David Robert Jones nació en Londres en tiempos difíciles, tras el final de la Segunda Guerra Mundial. Desde pequeño, inspirado por la literatura anglosajona, la música de Elvis Presley y el ambiente de Bromley, donde se crio desde los seis años, comenzó a mostrar interés por el arte, la música y la identidad individual.

A la temprana edad de 18 años, ya se había apasionado por el teatro, había compuesto varios singles, participando en una banda —breve y bastante desafortunada— y desarrollando un olfato melódico sin precedentes. Actor, gran compositor y artista, se convirtió en un icono de la extravagancia y en símbolo de la reinvención y el redescubrimiento, en un momento de la historia en el que resulta más necesario que nunca darle una vuelta de tuerca a todo, sin remordimientos.

Cierto día de noviembre, cuando David Bowie daba los primeros pasos de su carrera y comenzaba a hacerse un nombre como artista, su mánager, Kenneth Pitt, organizó una sesión fotográfica en la terraza de un café próximo al parque Clapham Common, en Londres, a la que acudieron varios periodistas. Durante todo el encuentro, Bowie permaneció quieto, absorbido por la escritura de largos versos y apenas prestando atención a la multitud de profesionales reunida a su alrededor.

Los camarógrafos, seguramente creyendo que aquello era un problema de «chico reservado», decidieron dejarlo a su aire durante un rato, hasta que el joven estuviese más dispuesto, y se fueron a dar una vuelta. A su regreso, Bowie aún seguía escribiendo, rodeado de un montón de tazas y platos que había ido apilando en su inquebrantable trance creativo.

Esta pequeña anécdota, una de las muchas que marcaron la vida del artista, definía ya la hoja de ruta de un joven que no iba a ser un caso fácil para la sociedad.

El chico de barrio enamorado del arte

En 1947, Londres aún se recuperaba de la guerra, sometida a cartillas de racionamiento instauradas por el gobierno laborista, y el descontento social estaba candente en las calles de la capital británica. Por entonces, Haywood Stenton Jones había roto con su esposa, la cantante Hilda Louise, para contraer matrimonio con Margaret «Peggy» Burns, acomodadora del Ritz.

El joven matrimonio se instaló en Kentish Town y, más tarde, en Brixton. Poco después, el pequeño David Jones llegó al mundo. El hecho de que el neonato fuese zurdo ya anticipaba a una persona potencialmente inquieta y creativa, algo fuera de lo habitual en un mundo dominado por los diestros, cuando aún no existían tantas facilidades para un grupo reducido que se consideraba extraño.

A los seis años, la familia —a la que se unen Annette, la primera hija de John, y Terry, primer hijo de Peggy— hizo las maletas rumbo a Bromley, donde el niño comenzó sus andanzas y descubrimientos —como los de cualquier niño— a través de la música, la literatura, el arte, y, sí, también los espectáculos de mimos callejeros.

Inspirado probablemente por la belleza bucólica de su tranquilo y recogido barrio, la música de Elvis Presley, la narrativa de Jack Kerouac y, especialmente, las composiciones de Little Richard, decidió en 1958 estudiar artes plásticas en la Bromley Tech, y, tímidamente, escribir sus dos primeras canciones amateur, que interpretaría con nada menos que un ukelele de manufactura barata y un contrabajo hecho a mano por él mismo.

Más apegado a la tradición y la cultura de los Estados Unidos —que posteriormente se convertirían en uno de sus santuarios personales, en especial la ciudad de Nueva York)—, la exploración de David, curioso por naturaleza, sentó los cimientos de su posterior carrera musical y lo decidió a abordar el mundo desde el arte, impulsado por su necesidad de crecer como creador.

En los años sesenta, coincidiendo con su etapa escolar, comenzó a aficionarse a modas extravagantes frente a las vestimentas más formales y modernas de su instituto, un gusto que se convertiría en su seña de identidad a lo largo de su inabarcable producción musical.

En 1964, cuando tan solo contaba con diecisiete años, se lanzó a su primer intento de consagrarse como artista: David, junto a tres jóvenes de Fulham, a los que más tarde se sumó su amigo George Undwerwood, formó la banda The King Bees, rebautizada posteriormente como Davie Jones and The King Bees.

