‘La Venganza de los Sith’ lo tiene todo para ser la mejor película de las precuelas: es ambiciosa, es trágica, es política, psicológica… y es tan brutal que duele. El 19 de mayo de 2005, este fenómeno vio la luz por primera vez, recaudando más de 850 millones de dólares y postulándose como la mayor producción de Star Wars hasta el momento. Ahora, veinte años después, el 25 de abril de 2025, retorna a los cines la película que cambió la Historia de una Galaxia muy, muy, lejana
Donde estén Obi-Wan Kenobi y Anakin Skywakalker haciendo añicos a los droides de combate y luchando contra lores Sith con la mentalidad de quien va a trabajar un martes, que me quiten a la niña prodigio Rey y al intenso remiendo de Darth Vader llamado Kylo Ren. Considero que La Venganza de los Sith, quizá afectada por el desinterés que generó El Ataque de los Clones —vale, la historia de amor quizá no era la adecuada, pero ¡tenían a Christopher Lee!—, no tuvo la taquilla que merecía: 850 millones de dólares en comparación con los más de de dos mil millones que recaudó El Despertar de la Fuerza. Nada que ver con la magnitud de lo que ocurrió aquel 19 de mayo de 2005, cuando esta película galáctica apareció en las pantallas de los cines.

‘La venganza de los Sith’: Caída sin vuelta desde una batalla sobre el espacio hasta la muerte bajo las brasas
La venganza de los Sith tenía que ser la mejor. Era la última película de una saga que había cautivado a millones de personas, el culmen de todo lo que Lucas había hecho hasta entonces. Era la Caída del Caballero, del padre de Luke Skywalker, al Lado Oscuro, y no podía permitirse fallar.
Con el listón de trabajo por las nubes, George Lucas se superó, y gestó una trágica historia, fuera de todo lo visto hasta entonces en su universo —muchos dirán que el final de El Imperio Contraataca puede considerarse una ficción con un triste final, pero no marcó un punto de no retorno, más al contrario—. Allá que se lanzó.
Lucas convirtió a Anakin (Hayden Christensen, y no, no existe mejor actor para interpretarlo) en el centro de un destino inevitable, del fuego cruzado entre dos sistemas arrogantes. Lo situó en el fuego cruzado entre dos sistemas arrogantes y absolutos: una Orden Jedi cegada por su código moralista y un Sith oculto durante años, la verdadera Amenaza Fantasma. Un estratega maestro, pretenciosamente simpático, que logró tomar el control de todo, y destruir la mente del joven haciéndole creer que podría salvar a la mujer que amaba poniéndose a la merced de la oscuridad.
Fíjense si George se implicó a tope con el proyecto, que terminó apareciendo él mismo como uno de sus personajes, junto a Katie Lucas, interpretando él al Barón Papanoida, ella a su hija Chi Eekway.
La orquesta idílica de Williams en esta grandiosa ópera espacial fue, sin discusiones, la mejor de toda la saga. El comienzo brutal, con una batalla de flotas en la que ya se nos anticipa que la guerra ha taladrado el corazón mismo de la galaxia, Coruscant, desangrando sus cielos, y de ahí, al crescendo.
Anakin Skywalker, demasiado humano, atrapado en el centro del destino. Sometido primero a la certeza de que su mentor, Palpatine, ha caído en manos de Separatistas, teniendo que matar para trascender. Luego, ve en sus sueños el fallecimiento de su mujer, después de que similares pesadillas culminasen con la muerte de su madre. Finalmente, atrapado entre su lealtad a la cada vez más cansada y férrea Orden Jedi y su destructivo apego.
Y para copar la melodía, el desplome: el tira y afloja de la luz y la oscuridad que acaba quebrando al héroe, convirtiendo su capacidad de amar en poder para destruir aquello que ama, precisamente aquejado por el temor a perderlo.
Episodio III: Macbeth Skywalker, de George Shakespeare
Anakin Skywalker es un héroe que no pudo florecer, cuyo nombre prometía gloria para siglos y acabó transformado en mito desplomado. Lo tenía todo para ganar: noble, comprensivo, fuerte, capaz de amar a rabiar, y también independiente. Pero métanle a un perverso Sith que finge ser el benévolo amigo, mandatario cansado abocado a decisiones difíciles, que a su vez controla dos facciones que chocan entre sí, causando la guerra y agotando el orden interplanetario.
Todo lo que Anakin cree abrazar, aquello en lo que más cree, se deshace en el polvo de tiempos bélicos donde su Orden de justos guerreros acaba transformada en un aquelarre de generales con decisión militar unilateral. Después, hágale creer que los Jedi a los que ha visto combatiendo en el campo de batalla y decidiendo a sus espaldas no son sino peones de una religión demasiado misticista, fanática e intransigente que ambiciona su caída. El caos está servido, y el héroe ha terminado envuelto en la receta para transformarse en villano.
El obstáculo: el bueno de Obi-Wan (Ewan McGregor), un hombre que terminó «anakinizado», el único analgésico a los dolores espirituales del proyecto de ángel caído, el único que le entiende y comprende sus sufrimientos como un padre, como un hermano, como un amigo. Póngalo en su contra. Divide y vencerás.

