quiere ser como músico y qué lugar desea ocupar con su obra. La conclusión parece clara: aspira a que sus canciones sigan siendo cantadas dentro de 40 años, sin que importe si quienes las canten saben o no quién fue Walls. Quiere trascender a través de la música, no del nombre.
La idea es contundente, aunque el camino para desarrollarla no resulta sencillo. «¿Cómo puedo construir un álbum que hable de algo tan grande siendo yo tan pequeño?», se pregunta. La respuesta llega de forma honesta y directa: «poniéndome como lo que soy, como algo pequeño».
Así, el disco se plantea como «una carta a la trascendencia, pero a la trascendencia real». Walls reflexiona sobre la obsesión de los artistas por dejar huella y la relativiza con crudeza: «Se murió Michael Jackson, que es el más grande de todos los tiempos, y al día siguiente el Sol siguió saliendo y da igual. (…) Los artistas estamos obsesionados con trascender y realmente es una chorrada».
El día que me olvides está producido íntegramente por Lalo, con quien Walls ya trabajó en Haz lo que quieras conmigo, y por Liam Garner. En la composición participan también artistas como Delgao, algo que consideramos importante destacar. «A mí muchas veces (…) el mero hecho de que apareciesen más nombres en los créditos de un tema me chirriaba, me ha chirriado toda la vida», confiesa. Sin embargo, ¿se es menos artista por ello? «Yo nunca voy a dejar que nadie me haga las canciones, pero escuchar otros puntos de vista, gente que escucha grupos que tú no escuchas, siempre es bienvenido».
El disco propone un viaje emocional dividido en distintas etapas. Comienza en el caos y la negación del olvido, continúa con una fase de autocastigo («porque al final lo acepto y me autocastigo») y concluye con dos temas conectados: No te preocupes por mí y El día que me olvides. En este tramo final, el artista se reconcilia consigo mismo y acepta lo inevitable de la vida: el hecho de que todo va a desaparecer algún día.
La canción que da título al álbum funciona como una carta de despedida. En ella, Walls habla desde la muerte y tranquiliza a quienes se quedan. «Que no pasa nada porque me olviden. Me parece una canción triste, pero realmente es bonita», explica.
La apertura del álbum corre a cargo de Mi viejo dijo a mi vieja; aquí encontraremos toda una declaración de intenciones. Como curiosidad, la melodía final de la armónica está interpretada por el propio Walls.
Por otro lado, en Mis disculpas encontramos una canción breve, de estructura similar a la anterior, que estuvo a punto de quedarse fuera del disco y que fue el segundo tema que compuso para el proyecto; el primero fue Mi nena.
Entre todas las canciones, Walls destaca especialmente la penúltima, No te preocupes por mí, tanto por su composición como por su estructura melódica. «Es mi canción más madura y más adulta en cuanto a estructura», afirma. Se trata de una balada que podría llegar a trascender en el tiempo, de la manera en la que el artista pretende hacerlo: con la música como único legado. ¿Lo conseguirá?

