¿Se puede cantar sobre la depresión y, al mismo tiempo, hacer reír al público? Carmen Lancho demuestra que sí; claro que sí.
Desde la primera fila de la Sala Villanos, en Madrid, tengo una vista privilegiada no solo del escenario, también del público. A mi derecha, por ejemplo, puedo ver a dos personas abrazándose mientras sonríen y asienten a lo que cuenta la cantante, pero una de ellas tiene aún el rastro de lágrimas en la cara. La escena no desentona. De hecho, define bastante bien lo que fue la noche.
Quien conozca la discografía de Carmen Lancho sabe que sus letras no destacan precisamente por ser… alegres, dejemoslo ahí. Hablan de tristeza, de emociones que pesan, de vínculos que se rompen y de la dificultad de seguir adelante. Aun así, o quizá por eso, el concierto estuvo lleno de esa sensación de calma y encuentro entre gente que se entiende.
En una época en la que la salud mental parece estar en boca de todos, pero muchas veces tratada desde una superficialidad cómoda, Lancho propone algo más. Es carismática y cercana y maneja el humor bajo la premisa de “mis traumas, mis chistes”.
Alguien grita desde atrás: “Gracias por visibilizar la depresión”. Y eso es exactamente lo que ocurre sobre el escenario. Ella misma lo confirma con su discurso: “Porque os encontréis a alguien que está súper jiji jaja no significa que no esté llorando por dentro”.
Acompañada por tres músicos, invita al público a sentarse frente a un relato que muchos reconocen como propio.
El concierto podría dividirse en varios bloques. El primero es el “triste”. Vaya sorpresa, ¿no? Está compuesto por Todos, El primero, Selección natural y Todo lamento.
Le sigue el bloque “político”, así lo denomina la propia artista, con dos canciones inéditas. La Carmen más generosa funciona como una carta a esa niña ingenua que creía que podía cambiar el mundo reciclando tres botellas al día y que, con el tiempo, entendió que no tenía tanto poder como pensaba. That funny feeling, por otro lado, es una adaptación del tema homónimo de Bo Burnham y una crítica directa a la sociedad actual.
Después llega el bloque “alegre”. Las comillas aquí son muy necesarias, porque alegre, lo que se dice alegre, no termina de serlo. Lo conforman Aprenderás, su colaboración con Rigoberta Bandini, y El último.
Lo que viene a continuación rompe con la estética mantenida hasta ese momento. Qué manía podría encajar en el bloque triste, pero va un paso más allá. Carmen Lancho abandona el refugio del piano, se levanta, se sitúa casi al borde del escenario y, de pie, describe cómo se siente la depresión y esa incapacidad de enfrentarse incluso a las tareas más sencillas.
Resulta especialmente significativo que una canción que habla de no poder con nada se cante, precisamente, dando la cara por completo, enfrentando al público sin escudos.
El quinto bloque vuelve a esa tristeza inicial, esta vez con un tinte ¿amoroso? Defínanse como “vínculos sexoafectivos que salen mal”. Aquí aparece una canción que, por respeto a la artista, queda en secreto: pidió expresamente que no se grabara, por lo que solo puede vivirse en directo. Las que sí pueden nombrarse son Amor (un bolero), No me queda energía, Máquina de psicoanalizar e Hijo de puta, que cierra el concierto.
La esencia de este tramo final se resume bien en versos como “justifico la conducta de cualquier hijo de puta” o “quiero ver el mundo arder, y a todos los hombres en él”. Explícito, crudo, casi violento. Vomitar los pensamientos sin filtros también es parte de la terapia.
Aunque el concierto técnicamente acaba aquí, Carmen Lancho regresa al escenario entre aplausos y avisa: “lo siento, pero no tengo más canciones. No hay un bis final”. Al público le da igual. “Repite alguna”, se oye desde la sala. Y eso hace. En un tono casi conversacional, pregunta cuál querrían que se repitiese. Todo lamento se convierte en la ganadora.
Cuando todo acaba algunas personas se quedan un rato más aprovechando que la sala se ha convertido en un espacio para comentar lo que acaban de escuchar con una bebida en la mano y música jazz de fondo. Yo decido que mi tiempo aquí ha terminado.
Afuera sigue siendo miércoles y Madrid no ha cambiado demasiado. Dentro, durante un rato, estuvo permitido decir ciertas cosas sin pedir perdón.