Así, el campeón de la Fuerza termina convertido en el verdugo de la oscuridad: un asesino, una coraza vacía, una máquina de matar, un ser despiadado, brutal, carente de emociones, eternamente dolorido, enfermo por dentro, por fuera; moralmente podrido. Su historia no puede recordarse como la del joven risueño y audaz, ni la del apasionado amante de Padmé Amidala (Natalie Portman). Ha de ser el relato de un hombre roto al que nadie ha querido escuchar, salvo el único ocupado en entenderlo para explotar una por una sus debilidades, empujándolo al vacío. A la caída. Al destino.
Macbeth, al igual que Anakin, era noble. Pero los susurros de su esposa lo convencieron de la necesidad de acabar con la vida de un rey, de tomar el poder en cumplimiento de una profecía mística: el inevitable sino. El acto, lejos de liberarlo, acabó convirtiéndolo en alguien moralmente putrefacto, sin conciencia, obseso de poder, paranoico. El joven Skywalker de la tragedia galáctica tiene mucho en común con el personaje de Shakespeare: más de lo que parece.
Cuando su enemigo separatista cae al suelo, con ambas manos mutiladas, al filo de la espada, se gesta el primer tonteo del héroe con la oscuridad: Anakin se convierte en Macbeth, portador de la daga asesina: Palpatine (Ian McDiarmid) toma la forma del despiadado destino, de la susurrante y seductora Lady Macbeth, que lo convence de la necesidad de matar para dar la puntada final a un destino de grandeza. Y el Conde Dooku (magistralmente interpretado por Christopher Lee), se transforma en Duncan —ambos nombres tienen un parecido que no se puede pasar por alto—, ebrio de engaño, el cordero sacrificial que santificará finalmente a Anakin como iniciado en los caminos de la oscuridad.
Cuando Palpatine convence a Anakin que obre este golpe ejecutor, no sólo esta convencido de que si lo hace, el joven ya no podrá negarle nada; sabe que será el triunfo de todo lo que ha ido construyendo, de su gigantesco y calculado castillo de naipes. Es el comienzo de la caída a la oscuridad, cuesta abajo y sin frenos, de la mano de un incomprendido.

El resumen de todo lo que significa ser ‘broche de oro’
La trama de La Venganza de los Sith está hilada en medio de la intriga política, una inestable República que se desangra desde los cielos y que termina muriendo en el Templo Jedi, una mente maestra detrás de un maligno plan. Está bruñida en la psicología, porque al final, la historia de Anakin no es otra que un drama de dolor, lágrimas, sufrimiento amoroso condenado a crimen pasional. La venganza de los Sith se sienta firmemente en finales fatales de los que brotan nuevos comienzos.
Desde los ecos de la primera melodía hasta el tono más oscuro de John Williams, ilustrando desde la orquesta de fondo la caída del héroe, con tonos cada vez más claros de la Imperial March, todo ello es un drama a la perfección hilado. Se sale de lo visto hasta el momento: no hay aventuras abundantes, no hay triunfos, no hay humor (qué narices, si hasta las bromas suenan desgastadas a su manera, como si se hubiesen fatigado de tanto usarlas), solo hay el final de una guerra que termina enquistado en algo peor.
Abandona la satisfacción de espectador en pos de un final sobrecogedor, catártico: una lucha entre hermanos. La batalla final entre Macbeth y Banquo, entre Anakin y Obi-Wan, que simboliza todo lo que el joven fue una vez y que ya no será: sus glorias, los chistes cerveceros en mitad de la batalla, el abrazo cálido de la luz, el único atisbo de entendimiento de una ciega Orden Jedi.
Una pelea sobrecogedora, visualmente potente, bajo la ardiente oscuridad de la lava, la frialdad arrogante de la piedra de Mustafar, que bajo los acordes de Battle of the Heroes acaba con Anakin defenestrado, convertido a un atisbo físico de su anterior vida, y con Obi-Wan destrozado, gritando al borde de las lágrimas «tú eras mi hermano». Incapaz de dar el golpe final a alguien a quien no deja de ver como un amigo caído en desgracia.

Sabemos que ninguno de los dos superará esto. Nunca lo hicieron: cicatrizados, cada uno herido en lo más profundo de su ser, los caminos de dos hombres unidos durante décadas acaban interrumpidos de forma abrupta. Obi-Wan, impotente, por no haber sido capaz de entender lo que Anakin realmente necesitaba, por no haberse parado a escucharlo. Darth Vader, muerto por dentro, arrebatado por la oscuridad, lleno de odio, rencor, y un profundo escozor vital que lo aboca al nihilismo. Pero de un mal final siempre se puede sacar un gran comienzo, y con todo ello surge el nacimiento de una Nueva Esperanza.
Un final benévolo para tanto sufrimiento, que acaba siendo el tierno descanso a tanto fatalismo y tanta oscuridad, que acaba pintado bajo los soles gemelos de Tatooine en el blanco de la arena del planeta desierto: Luke Skywalker y su hermana Leia han nacido, y ahora solo queda vivo el propósito de que algún día, ambos jóvenes, caminos separados, el sendero de un granjero frustrado, el viaje de una princesa rebelde, acaben siendo la horma del zapato del Emperador.
Y con este final, ya anticipando la enorme historia que empezó en 1997, se despide una de las mayores obras trágicas que haya conocido el cine de ciencia-ficción. Como George Lucas, al final, pocos saben hacerlo, y que dejen una huella tan imborrable como lo hizo La Venganza de los Sith, es muy complicado encontrarlas entre el repertorio de obras posteriores que haya gestado, ya propiedad de Disney+, el Universo de Star Wars (si es que se puede considerar el destrozo de los episodios VIII y IX como parte real de la misma grandiosa franquicia).
Solo cabe esperar que este 25 de abril, los cines consigan hacer finalmente justicia a la taquilla y le den el lugar que merece desde la pantalla grande a los espectadores. Volverá a verse, por todo lo alto, la historia de la Caída de un Héroe.