El director, guionista, escritor, dramaturgo y ensayista —y todos los calificativos que puedan acompañarle— David Trueba regresa al cine junto a David Verdaguer para contarnos una historia de amor. Pero no se trata de un amor romántico, sino de amor propio.
La película narra la historia de Miguel, un joven arquitecto que viaja con su pareja a una ciudad de Bélgica para presentarse a un concurso de paisajismo. Sin embargo, una ruptura inesperada transforma el sentido de su viaje… y también el de su vida. Esta cinta puede enmarcarse dentro de ese tipo de películas que retratan a personajes varados en el tiempo y en su propio estado emocional. Al igual que Lost in Translation o Anomalisa, traza una línea temática marcada por la introspección, la melancolía y la búsqueda de identidad.
Trueba adapta aquí su propia novela Blitz. En una entrevista para Días de cine, el autor confesaba que lo más difícil de adaptarse a sí mismo fue comprobar cómo, con los años, la misma historia se percibe de manera distinta. Y ese cambio se nota: en los diálogos más maduros, en la dirección más serena y en el tratamiento temático del sexo y el envejecimiento, abordados sin clichés ni juicios. Para Trueba, la belleza reside en la forma en que dos personas se encuentran y se conectan.
Junto a David Verdaguer, Isabelle Renauld y una pequeña participación de Amaia Salamanca, el director construye una película bella tanto en lo visual como en lo emocional. Es una romantización de un paisaje helado que, poco a poco, se convierte en reflejo del interior del protagonista.
En este contexto, Trueba crea una obra íntima y contenida que se adentra en los sentimientos de un alma perdida en un país extraño, obligada a reencontrarse para poder aceptarse. Es una película sobre el arte, la soledad y la madurez, que traza un delicado paralelismo entre la creación artística y la reconstrucción personal del personaje principal.
Aunque el guion podría parecer un drama puro, Trueba introduce momentos de comedia natural, casi invisibles, que surgen como destellos de vida en medio del desconcierto emocional del protagonista. La mezcla de ambos tonos logra un equilibrio poco común: los instantes cómicos alivian sin romper la atmósfera, y los momentos dramáticos conmueven sin caer en la tristeza impostada.



La película es elegante, pausada y profundamente humana. Los protagonistas ofrecen interpretaciones sobrias y llenas de matices, mientras que la química entre Verdaguer y Renauld aporta una autenticidad conmovedora. Todo ello está envuelto en una fotografía de gran belleza, donde la luz fría y el ritmo sereno refuerzan el estado anímico del personaje. Trueba logra una armonía casi perfecta entre historia, imagen y ritmo narrativo.
Más allá de su aparente sencillez, Siempre es invierno aborda el paso del tiempo, de la sexualidad y de la vejez con una sensibilidad poco frecuente. No es una historia de amor más ni un drama de ruptura destinado a la lágrima fácil; es una obra madura, melancólica pero cálida, que nos recuerda que no siempre es invierno… y que el calor puede encontrarse en el interior.
Al final, lo que parecía una película pequeña crece con cada escena, no por lo que muestra, sino por lo que sugiere. Es un relato que invita a la reflexión y que, en su serenidad, deja una sensación reconfortante. Visualmente deslumbrante y emocionalmente contenida, Siempre es invierno confirma a David Trueba como un cineasta capaz de capturar lo invisible y convertirlo en emoción. Una película delicada, honesta y profundamente humana.