El grupo, que trabajaba sobre entusiastas influencias del blues y algunas semblanzas del rock que había hecho mover las caderas del mundo entero gracias a Elvis Presley, recibió la llamada de Leslie Conn, productor musical que los apadrinó temporalmente para ofrecer pequeños conciertos y trabajar en una melodía que el mánager había planificado de antemano.

De aquel contrato, además de la pegadiza Liza Jane, de referencias obviamente «presleyanas», surgió un importante choque por la atribución de las autorías. La historia no terminó bien y Conn rompió definitivamente con la banda, no sin antes beneficiarse de las ganancias que esta empezaba a generar.

Davie Jones and The King Bees

David continuó su carrera trabajando en solitario y elaborando algunos singles bajo la firma Davie Jones, para más tarde asumir el nombre con el que sería reconocido por el resto de la historia musical: David Bowie.

El resultado fueron algunas piezas musicales bastante infravaloradas, que no tuvieron mucho eco en la crítica, pero cuyos acordes ya dejaban entrever el deseo de Bowie en el ámbito melódico: intentar abarcarlo todo hasta encontrarse a sí mismo, su propia voz.

David Bowie: cuando tu primer álbum lleva tu nombre

En 1966 se produce la génesis musical del artista: el mánager del joven, Kenneth Pitt, presenta a la discográfica Decca la pieza musical Rubber Band. Probablemente atraído por el sonido fresco y original de la melodía y su letra, el conjunto de percusión y viento, y el aire casi marcial de sus ritmos, que narran paradójicamente un desamor de excombatiente, el productor Mike Vernon apostó fuerte por David Bowie y lo puso manos a la obra para lo que será el primero de muchos discos.

El álbum, titulado David Bowie, ya es un anticipo temprano del deseo del joven británico por reinventar estilos y descubrir su identidad como artista. Recoge un conjunto de obras melódicas que abarcan tonos juguetones, vibrantes y, a menudo, también inquietantes en su ejecución (la distópica We Are Hungry Men es un claro ejemplo). Chirimías, jigas, tambores y sonidos tradicionales se mezclan con sonidos ambientales y efectos teatrales, conviertiendo el primer asalto de David Bowie en un revulsivo completo para la música de los años sesenta.

Sin embargo, aún tendría que pasar más tiempo para que la crítica apreciase el valor discográfico y creativo contenido en las etapas precoces del desarrollo musical del artista.

Las muchas caras de Bowie: desde Major Tom hasta la muerte de Ziggy Stardust

En 1969, Ken Pitt, de nuevo al mando como mánager de la joven promesa, y después de varios singles que no convencieron a la crítica, comenzó el trabajo para construir un David Bowie que el mundo pudiera reconocer y que resultara memorable.

El diseño de este Bowie, inevitablemente, tenía su base en el gusto del joven por el teatro y los espectáculos callejeros de mimética. Con esta primera pista sobre el rumbo que tomarían los pasos del británico, la decisión final no resulta tan sorprendente, aunque si consiguió dar, por fin, con una faceta que encajaba a la perfección con su carrera musical, su carácter, sus influencias y sus deseos de expresarse: la interpretación aplicada a la música.

La preparación y el escenario para encarnar estilos, inspiraciones y tonalidades genéricas. Así nace el primero de su colección de «personajes»: Major Tom.

¿Quién es este extraño? Si se le pregunta a Bowie, recordaría una y otra vez el aislamiento de una estrella en medio de un espacio vacío. Y es que, precisamente, el sentimiento de soledad que lo acompañó a lo largo de su juventud —y al que, inevitablemente, parecen abocados todos los genios incomprendidos (ya lo decía Montaigne al afirmar que escribir no es causa de la miseria, sino que nace de ella)— es lo que inspiraría a Tom: un astronauta perdido en el espacio que no sabe cómo volver a casa.

Un cúmulo de rarezas desde el peinado estrambótico y rizado, la forma de vestir, hasta una banda sonora propia rodeada de estilógrafos nostálgicos y, a la vez, bellos. Es el comienzo de Space Oddity —a los fanáticos de Kubrick les sonarán ecos de cierta película—, una historia que habla del alejamiento del mundo, de Hermione, uno de sus primeros amores, y de las preguntas e interrogantes casi filosóficos que imprimen una impronta en un Bowie en fase de crecimiento intermedio.

