Los Bárbaros

‘Los Bárbaros’, que llegará a los cines el próximo 13 de junio, es un drama que retrata a una generación marcada por la crisis inmobiliaria de 2008

Javier Barbero y Martín Guerra debutan en el largometraje con Los Bárbaros, un film que se expone la visión de una generación marcada por la precariedad, los sueños rotos y la necesidad de reinventarse durante la crisis del 2008. Ambientada en un edificio a medio construir en la periferia madrileña que nunca fue terminado tras el estallido de la burbuja inmobiliaria, este espacio se convierte en un refugio donde sus protagonistas buscan compañía y un hogar donde resistir a todos los males vinculados a la situación.

Protagonizada por Àlex Monner, Job Mansilla, Eliza Rycembel y Greta Fernández, Los Bárbaros retrata la vida diaria de un grupo de jóvenes que deciden ocupar este edificio como forma de protesta, pero también como un intento desesperado de encontrar un hogar alternativo alejado del barullo de la ciudad. Con un enfoque realista y una estética sombría, la película plantea una pregunta que afecta a toda una generación: ¿Cómo construyes un futuro cuando todo parece desmoronarse? Los Bárbaros apuesta por una mirada íntima y muy humana, marcada por los silencios y los vínculos construidos entre los personajes.

En esta entrevista, charlamos con Javier Barbero, Martín Guerra, Àlex Monner y Job Mansilla sobre el proceso de construir la historia de Los Bárbaros, el desafío de construir personajes complejos desde la contención y los silencios, y la necesidad de contar una realidad que, aunque silenciada, sigue muy presente en la España actual.

Martín Guerra y Javier Barbero, directores de Los Bárbaros

Pregunta: Enhorabuena por la película. Lo primero, ¿qué tal estáis?

Martín Guerra: Gracias. Muy bien.

Javier Barbero: Bueno, bien, ¿no? Un poco con las ganas de que empiece a verla el público. Y, bueno, sobre todo ver las películas que el público va a construir a raíz de la nuestra. ¿No? Esas miradas que pueden surgir en el público que van a ser divergentes de la nuestra y, sin embargo, parten de la misma película. Y, en ese sentido, pues hemos intentado que sea una peli con una estructura bastante abierta.

P: ¿Qué os ha llevado a tratar la crisis de esa generación que vivió un periodo de constante precariedad? ¿Cómo surgió la idea?

Martín Guerra: Bueno, precisamente creo que haber atravesado ese momento de crisis en algún momento, claro, habiendo un poquito las consecuencias no solamente en nosotros, sino en gente que nos rodeaba, algunos amigos volviendo a casa de sus padres, con muy poca perspectiva de futuro y bastante angustia. Nos nació un poquito por impulso, la idea de encontrar unos héroes que fuesen capaces de ser un poquito más indiferentes, ¿no? Y menos afectados. Nos gustaba fantasear con esa idea de un grupo de jóvenes, similares a la edad que nosotros teníamos a la hora de escribir esta película, que fueran capaces de vivir un poquito al margen y de pasar un poco de la crisis como un acto quizás de resistencia, ¿no?

Javier Barbero: Bueno, yo creo que hay problemas generacionales que, en el fondo, son compartidos por diferentes juventudes a lo largo del tiempo y que, durante décadas, no se han solucionado. Ahora la punta del iceberg es, probablemente, la vivienda y la gentrificación, ¿no? Y la incapacidad de la juventud para acceder a la vivienda. En el 2008 era así y, probablemente, anteriormente también era así. Entonces, creo que al final son historias que, de alguna manera, van tocando a diferentes generaciones y, en nuestro caso, es una película sobre juventud, más allá de eso. Sobre cómo cuando eres joven, hay una vitalidad, ¿no? Que está ahí y que pronto desaparecerá, ¿no? Y que hay que aprovechar esa vitalidad cuando llega.

P: Parece que la película está muy cerca de la realidad actual. ¿Creéis que eso ayudará al público a conectar con Los Bárbaros?

Martín Guerra: Bueno, sí, a ver, creo que no es puntual, el mecanismo que moviliza la película no es necesariamente algo que no se pueda extrapolar. Es decir, opino que hay posibilidad de conectar a otro nivel mucho más personal con la gente que tiene en su entorno y poder armar alguna especie de comunión que vaya más allá de la crisis que pueda estar atravesando fuera cual fuera esa crisis, ¿no? Ni en el momento en el que te toque.

