‘Una batalla tras otra’: la película más atrevida del año con un Leonardo DiCaprio magistral

Adaptar a Thomas Pynchon nunca ha sido tarea fácil. Sus novelas están plagadas de conspiraciones, humor corrosivo y un caos narrativo que muchos directores preferirían evitar. Sin embargo, Paul Thomas Anderson ya se había atrevido con Inherent Vice (2014) y, una década después, el cineasta californiano regresa a Pynchon con Una batalla tras otra, inspirada en Vineland (1990).

El resultado es una película de casi tres horas que mezcla acción, sátira y comedia, con un reparto encabezado por Leonardo DiCaprio, Sean Penn, Benicio del Toro, Teyana Taylor y Chase Infiniti.

Una sátira disfrazada de acción

Lejos de ser un thriller de acción convencional, Anderson construye una comedia amarga sobre la memoria política de Estados Unidos.

La cinta arranca a finales de los años sesenta, en plena efervescencia de los movimientos revolucionarios. El grupo French 75, liderado por Perfidia Beverly Hills (Taylor), irrumpe en un centro de detención de inmigrantes en la frontera con México. Entre sus miembros está Bob Ferguson (DiCaprio), experto en explosivos y pareja de Perfidia. Por otro lado, en el bando contrario se encuentra el capitán Steven Lockjaw (Penn), un militar siniestro y racista, obsesionado con la líder de French 75.

Dieciséis años más tarde, Bob es solo la sombra de quien fue: un hombre consumido por las drogas y el alcohol que sobrevive como puede en un pequeño pueblo junto a su hija Willa. Sin embargo, cuando Lockjaw regresa y secuestra a la joven, Bob no tendrá más opción que enfrentarse a su pasado.

Un reparto de primera

DiCaprio confirma aquí su capacidad para reinventarse en cada papel. Su Bob Ferguson es un personaje contradictorio: explosivo, patético y entrañable. La química con la joven actriz que interpreta a Willa (Chase Infiniti) sostiene buena parte de la emoción del film: en medio del delirio, Anderson nunca olvida el núcleo emocional de la historia, el amor de un padre por su hija.

Sean Penn, por su parte, se entrega a un papel incómodo y excesivo. Su Lockjaw es un villano de manual, mezcla de perversión sexual y autoritarismo, que encarna la sombra del supremacismo blanco. El retrato de una ultraderecha hipócrita que sigue presente en la actualidad.

Política disfrazada de comedia

La grandeza de Una batalla tras otra está en su capacidad para hablar del presente a través del pasado. Aunque parte de los movimientos radicales de los sesenta, la película conecta con debates actuales: la inmigración, la violencia institucional, el desencanto con la política y el auge de la ultraderecha.

Anderson se burla, y en esa burla encuentra un espejo incómodo para la sociedad estadounidense.

La música de Jonny Greenwood, a ratos solemne, a ratos juguetona funciona como una cuerda floja sobre la que camina toda la película.

El exceso como estilo

Con casi tres horas de metraje, Una batalla tras otra exige paciencia. No es una película ligera, y en más de un momento da la sensación de que las escenas se estiran más de lo necesario. Sin embargo, ese exceso es también parte de su encanto: la película se recrea en el caos, en los personajes secundarios y en los diálogos que parecen salirse del guion.

No busca complacer a todos los públicos. Quien espere un thriller convencional se encontrará con una comedia política disfrazada de acción, tan brillante como excesiva. Anderson vuelve a demostrar que el cine puede ser incómodo y divertido al mismo tiempo, y que las grandes historias —las que hablan de poder, racismo, memoria y familia— siguen siendo, efectivamente, una batalla tras otra.

Ya en cines.

Por María Peinado Lafuente

Periodista. Puedes leerme también a través de mis redes sociales. Instagram y Twitter: maria_peinado22

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