Suele pensarse que uno de los Bowies más populares, Ziggy Stardust —asociado a todas las revoluciones estéticas y musicales que trajo al glam rock— comenzó con los trajes de pitillo y los peinados mullet, pero, lejos de la realidad, su esencia nace cuando Bowie comienza a aparecer frente a los medios y las cámaras vestido y peinado como una mujer.

Aunque por entonces está casado con Angie Bowie, la vida del artista había estado marcada por la bisexualidad, y toda la ambigüedad de su identidad personal termina resumida en esta etapa. Bowie, que hasta entonces era el joven nostálgico y aislado, hace aterrizar a Tom en la Tierra para comenzar la construcción de Ziggy Stardust.

¿Por qué? Está claro que el rock, en su esencia, ha estado marcado por la testosterona, los tupés y la masculinidad aparentemente ruda. Bowie, en su permanente reinvención personal, toma el ejemplo de Marc Bolan y empieza su andanza en un campo completamente nuevo, con un uniforme de trabajo que nada tiene que ver con él.

Durante la década de 1970, el Bowie revolucionario se convierte en protagonista de los álbumes The Man Who Sold the World (1970) y Hunky Dory (1971). De estos dos no hay ninguna discusión sobre la permanente lucha de Bowie en favor del cambio, pues el británico es muy consciente de el papel que las musas le han asignado, y es, precisamente, aceptar que la vida es un constante fluir de acontecimientos, y que uno, por mucho que luche, termina agarrado a las corrientes que nos hacen evolucionar. Este mensaje se condensa en Changes.

A continuación, el Bowie encarnado por Ziggy inicia la revolución del glam rock, cambiando una vez más su estética pública, fiel, cómo no iba a serlo, a su ansia de constante movimiento. Con el cabello teñido de rojo, las cejas depiladas y un traje que recuerda al de un «rocket man» de circo, la etapa más potente del célebre Stardust se avecina con el lanzamiento, en 1972, del álbum The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars.

Bowie regresa al tema de la vida en Marte, del que ya había hablado en su álbum anterior, se aventura hacia las estrellas y, conservando su afición por los sonidos casi cósmicos, de otro mundo, regresa de esta experiencia con nuevos temas a los que ahora se suma la fuerza de la guitarra eléctrica, el humo y la brillantina.

En 1973, tras el lanzamiento de los discos Aladdin Sane —vanguardista e intencionadamente distanciado de los planteamientos de The Rise and Fall of Ziggy Stardust— y Pin Ups, es la hora de la despedida para el personaje que durante cuatro años había acompañado al artista a los escenarios.

El artista «mata», literalmente, a su personaje para dar paso a una nueva génesis, un nuevo comienzo para su carrera estelar (en ambos sentidos). Y es que, si de algo está lleno el paso del artista en constante movimiento, es precisamente de comienzos que se solapan con otros comienzos.

George Orwell en canciones

David Bowie siempre había sido un amante de las distopías; anticipándose a las temáticas literarias, el tema We Are Hungry Men (1966) ya mostraba sus inquietudes políticas y sociales relacionadas con la ciencia ficción, los futuros alternativos y las catástrofes demográficas.

Lector ávido de George Orwell y adorador confeso de la novela 1984, el álbum Diamond Dogs (1974) se convirtió en un tributo completo al escritor y a su obra cumbre.

Tras la muerte civil de Ziggy Stardust, el mundo asistió al nacimiento prototípico y más bien breve de Halloween Jack: parche en el ojo, pañoleta, ropa casi femenina e inseparable cigarrillo, que comenzó a convertirse en una parte pública del propio Bowie.

Del álbum se intuye la rebeldía, el desmarque de otras piezas artísticas previas y la faceta lectora del artista. Su himno, su declaración de intenciones y, a posteriori, la canción más conocida del álbum es Rebel, Rebel, con matices que recuerdan a los Rolling Stones y una letra fiel a su propia imagen andrógina, que busca, de alguna forma, conectar con las nuevas generaciones.

En 1975, el álbum Young Americans se convirtió en una nueva vuelta de tuerca hacia la vibra soul/hip-hop, que aún estaba por asomar la cabeza en el panorama norteamericano, demostrando que, además de tener buen olfato para la música, el británico también era un visionario musical.