Javier Barbero: A ver, yo creo que un ejercicio del cine es también crear estos personajes para el espectador, ¿no? Porque son personajes, en nuestro caso, inspirados en conocidos y en amigos, pero al final son personajes de ficción, ¿no? Y esto es una ficción. Aunque, al fin y al cabo, que el espectador pueda empatizar de alguna manera. En Los Bárbaros, los personajes son antihéroes, pero tienen pequeños destellos en los que, desde mi punto de vista, actúan heroicamente.

P: En la película hay muchos silencios, se dice mucho a través de las situaciones más que con las palabras. ¿Cómo fue construir ese guion con esa sensación de decir sin decir?

Javier Barbero: A nosotros nos interesaba retratar la vitalidad de una cierta juventud, y esa vitalidad siempre ocurre en tiempo presente. Cuando el tiempo presente se filma, probablemente la intensidad vital de ese momento sea mucho más palpable para el espectador que estar ahí, pensando en qué va a acontecer o cómo se va a desarrollar la historia.

En ese sentido, la mayoría de las secuencias de la película son autónomas. Nos llevan, como dices, hacia algún sitio, pero en los diálogos y en lo que estamos viendo aparentemente, esa tensión transcurre por debajo.

Además, después de haber hecho un cortometraje que Martín y yo, más orientado hacia un cine sensorial y experimental, queríamos contar historias o filmar realidades cotidianas que tuviéramos más a mano. En mi caso, echo de menos que estas realidades estén reflejadas en las pantallas.

P: Sí, porque además es como un cine mucho más social, más del día a día, como tú dices.

Javier Barbero: Sí, bueno, creo que el cine social ha sido una etiqueta que se le ha puesto a cierto tipo de cine que siempre está orientado hacia una intención, ¿vale? Hacia una intención política o ideológica. En ese sentido, ese tipo de cine suele estar muy teledirigido hacia ciertas intenciones. En nuestro caso, creo que no es así, no se trata de una película social. Lo que pasa es que, una vez que pones una cámara y hay una puesta en escena, siempre hay connotaciones políticas y sociales, pero nosotros no teníamos intención de llegar a ningún resultado concreto. El resultado nos lo ha llevado el propio proceso de creación, el rodaje y el montaje. Pero, en ese sentido, creo que no es una película, entre comillas, de cine social.

P: ¿Y cómo ha sido construir la historia, guionizar y dirigir a cuatro manos? ¿Qué aprendizaje pensáis que os deja el otro de todo el proceso?

Martín Guerra: El trabajo de escritura en tándem es muy agradecido, muy fecundo. Hay la posibilidad de rebotar ideas, debatir y estar seguro de que lo que va al guion ha sido forjado, argumentado y se entiende por qué está. Eso te da mucha seguridad al saber por qué ciertas cosas están ahí. En el proceso de defender o argumentar, algunas cosas se fortalecen y otras se descartan o no se aceptan, lo que eleva la calidad de la escritura.

El rodaje es un poco más complicado porque funciona con otras dinámicas y tiempos, y no siempre hay oportunidad de debatir y argumentar. A veces hay que fiarse más de la intuición, confiar en la persona con la que trabajas y reconocer cuando alguien está más convencido de su idea que tú de la tuya. En esos casos, aunque no coincida contigo, ves que esa persona defiende su idea con más fuerza, y vas por ahí. No es un proceso democrático, no es 50-50, sino lo que mejor conviene a la película, aunque sea 70-30. Es interesante el trabajo colectivo.

Creo que incluso cuando uno dirige solo, siempre es un intercambio con todo el equipo artístico y técnico, dándoles espacio para que propongan y aporten, que también es parte de la creación.

¿Y qué me llevo de Javier? Llevamos muchos años trabajando juntos. Javier tiene una especie de ecuanimidad, una calma especial, sobre todo cuando surgen obstáculos, dificultades o «incendios» que apagar. Esa calma me tranquiliza, saber que estoy con él.

