Tú, llegado el caso, cabeza alta: te miras tu camiseta del Atleti, rojiblanca de cabeza a pies, compruebas que el oso y el madroño siguen intactos, que el escudo no se ha caído, ni manchado o algo así. Y lo muerdes, lo besas, lo acaricias. Lo que quieras. Pero ese escudo somos nosotros. Tú, yo. El abuelo, ya desde el tercer anfiteatro.
¿En qué momento se había jodido el Atleti, nuestro Atleti? El hijo de don Paco se lo preguntó, casi dubitativo, profundamente preocupado, mientras miraba a su padre con ojos penetrantes y, de soslayo, dirigía una mirada corta a los perros que dormitaban en los aledaños del estadio. ¿Fue cuando, tan cerca y tan lejos al mismo tiempo, la gloria europea abandonó nuestro corazón para seguir, en cambio, el camino fácil, el de la inmediatez irreversible, que es siempre el madridista? ¿Cuando encajamos aquel gol de Ramos, o aquel palo de Juanfran, y dijimos de nuevo adiós, chao, buenas noches, hasta pronto (o hasta nunca)? ¿Cuando Julián, o aquel fantasma, le dio el doble toque a la pelota en el penal? ¿Cuando tras la pandemia tuvimos la Champions a punto de caramelo, papá, y un equipo de Leipzig con nombre de marca de bebida energética volvió a mandarnos a nuestra rematada maldita casa? ¿Acaso merece aún la pena?
—No lo sé, hijo; me agobias. Has visto menos al Atleti que yo, por tu corta edad, y te andas con ésas.
—Porque me surgen dudas.
—Qué clase de dudas.
—Sobre si estamos, o no, en el lado correcto de la historia —apuntilló el retoño, gélido en el habla.
—Eso no hay juez o experto que lo determine, hijo.
—Quiero, no, necesito que me respondas.
—Tú crees que fue por todo eso.
—Sí.
—Fue por eso y por otras cosas.
—¿Qué?
—Lo que escuchas. Yo vi al Atleti perderla con el Bayern. Caer al infierno de la segunda división, cambiar el Calderón por el Metropolitano, ser humillado aquí y allá, ninguneado, pupas y demás calificativos que, por lo mal que suenan, no quiero que incorpores a tu vocabulario.
—La madre de… —se envalentonó el hijo.
—La madre de nadie —replicó el padre, ambos cruzando el vomitorio habitual.
—No me estás respondiendo.
—Ya lo he hecho, hijo. La gracia de ser de este equipo es darnos de bruces año sí, año también, y ver cuántos golpes somos capaces de resistir sin reventar algo en el camino. No, qué digo. Consiste en darnos cuenta de que seguimos aquí, aguantando otro año más, los de siempre, como cuando he saludado a Manolo al entrar, que venía hoy con su hermano Alejandro. Los jugadores van y vienen, las competiciones se ganan o se pierden, el tiempo pasa; pero el legado, el sentimiento y los valores siguen intactos. Y, si te das cuenta, acaba de anotarnos el Pucela un penalti.
—Estoy mirando, papá. Pero ¿vamos a alimentarnos de los valores?
—Sí, precisamente. Y de nuestra identidad. Es lo que somos, y lo que seremos siempre.
—No lo entiendo.
—No se trata de entenderlo, hijo mío, sino de hacerte a ello poco a poco. De ir comprendiendo el Atleti a golpes. Nadie, en realidad, lo entiende del todo todavía. Por estos lares no hay tipo cuerdo de cabeza a pies.
—Acaba de empatar Julián. ¡Claro que era penalti! Le pisa.
—Vaya que si le pisa. ¿Lo entiendes ya?
—El qué.
—Lo que somos —refinó el progenitor.
—¿Cómo?
—Que, en un abrir y cerrar de ojos, acaba de anotar otro tanto Giuliano y no te has dado ni cuenta. Eso, decía, es lo que somos.
—Y qué somos.
—Entrega, lucha, coraje, fuerza… Y más.
—Pero si acaba de anotar otro el Pucela. Rebote, falta sucia, y Oblak no puede hacer nada…
—Y verás cómo este equipo lo remonta otra vez. Eso es lo que lo hace más bonito, incluso: que no tiene, o tenemos, sentido alguno.
—No me lo creo.
—Pues vete creyéndotelo, hijo. Si te fijas bien, el árbitro acaba de ver otro penalti claro. Y nos lo concede. Parece que la araña coge el balón y se atreve con otro.
—Gol de Julián, papá.
—Lo veo, lo veo. Creo que con este cuarto de Sørloth, con Lemar jugando como los dioses desde que ha salido al terreno de juego, ya lo empiezas a ver mejor.
—Quizás…
—No se trata de un quizás, hijo mío, sino de tener certezas.
—¿Y qué certezas vamos a tener, con este equipo? Somos irregulares, incapaces de tejer una jugada de ataque de más de tres pases consecutivos, no sabemos salir con el balón controlado, ni triangular, ni tampoco doblar la banda…
—Y eso qué más da.
—Cómo que qué más da, papá. Pues que somos incapaces de hacer un fútbol bonito. ¿Tenemos aún posibilidades de dar la sorpresa en liga?
—No, hijo. Me temo que no. Ojalá, claro; pero hace tiempo que esa ya no es nuestra lucha. Lo que hemos de hacer es sumar de tres en tres, y decirles a todos que seguimos por aquí. Que nadie nos ha matado aún del todo.
—¿Y entonces? ¿Qué va a pasar si esta gente del Madrid remonta al Arsenal?
—Céntrate en tu ombligo.
—Ya, si es muy fácil decirlo; pero Pedro, Antonio y los demás compañeros del colegio, que son del Madrid desde hace poco, por inercia y por los títulos, me harán la vida imposible en clase.
—Pues que te la hagan. Tú, llegado el caso, cabeza alta: te miras tu camiseta del Atleti, rojiblanca de cabeza a pies, compruebas que el oso y el madroño siguen intactos, que el escudo no se ha caído, ni manchado o algo así. Y lo muerdes, lo besas, lo acaricias. Lo que quieras. Pero ese escudo somos nosotros. Tú, yo. El abuelo, ya desde el tercer anfiteatro.
—Papá, ¿por qué somos del Atleti?
—Pues porque sí, hijo. Porque nos toca. No es el camino más sencillo a la gloria o la eternidad, pero sin duda sí es el más bonito. El más divertido, también. A tu edad, todo Cristo es del Madrid: Champions cada dos o tres temporadas, ligas, copas, glorias nuevas y viejas. Galácticos. Pero a la mía, cuando la vida te ha atinado tantas y tantas veces, la pregunta se torna en la contraria. Por qué, hijo mío, todos los demás no son del Club Atlético de Madrid.