El Duque Blanco y el Bowie berlinés

1976 es un nuevo año de inflexión para David Bowie, que entra en su etapa musical más madura y reflexiva. Atrás ha quedado el joven de Bromley de voz nasal, la historia de soledades de Major Tom y Ziggy Stardust; el glam-rock y la vanguardia roquera dejan paso, finalmente, a sonidos más inquietantes, incómodos y, a la vez, sutiles.

El nacimiento de Thin White Duke (el Delgado Duque Blanco) lo consolida ahora como una imagen de masculinidad más adulta y pausada. El personaje, que lo acompañaría a lo largo del disco Station to Station, se convertiría en el experimento oficial de Bowie en el terreno del Jazz.

Para hacerlo todo más complicado, además de continuar em su línea de genialidad, el artista se lanza de lleno a construir piezas que superan los diez minutos de longitud —hace falta muchísima paciencia para comprenderlas—, por lo que casi podría considerarse un intento caprichoso que acabó resultando, de nuevo, en una firma indirecta nacida de la propia psique de Bowie y, por supuesto, de su primigenio deseo de hacer algo siempre distinto.

El Duque Blanco comienza a difuminarse, dando paso al Bowie amante de la experimentación en su forma definitiva. Siempre fiel a su deseo de dar un nuevo giro a todo lo que toca o ve, tiene la suerte de perderse por las calles de Berlín en un viaje revelador que le inspira a crear una obra semi-instrumental, para la cual cuenta con la ayuda y el genio de Brian Eno, el productor musical que se convertiría en el copiloto del británico en su Trilogía de Berlín, compuesta por los álbumes Low (1977); Heroes (1977) y Lodger (1979).

Cada uno de ellos recoge un cómputo de sonidos extravagantes, casi místicos, que transmiten una sensación de inquietud y, a menudo, incluyen sonidos foráneos, quizá incluso marcianos, volviendo, consciente o inconscientemente, a las raíces más lejanas de Major Tom. Xilófonos, glockenspiel, sintetizadores, guitarras eléctricas, y, a menudo, la voz de Bowie se entremezclan en una serie de piezas musicales, más o menos conocidas, que terminan por dar uno de los cócteles más peculiares e inventivos del artista británico.

Scary Monsters, Let’s Dance, y lo que vino después…

Hacia 1980, Bowie regresa al panorama completamente empapado de su amor por Japón, país que lo convierte en patrón de una marca de sake, Crystal Jun Rock, e inspira su tema instrumental Crystal Japan. Su novia, Michi Hirota, se convierte, fiel al espíritu del nuevo álbum Scary Monsters (and Super Creeps), en su segunda al mando en la escalofriante It’s no Game (No.1), la anticipación de una nueva «revolución» hacia ciertos matices del metal: Bowie se desmelena en una serie de piezas musicales en las que su voz adopta tonos nunca antes escuchados, intencionadamente descontrolados.

Tres años después, tras una colaboración legendaria con Queen que dio lugar al tema Under Pressure, Bowie se lanza a un estilo musical más sofisticado, elegante, algo más conservador y contenido que, sin embargo, resulta en uno de sus trabajos mejor valorados: Let’s Dance.

El Bowie romántico entra en un nuevo ciclo de música bailable en las pistas, con ritmos afines a la vibra ochentera que comenzaba a predominar, poniendo los puntos sobre las íes y reafirmando su capacidad para convertir en oro casi cualquier cosa.

Fruto de este éxito, en 1984 —año de connotaciones orwellianas para el británico— recibe la invitación para protagonizar la película Labyrinth, donde encarna a Jareth, el carismático rey de los goblins, un ejemplo de actuación no solo actoral, sino también musical, que reafirma las dotes camaleónicas de una estrella en su momento más álgido.

Cabe destacar que la carrera interpretativa de Bowie no es algo nuevo, y aunque Labyrinth lo catapulta como actor, sus apariciones en pantalla se remontan a 1979, cuando Bowie se convierte en uno de los cabeza de cartel del archiconocido clásico Just a Gigolo.

Un último baile sobre el vasto cielo

Desde 1983, la amplia discografía del británico no hace más que crecer, pero David Bowie comienza a experimentar un declive musical respecto a otras épocas. Resulta complicado satisfacer a un público marcado por nuevas generaciones de oyentes que se habían enamorado de su puesta en escena más pop en Let’s Dance.