Javier Barbero: Con Martín ya habíamos trabajado antes y escribimos juntos en un proceso bastante largo. Más allá de hacerlo a cuatro manos, creo que el cine de ficción es muy colectivo. A lo largo de todo el proceso hay muchos artistas implicados: producción, actores, equipo técnico… Siempre es una obra colectiva, más allá de lo que el autor aporte, la película se hace entre todos.

P: ¿Cómo ha sido trabajar con Job, con Àlex y con Eliza? Además, Eliza no hablaba español, y eso supone un reto adicional.

Martín Guerra: Teníamos la inquietud de que el encuentro entre los tres personajes fuera casi un encuentro babeliano. Tres personajes con dificultades idiomáticas distintas: uno que no para de hablar, pero no se le entiende, otro que habla poco, y otro que quiere hablar y no puede. Nos gustaba la idea de ese encuentro con todas esas dificultades que puede generar la comunicación. Por eso trabajamos bastante con los actores antes del rodaje. Sabíamos que ahí estaba la fuerza, no solo en lo que ellos iban a hacer, sino en la relación entre ellos.

P: Al ver la película, da la sensación de que el perro funciona casi como una metáfora: se va cuando todo va mal y vuelve cuando las cosas mejoran. ¿Había alguna intención?

Martín Guerra: Hay una serie de elementos, como el perro y algunos objetos, que tienen vida propia en paralelo, y eso nos interesaba. Es como la vida en paralelo de las cosas, cómo una cosa deriva en otra. Por ejemplo, hay unos palos de golf que recorren toda la historia; de pronto son adoptados por alguien para jugar, hasta que finalmente deciden entretenerse con ellos. El perro, en particular, tiene la facilidad de aparecer y desaparecer casi mágicamente en la historia. Nos tomamos licencias con el perro, licencias que van un poco más allá de la lógica real. Hay una especie de economía circular, una continuidad en la historia que también sucede con el perro, aunque no se sabe por qué vuelve. Además, hay pequeñas cosas que atraviesan la historia, como una chaqueta que se va pasando entre personajes.

Javier Barbero: Nosotros hemos intentado no trabajar con metáforas, sino con elementos muy concretos, y el perro es algo muy concreto. Lo interesante del perro, quizás, es darle un valor propio, casi como el que le darías a un ser humano en la película. Por ejemplo, cuando los personajes se besan en ese árbol raquítico, que está en medio de un solar, el plano lo muestra entero. Le damos importancia a esa naturaleza encerrada en un barrio en obras. En ese sentido, lo bonito es que un animal pueda convertirse en personaje, que forme parte brevemente de la película, sin que todo tenga que ser desde un enfoque antropocéntrico.

P: Y bueno, en ese aspecto, yo creo que también donde está grabado, que es en Madrid, en el extrarradio, le da como más fuerza a la grabación, ¿no? Se eligió a propósito este escenario, ¿creéis que aporta algo a la película?

Martín Guerra: Sí, creo que sí. A la hora de grabar en este tipo de barrios a medio construir, con horizontes llenos de grúas y edificios a medio hacer, era mucho más fácil encontrarlos, más cercanos a esa época. Sin embargo, también había una idea de que la periferia funciona como un espacio que podría ser muchos otros lugares, no es necesariamente Madrid ni necesariamente un año concreto. Más bien es como la antítesis de lo que alguien que llega buscando, con un Madrid o un Berlín idealizado en su cabeza, espera encontrar. Es una realidad que contrasta con ese ideal o con la figura idealizada de Madrid, digamos.

P: Sí, que no tiene nada que ver que sea Madrid, sino que es simplemente el escenario. O sea, no me refería tanto a Madrid en sí, sino al hecho de que estuviera en las afueras, con un edificio a medio construir.

Martín Guerra: Nos funciona que sea algo que esté en transición. La idea de que el espacio sea una especie de limbo, que viene de algo grande y quizá regrese a algo grande, pero que en este momento está suspendido. Esa idea del entorno suspendido es fundamental para ubicar a estos personajes.

P: Y luego, después de la presentación en el Festival de Sevilla, ¿qué experiencia te llevas o cuáles han sido las primeras reacciones de la película?

