‘Steve’, la nueva película de Cillian Murphy, producida por Netflix y dirigida por Tim Mielants —también autor de ‘Small Things Like These—, es una obra hondamente imperfecta, capaz de manipular las emociones del espectador y penetrar en su piel.
Leía el otro día una reflexión curiosa en redes sociales. Decía algo así como que, en mitad de una industria cinematográfica que, desde hace tiempo, ha dejado de ser puente vital entre la humanidad, la razón y la cultura para plegarse exclusivamente al entretenimiento más banal y espectacular del cine de streaming —antes llamado cine de sobremesa dominical—, aún quedan actores como Cillian Murphy que se esfuerzan por transmitir un mensaje cierto y relevante a escala social, y que trabajan a diario para provocar la indigestión del espectador.
Y no puedo estar más de acuerdo. Pues en eso, y en nada más, consiste el cine de autor —al menos el que se sigue respetando a sí mismo, conociendo su origen y considerándose como tal—. Como la buena fotografía, el artículo afilado o el libro escrito sin temores, reticencias o autocensura, la labor del cine no pasa por dar masajes ni por reafirmar al espectador en sus propias creencias; su trabajo, más bien, consiste en incomodarlo, en colocarlo entre la espada y la pared, contra las cuerdas, y obligarlo a pensar por sí mismo, a reactivar ese espíritu crítico que, en horas de polarización, tanto escasea hoy en día. Y empujarlo así lejos de su zona de confort, a fin de que, tras el fundido a negro, la única salida lógica sea invocar de nuevo a Sócrates: «Solo sé que no sé nada».
Y así, bajo esa premisa, probablemente nació Steve, la nueva película del propio Murphy, producida por Netflix y dirigida por Tim Mielants —también autor de Small Things Like These—. Lo primero que salta a la vista es que es profundamente imperfecta, pero ahí reside también uno de sus más grandes y divertidos oxímoron. Quizá, si fuera una cinta de matrícula de honor, bien limada y sin asperezas visibles, acicalada y con olor a nácar, no sería capaz de penetrar en la piel y manipular las emociones del espectador como finalmente logra hacer —y de un modo sencillamente sublime—.



El filme, que esgrime la regla de la condensación temporal llevándola al extremo —reduciendo el transcurso de la acción a tan solo veinticuatro horas para que la trama resulte, si cabe, más asfixiante—, sigue a Steve (Cillian Murphy, colosal de principio a fin) en uno de sus días más duros y ajetreados como director de un reformatorio inglés de los años noventa. En él residen, a modo de internado, jóvenes y adolescentes apartados de la sociedad, a quienes las circunstancias han terminado por transformar en lo que son: chicos desamparados, carentes de fe y esperanza, con problemas económicos, familiares, psicológicos y afectivos, que han hecho de la violencia, verbal o física, su única arma; o que han visto en ella la única armadura disponible para resguardarse de la tempestad.
No son criminales por elección, sino por la influencia directa de un entorno cargado de dolor y sufrimiento que los ha llevado a cruzar la línea roja. Steve lucha, día a día, por tratar de salvarles la vida, enseñarles cultura general y despertar en ellos un atisbo de interés por algún asunto o campo de estudio, con el fin de reconducir sus caminos vitales hacia un destino distinto al cadalso o la perdición definitiva. Todo ello mientras la producción gana en oscuridad, cuando nos damos cuenta de que el protagonista no es alguien perfecto ni ejemplar en su totalidad, sino gris: un personaje que también enfrenta deslices, dificultades y problemas de ansiedad y salud mental.
Ese mismo debate ético y moral —que plantea serias dudas sobre si alguien así, tan quebrado por dentro, es la persona más apta para tratar de recuperar a los demás cuando quizá ni siquiera sea capaz de rescatarse a sí mismo— es el que orbita de forma sibilina alrededor de la historia y permite que el conjunto gane en complejidad y profundidad narrativa. Al mismo tiempo, la trama va dejando entrever todos sus retales filosóficos —es evidente que, en algún punto, permea incluso el existencialismo de Albert Camus—, hasta que la acción, demasiado concentrada en los minutos finales, estalla como lo haría una bomba de relojería; todo ello en mitad de una fotografía sucia que no hace sino reafirmar sus propios ritmos circadianos.
Steve, más por convicción que por estética, es una película que versa sobre la existencia (o no) de la bondad, la esperanza y la fe en cualquiera de sus posibles manifestaciones. Hasta qué punto los engranajes que componen el mundo, por ejemplo, pueden empezar a concatenarse para facilitar las cosas, en lugar de empeorarlas. O cuál es el momento en el que el ser humano se corrompe de forma definitiva, sin vuelta atrás ni redención posible en el horizonte, y si, aun bajo esa terrible circunstancia, queda alguna afabilidad en quien ha perdido todo, incluso el timón de sus propios días y el hombro sobre el que llorar que, a menudo, es la familia.
Por eso gustará y disgustará a partes iguales. No es conformista, ni sencilla, ni mucho menos una película cómoda sobre la que reafirmar nuestra manera de ver o interpretar el mundo; nos enfrenta cara a cara con nuestros peores temores, miedos, inseguridades y demonios internos. O, peor aún, nos sitúa frente a una realidad turbia, siniestra y opaca: la de una salud mental totalmente quebrada, a menudo de forma invisible, que nos negamos a ver a pesar de convivir codo a codo con ella, arruinando a diario no solo la vida de quien porta el malestar, sino también la de su entorno más cercano.
Ay. A menudo pienso, sobre todo teniendo en cuenta la memoria a corto plazo característica de nuestra era y lo profundamente arraigada que está en nuestra genética, que si no fuera por el cine, o por películas como esta, el ser humano viviría hondamente feliz y despreocupado, dormitando sobre su propia ignorancia y ceguedad.