Más allá de una triunfal actuación junto a Nick Jagger en 1985, y fiel a su espíritu imbuido de genialidad, Bowie continuó sus andanzas sobre el escenario. En 1987 lanzó al mundo su último álbum de música pop, Never Let Me Down, al que siguieron las pinceladas noventeras en su dúo de discos Tin Machine (1989 y 1991).

Durante toda la década, publicó Black Tie White Noise (1993) y The Buddha of Suburbia (1993), donde muestra su faceta más elegante. Luego volvió a subvertir las expectativas con 1. Outside (The Nathan Adler Diaries: A Hyper Cycle) (1995), un álbum en el que juega con retazos de música digital en piezas irónicas, sugerentes, misteriosas y cargadas de ingenio para encarnar al detective Nathan Adler.

En 1997, Earthling se convirtió en una oda a sus orígenes y retomó la batuta para construir un género a partir de otros: una suma de metal, jungle y drum’n’bass. En 1999, volvió al pop con Hours…, una alternativa musical completamente inesperada, y en el 2002 regresó a los primeros puestos de las listas con Heathen, álbum en el que volvió a trabajar junto a su socio en tiempos pretéritos, el estadounidense Tony Visconti.

Reality (2003) cerró el ciclo de la década. Despues, no hubo novedades discográficas de Bowie, más allá de su aparición estelar como el científico Nikola Tesla en la producción de 2006, The Prestige.

En 2013, después de diez años sin participar en el panorama musical, David Bowie decidió volver a la palestra con lo que sería su penúltima gran obra: The Next Day. El ya legendario patrón de la música extravagante, cuya salud comenzaba a decaer, sorprendió y a la vez espantó a toda una legión de fans con la publicación del videoclip oficial de The Next Day la noche del 7 de mayo de 2013, una crítica descarnada a la Iglesia Católica bajo la premisa «pueden trabajar con Satán mientras visten como los santos».

Evidentemente, el vídeo fue sometido a dura censura por parte de los moderadores de contenido, pero con esta pieza cargada de fuertes connotaciones, Bowie se lanzó a su última cruzada inventiva.

En 2015, año en que cayó gravemente enfermo, consciente de que ya no le queda mucho, el artista, ya entrado en edad y debilitado, reservó sus últimas fuerzas para comenzar a trabajar en su golpe de gracia: Blackstar, su tributo de despedida y un memorable presente para sus acólitos, un revulsivo de la música jazz pausada que retorna, inevitablemente, una vez más a las estrellas de las que cayó Major Tom y al polvo astral del que nació la apabullante figura de Ziggy Stardust.

Una vuelta a los orígenes que, sin embargo, se fragua sobre las fuerzas de un Bowie ya consumido y cansado que, rebelde e implacable como siempre, cambia de máscara para un último baile con la bóveda celeste.

El 10 de enero de 2016, David Bowie murió y, como respuesta, recibió el eco de toda la opinión internacional: muestras de cariño que reflejaron hasta qué punto, directa o indirectamente, tuvo el poder de cambiar la vida de muchísimas personas solo a través de la melodía. Lady Gaga lo versionó en la entrega de premios de los Grammy, Prince también le dedicó un sonado tributo poco antes de su propio fallecimiento. Reino Unido salió a las calles, y Berlín conmemoró la que fue su casa en la ciudad alemana.

Diez años después, el legado de Bowie sigue palpitando de algún modo detrás de cada armónica extrañeza, de cada giro estrambótico de la vida; compañero eterno de de las horas y recuerdo incansable de que la creatividad es la mejor forma de hablar sobre uno mismo. Bowie no es solo música, es mentoría de la gente rara y una invitación a vivir la vida sin restricciones ni convenciones. Porque, ya lo dijo él: «podemos ser héroes por un día», y él, por supuesto, más que nadie, lo anticipó en los años setenta: «No soy un profeta ni un hombre de piedra, soy solo un mortal con un potencial de Superman».

Por Daniel Caballero de Paz

Cuando me regalaron mi primera libreta, no pude evitar llenarla de garabatos. Ahora hago lo mismo con los procesadores de texto, que ocupan menos espacio y no gastan papel. Si el día tuviese más de veinticuatro horas, seguramente ya habría visto todas las películas rodadas y por rodar y leído todos los libros escritos y por escribir. Ya ven, la gracia del tiempo. Que le toca a uno elegir qué es lo que va a hacer después.

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