Javier Barbero: ¿Primeras reacciones de la película? Bueno, lo veremos ahora, cuando se estrene en salas y, durante estos días de estreno, veremos las reacciones. Lo que sí me ha llegado es que quiero pensar que esta película le va a devolver a cada espectador aquello que él ponga en ella. Si no pones nada en este tipo de película, tal vez no te lleves tanto. En ese sentido, creo que cada espectador puede hacer suya la película, tener su propia idea, su propia versión y su propio acercamiento. Igual que nosotros nos hemos acercado a la película desde un lado, está la película y, como si fuera desde el otro lado del espejo, el espectador la puede recibir a su manera, en función de su vida y experiencia.

De izquiera a derecha: Martín Guerra, Àlex Monner, Job Mansilla y Javier Barbero

P: Pues, de hecho, en relación a esto, mi última pregunta era, ¿qué mensaje creéis que puede transmitir esta película?

Martín Guerra: No sé si hay un aprendizaje detrás, si te soy franco. Creo que hay cierto aire de frescura, una reivindicación de un tiempo menos frenético. La película también plantea una manera de consumir historias que necesitan un tiempo para ser digeridas, que requieren un pozo y no un consumo compulsivo. Hay algo en esta película que quizás es un oasis, una sensación de frescura en medio de este entorno de crisis. Existe la posibilidad, estos personajes son un punto de luz, un punto de frescura, una especie de oasis. Hay algo ahí que se emparenta más con esa sensación que con una lección.

Javier Barbero: Bueno, yo tengo mi propia versión de la película y creo que no hay un mensaje, ¿no? Puedes salir de una película sin un mensaje, pero sí hay una emoción. Cuando ves cine, creo que la emoción que impulsó la escritura, el rodaje y todo el proceso de esta película fue el deseo de filmar la vitalidad de la existencia. La vitalidad de unos jóvenes que, aunque lo tienen todo en contra, consiguen deshacerse del miedo respecto al futuro y exprimen la vitalidad del tiempo presente. A mí me gustaría que, cuando la gente salga del cine, esté más llena de vitalidad para afrontar la vida cotidiana, porque las vidas cotidianas son maravillosas.

Job Mansilla y Àlex Monner, protagonistas de Los Bárbaros

Pregunta: Enhorabuena por la película. ¿Qué tal estáis? ¿Cómo os encuentráis?

Job Mansilla: Bien, bien, bien. Feliz. Muy emocionado porque la gente la vea. Llegué ayer, así que estoy con jet lag, vengo de Lima, Perú, que ahora tiene siete horas de diferencia. Ahí recién está saliendo el sol, pero la emoción no me ha dejado dormir, imagínate. Anoche esperaba descansar, me quedé despierto lo más tarde posible, pero a las seis de la mañana ya estaba despierto. Supongo que también por la emoción.

Àlex Monner: Muy bien, muy bien, aquí estamos.

P: La película transmite mucho, y al final trata una crisis que afectó profundamente a España. Está ambientada en ese momento y en una generación que se vio muy afectada. Como jóvenes, ¿qué importancia le dáis a contar este tipo de historias?

Job Mansilla: Sí, porque fue una crisis mundial. También llegó a Perú la crisis inmobiliaria, pero creo que aquí se vio de una manera bastante fuerte. Estuve leyendo mientras hacíamos la película y me empapé un poco de la atmósfera en la que sucedía. La tasa de desempleo se disparó, era algo muy fuerte. Me pareció muy valioso interpretar la voz de una generación que tenía el presente truncado y no veía una respuesta en el futuro. Como si el tiempo se congelara, y la película transcurre en eso. Algo tiene que suceder, ese es el espíritu que me dejó la película: algo va a pasar o no va a pasar, pero nos va a sacar del tedio en el que estamos sumergidos. Me pareció muy importante capturar ese espíritu, de no rendirse, aunque no hubiera mucho de qué agarrarse.

Àlex Monner: Creo que tanto Martín como Javi usaron la película para representar, a través de estos tres personajes, una pequeña parte de esta generación afectada por la crisis, que se ve obligada a vivir en un impasse. De una forma bastante agradable pueden sobrellevar estas dificultades sociales. Sergio, Marco y Selín encuentran en esta burbuja un lugar donde estar a gusto. Por esta inactividad a la que están sometidos, tienen tiempo para aburrirse, para tomar el sol, para contarse historias. Creo que la película plantea un escenario que funciona como una reivindicación cinematográfica para decirle a la crisis que, aunque pase por encima de nosotros y nos condicione, el factor humano gana. Y que saber acompañarnos hace que esta situación sea más llevadera de lo que normalmente sería.

