Imagínese subir a un tren de alta velocidad, rumbo a su pueblo, a su ciudad de trabajo o a visitar a la familia. De pronto, la voz del revisor anuncia, conteniendo un temblor, que hay un artefacto explosivo instalado en varios vagones, que se accionará si el tren reduce su velocidad por debajo de los 100km/h. Un terrorista, a su vez, llama a la central de trenes y exige, en una suerte de juego sádico, recolectar entre toda la ciudadanía una ingente cantidad de dinero a cambio de explicar cómo desactivarlo. Pero ¿y si hacerlo dependiese precisamente de matar un corazón destrozado?
Existe, en la industria del cine y la prensa cultural, una frecuente tendencia a rechazar aquellas rarezas que se salen de lo mainstream, de aquello que está en boca de los medios punteros, que ha sido citado para un premio, que acaba de salir en el cine y está rompiendo la taquilla -qué sé yo-, mil cosas más, de aquellas películas que, sin ser, necesariamente, cine de autor o de culto elevado, terminan abocadas a una suerte de limbo oscuro en el que flota aquello que no es considerado ‘cine de hoy’, que haga clic y encaje con lo esperado por los críticos puestos en lo último (no se les escapa una, pero se les van todas por el filtro del tamiz). El cine japonés suele ser víctima frecuente de este limbo, pero, al igual que su primo lejano, el cine surcoreano (bendito sea Park Chan-wook, y bendito sea Old Boy), también es capaz de construir sorpresas de concepto (y no estoy mirando a Battle Royale) que solo los espíritus curiosos más atentos y limpios de prejuicios pueden encontrar. Hablo, por supuesto, de la nueva sorpresa de Shinji Higuchi, director con bastante currículum en su país (centrado en adaptaciones de manga-anime populares), que ha dado vida a la que es, probablemente, la mejor de las películas de su carrera: Pánico en el Tren Bala; en inglés, Bullet Train: Explosion.
Sí. Ya lo sé. Brad Pitt ya se subió a un Tren Bala antes de que lo hicieran Takaichi, Fuiji y Matsumoto. ¿Y qué? A él ya le conocemos, ellos solo son actores anónimos (al menos en Europa) dando vida a personajes anónimos. Él resuelve un asesinato, ellos hacen su trabajo de calle. Las comparaciones son odiosas.
Huele a Tren a Busán; pero no tiene zombis. Recuerda a Asesinato en el Orient Express, pero no tiene a Kenneth Branagh. Resuena algún que otro eco de la novela de Kotaro Isaka, pero no hay ningún asesino a desenmascarar. El planteamiento, el punto de partida, es sencillo y aparentemente manido: una bomba. Deprisa, hay que actuar antes de que detone. Pero, aquí es donde la cosa cambia. ¿Si nos ahorramos a Tom Cruise corriendo a cortar el cable azul para poner a salvo a todos los pasajeros? ¿Y si no tenemos a un héroe de última hora que acuda para detener las bombas antes del momento fatal? Sólo queda la acción real: la actuación inmediata de mujeres y hombres desconocidos, sin historias apasionantes, sin pasados sorprendentes, que probablemente no hayan buscado ningún tipo de protagonismo, para solucionar la crisis con la mayor contundencia y pulso posible en un momento crítico.
Precipitándose al final hasta que se acabe la vía
La tensión es protagonista toda la trama; los diálogos, una montaña escarpada, sobrecogedora, respirable. Hay, como en esta vida, ciclos de esperanza y desesperanza, momentos en que la salvación y la sonrisa capitalizan pequeños gestos. Momentos en que la vida penderá frágilmente de un hilo. Merced de los intereses políticos, de los convenciones humanas, de esos momentos de flaqueza que van en aumento a medida que el tren se acerca a Tokio sin ninguna alternativa aparente salvo la de, en última instancia, detener el tren para hacerlo explotar, evitando un mal mayor. Es un combate cuerpo a cuerpo contra las cuerdas, contra las convenciones e ideas de una chica. Es un viaje que se convierte en poesía: en la contraposición de la formalidad férrea y la blanda humanidad. Donde queda despojado el nombre y el cargo y solo queda la persona.
Si hay algo que hace diferencia a una película, que, además de japonesa (no por ello trabajo menor), transcurre bilateralmente entre un tren de alta velocidad y una central de control, y que reúne a personajes con diferentes ideologías carne de disputa es que si eres capaz de darle un momento de gloria a un anciano que pasa toda la película dormido para cortar un cable salvando la vida a más de trescientas personas, habrás creado un thriller donde incluso cualquier conocido (vecino, compañero de trabajo, cajero del supermercado) podría ser un héroe. Y si, además de eso cuentas con la inestimable actuación de Tsuyoshi Kusanagi (Bushido), y la grandiosa performance de Rena Nönen (Ribbon) -sin discusión alguna, pese a aparecer menos de media hora se gana toda la pantalla- habrás creado una obra maestra.
Convirtiendo a los trabajadores en héroes por un día
Pánico en el Tren Bala es sobrecogedora e interesante, particularmente por lo humano. Quizá no todos recuerden, al acabar, el nombre de Takaichi (Tsuyoshi Kusanagi), o de Matsumoto (Rena Nönen). Pero sí permanece la impronta de ese revisor férreo que, con sorprendente fortaleza y diligencia, es capaz de obrar como un héroe sin capa, algo rígido quizá, pero con un corazón que no le cabe en el pecho. O esa maquinista de cuya labor dependerá en todo momento que la bomba no estalle, toda ella humor desapasionado a la par que positivo, convertida de pronto en una mujer capaz de dar su propia vida con tal de poner a salvo a los pasajeros. Es el encanto de amanecer siendo el funcionario de la estación y anochecer transformándote en la última esperanza de centenares de personas.