P: Job, tu personaje, Marco, tiene una manera muy peculiar de tomarse las cosas, está muy indignado con la vida. ¿Cómo ha sido conectar con esa parte? ¿Crees que te representa de alguna manera?

Job Mansilla: Sí, creo que representa bastante una visión que también se le vendió al peruano, ¿no? Nos vendieron la promesa de que, tal vez, a través del conocimiento, o lo que nosotros llamamos «la labia» o el «floro» — es decir, lo que puedas decir o convencer — podrías sobrevivir a cualquier circunstancia que te ponga la vida. Marco es un ejemplo de eso, porque cree que mientras más convenza a la gente, mientras más hable, todos estarán a su favor y podrá avanzar en la vida. Pero, al final, sus opciones se van cortando cada vez más. Hay momentos en los que está internamente desesperado. Es interesante ver cómo eso se va permeando en ellos, aunque no se diga ni se hable explícitamente. Estos tres jóvenes lo viven y cada uno queda en esa intimidad con lo que está sintiendo y cómo eso los moviliza por dentro. Creo que eso es muy importante. Por ahí conecto con él: esa forma de mantener las cosas con cierto optimismo, pero un optimismo que no tiene un fundamento claro, simplemente es una forma de ser optimista con la vida.

P: En cambio, tu personaje, Àlex, es como que de alguna manera intenta evitar estar resignado ante esta crisis. No se mete tanto en la pelea o la indignación, como el personaje de Job. ¿Cómo ha sido conectar con esa parte de alguien a quien sí le afecta, pero no puede o no quiere enfadarse?

Àlex Monner: Yo creo que Sergio no vive la vida con resignación, sino que está cómodo, tranquilo con su falta de ambición. No tiene grandes metas de futuro, no es un personaje que esté buscando algo muy lejano a lo que vemos en la película. El tipo de vida que lleva Sergio durante la historia no es muy diferente a la que tenía antes ni a la que tendrá después, cuando la obra se reanude.

De hecho, pienso que en esta burbuja en la que se le obliga a vivir, encuentra pequeños chispazos de vida que probablemente antes no tenía precisamente porque no estaba obligado a parar. Por ejemplo, esa interacción humana fortuita con las otras dos personas le da momentos para, no sé, jugar al golf o contar alguna historia personal —y Martín siempre me decía que quizás Sergio hace cinco años que no cuenta nada personal a nadie—. Es un tipo solitario, tranquilo, pasivo.

P: Y a mí me ha llamado bastante la atención que, durante toda la película, la mayoría de las escenas sois vosotros tres. ¿Cómo ha sido conectar y crear esa química entre vosotros?

Job Mansilla: Increíble, increíble. Los ensayos eran en inglés porque Lisa no habla español, así que primero ensayábamos en inglés y después montábamos la escena en español. Cuando veo la película y recuerdo esos momentos, veo mucho nuestra relación porque conectamos muchísimo, sobre todo desde el humor. A Àlex le encanta reírse, a mí también, y a Lisa también. Entonces, a base de bromas y tonterías, eso fue permeando poco a poco en nosotros y aparece reflejado en la película. El vínculo que tienen los personajes es una proyección muy fuerte del vínculo que nosotros forjamos fuera de cámara.

Àlex Monner: Pues… fue bastante agradable hacerlo, la verdad. Tanto Job como Eliza venían de fuera. Bueno, yo también soy de Barcelona, pero estuvimos en Madrid un mes y medio. Creo que pasó algo que no siempre sucede en los rodajes, aunque por suerte suele ocurrir bastante: hicimos un poco de vida fuera del rodaje y eso inevitablemente hace que los personajes terminen compenetrándose más y mejor, porque los actores deciden cómo forjar esa relación fuera de las cámaras. Y creo que estuvo muy bien, estuvo genial.

P: ¿Y de alguna manera creéis que habéis tenido que modificar o flexibilizar los personajes para hacerlos vuestros?

Job Mansilla: Sí, claro. Una cosa es lo que tiene en mente el guionista, otra lo que decide el director, y otra muy distinta lo que puedes hacer una vez estás en el set, con el tiempo que tienes para rodar, el clima, y todas esas variables. Eso obliga a que las escenas sean flexibles. Así que sí, hubo mucha flexibilidad durante la grabación. Lo más rígido fue el lenguaje, porque Eliza no hablaba español. Si improvisábamos mucho o nos salíamos del guion, podía quedarse un poco perdida. Por eso tuvimos que buscar un equilibrio para mantener el guion vivo sin dejarla fuera de juego, y ella lo manejó súper bien. Dentro de ese margen pudimos improvisar y hacer cosas muy divertidas, y también lograr esa sensación de que cada escena y cada personaje ya era nuestro, que los estábamos habitando.

P: En la película hay un uso muy marcado de los silencios, y aunque hay humor, también jugáis mucho con esos momentos silenciosos. ¿Cómo habéis conseguido transmitir tantas sensaciones a través del silencio?

Job Mansilla: Creo que ha sido muy interesante porque el silencio es lo más difícil de actuar. Muchas veces, cuando quieres actuar, sientes que tienes que estar haciendo algo constantemente para que se note que estás trabajando, que estás interpretando. Pero a veces lo que se necesita es simplemente estar. Martín y Javi buscaron que en muchas escenas contemplativas pudiéramos simplemente estar ahí, viviendo el momento. Recuerdo un plano que me gustó mucho donde estoy escuchando música; para mí fue simplemente sentarme, ponerme la música que me gustaba, olvidarme de la cámara y vivir de verdad ese instante. Creo que esos momentos son súper importantes y además conectan con esta lucha contra los tiempos modernos que vivimos, donde parece que nadie puede prestar atención ni quince segundos a nada. Encontré un vértigo especial en esos momentos de silencio, de paz, de simplemente estar.

Àlex Monner: La película se presta muchísimo a eso, y fue una de las cosas que más me gustaron cuando leí el guion: esa ausencia de frenetismo, de dinamismo exagerado, de giros locos en la historia. La película va de un grupo de tres personas a las que se les obliga a parar, a frenar. Como espectador, sobre todo si vives en la ciudad, sientes esa vorágine constante de viajes, de ocio, de mil encuentros diarios. Aquí no, aquí la película habla sobre el aburrimiento, sobre el tedio, sobre una amistad fugaz que comienza y acaba.

P: Además, ¿sentís que al final formáis como una familia?

Job Mansilla: Sí, totalmente.

Àlex Monner: Sí, una familia atípica, pero totakmente. Es verdad que, en esa convivencia tan obligada, se crea ese vínculo. Marco, por ejemplo, acaba con el coche dentro y dice «mira, yo me voy a quedar aquí». Y luego está Sergio, que ni sabes bien dónde lo conoció. Y los tres conviven como amigos, como primos lejanos, o algo así.

P: ¿Cuál fue la escena que más te costó rodar o con la que más conectaste emocionalmente?

Àlex Monner: No recuerdo ninguna escena que fuera especialmente difícil de rodar. La verdad es que fue un rodaje bastante agradable, bastante fluido. No diría que fue distendido, pero los personajes no están en un momento trascendental de sus vidas, así que no había mucha carga dramática extrema.

P: A mí lo que más me llamó la atención fue la escena del coche, donde dices que ha salido una planta ahí y no sabes cómo. Es algo muy surrealista, ¿no? Esa parte me pareció genial, me hizo mucha gracia.

Job Mansilla: Sí, esa fue la primera escena que grabamos. Yo acababa de llegar y estaba muy nervioso, porque era el único peruano en el elenco. Recién conocí al equipo y todo, pero salió muy bien. A mí también me parecía curioso, le decía a Martín que ese personaje está “en su mambo”, en su rollo, completamente a su aire.

P: Para terminar, si en un futuro alguien llegara a vivir en ese edificio donde se rodó toda la película, ¿qué mensaje le querríais dejar?

Job Mansilla: Qué loco… La construcción prometía ser un lugar de familia, bienestar y alegría, pero al final quedó a medias. Yo le diría que no se olvide que el hogar verdadero es la persona que está ahí esperándote cuando llegas, más allá del lugar.

Àlex Monner: Pues yo le diría que se vea la película para coger ideas o recursos sobre qué hacer cuando la vida parece que no avanza, para aprovechar esos momentos en los que «no pasa nada».

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