Shinji Higuchi no quiere dar una lección de buenismo. No es ese su objetivo. En su historia se mezcla el heroísmo de lo cotidiano con la villanía, el egoísmo, el saqueo gratuito que despierta en las situaciones más desesperadas, cuando el mundo se reduce solo a la esencia primitiva de sobrevivir sin ningún tipo de freno. El tren se convierte en una paradoja de la emoción directa, latente, del espectador, de su humanidad inherente: uno puede compartir vagón con Kagami, una política y jefa de partido a la que la opinión pública persigue por supuesto adulterio, o con Todoroki, ese influencer vanidoso y escritor de libros de autoayuda que, en el fondo, alberga una enorme inseguridad y afán de aceptación; uno puede respirar bajo el uniforme de Kasagi, el comandante de la Central de Trenes que ha de dar las instrucciones por comunicador a todo el personal del Hayabusa 60, con la policía, dirigida por el subinspector Kawagoe, y los políticos, representados por Sasaki, consejero del Primer Ministro Japonés, taladrándole la nuca.
Cuando termina el largometraje, la sensación que permanece es la de haber estado allí, viviendo para contarlo: un día más en la rutina, otro trayecto extraordinario fuera de la prefectura de Hayabusa (Yamagata), que se torció bajo la mano ambiciosa e inexperta de una terrorista con rostro de joven que puso en jaque a todo un gobierno. Una experiencia que se vive, al igual que la travesía, a máxima velocidad, con una bomba pisándole los talones a la tripulación, el miedo capitalizando el segundo a segundo, el escenario imparable de un tren, que avanza al mismo ritmo que la película: sin detenerse un solo instante, sin frenar, avanzando inevitablemente hacia un final incierto.
Precisamente lo más poderoso de Pánico en el Tren Bala es que no persiga una gran causa, o un mensaje supremo: busca dar protagonismo a todos los engranajes que hacen posible que el tren se detenga sin que la bomba estalle. A todos aquellos miles de personas, empleados, trabajadores, periodistas, e incluso influencers que se ven obligados a dar lo mejor de sí mismos en una situación conmovedora, poderosa, sobrecogedora al vuelo de ese uniforme de rescate que de pronto alcanza las dimensiones de Superman, esa mano amiga dispuesta a rescatar a todos con vocación, con entrega. Anteponiendo la humanidad a los propios intereses. Ese inevitable sentimiento de comunidad, de ser parte de algo, que aparece en las malas, olvidadas las rencillas cotidianas.
Desfilando entre la luz y la oscuridad a 120 kilómetros por hora
¿Existen los terroristas sin causa? ¿Puede una joven «terrorista» que ha vinculado una bomba a un marcapasos instalado en su corazón, convertirse en un rival digno de toda una estructura política, sin perseguir nada más allá de la causa de derrotar todo lo que simboliza el engreimiento, la falsedad, la mundana desilusión de la vanidad?
La antagonista no está hecha al uso: se trata de una adolescente, Yuzuki Onodera (Hana Toyoshima), alumna de una escuela de secundaria, atormentada por el maltrato sufrido a manos de un padre arrogante y prepotente, egoísta y pretencioso cuya vida se ha dedicado a presumir el asesinato del terrorista del Caso 109, ocurrido en los años 70 (en un tren bala también) la que se transforma en una amenaza de masas en instantes. Onodera, hastiada bajo la idea de que el mundo es una farsa similar a una danza de títeres pretenciosos, es un reflejo de la idea de muchos jóvenes de lo asocialmente mal entendido, de las fallas sistémicas generadas por años de rechazo, que se arroga el derecho, no a matar pasajeros, -que ese no es su objetivo último- sino a golpear su miedo de frente, en sus propias palabras, la única emoción sincera del humano. Con esta moral retorcida y desencantada ataca directamente la integridad de cientos de inocentes y trabajadores de un vehículo de alta velocidad y pone en marcha un interesante juego en el que Onodera no es derrotada físicamente, sino en el lugar donde las derrotas más duelen: las propias convicciones. Ya lo dijo el Presidente en Memorias de una geisha: si haces dudar a tu adversario, lo habrás vencido.

Pero al final, nuestra aspirante a terrorista no es sino alguien que carga muchos pesos, que a la larga acaba llamando a la compasión. Es alguien capaz de incitar a realizar una colecta de dinero con la certeza de que jamás se alcanzará la friolera de cien mil yenes, porque cree que la humanidad verdadera ha muerto hace tiempo, de pensar que no hay más que maldad y segundas intenciones ocultas detrás de cada rostro. Y para rematarlo, igual de dispuesta a cernir ante los pasajeros del tren el dilema supremo: que solo matándola, un favor que ella implora a gritos, pero que resultaría en acto atroz e inmoral, podrá evitarse la detonación de la bomba.
Pero después de todo, lo que recibe no es nada de lo que esperaba, sino una lección: la certeza de que hay alternativas a acabar con la vida propia, que se puede amar lo pésimo y lo bonito de este mundo, erigiéndose como una demostración de que, pese a que surjan algunos saqueos en el tren que siguen confirmando la inevitable existencia de oportunistas en busca de beneficios propios, las situaciones de extremo peligro son momentos de unidad, de concordia, del poder de trabajar mano a mano para destruir la diferencia y luchar. Convirtiendo hasta a la azafata de los cacahuetes y el helado en la protagonista de su propia épica.
No cualquiera puede mandar al revisor de la estación a una delicada operación de rescate para que retorne convertido en un héroe sin afán de gloria.