El Zorrilla era una fiesta

El ambiente a las puertas del Teatro Zorrilla es de jolgorio, festividad, alegría novelesca: el tiempo por fin comienza a respetar, las gentes se congregan, vuelven a reír y a vestir ropa colorida, en las terrazas se escuchan de nuevo rumores de España y aquí empieza a anochecer como Dios manda. Las calles de Valladolid huelen otra vez a incienso de Semana Santa y el atardecer le confiere trazos de Sevilla, Giralda y Andalucía primaveral; o de Roma, si se la mira con los ojos adecuados. A esta ciudad nuestra, especialmente en esta época del año, la pintan Velázquez, Van Gogh, Picasso, novelistas y cineastas de altos quilates. Tanto es así que les juro he visto a Audrey Hepburn y Gregory Peck aparcar la Vespa en plena Plaza Mayor, el altar de nuestra patria erigirse entre sus calles y a Lampedusa escribir El Gatopardo bajo la sombra de un ciprés (que aquí, por contrato popular lo conocemos, es alargada).

Y en su interior todo sigue igual (qué orgulloso estaría usted, Giuseppe Tomasi). La elegancia, por más que se empeñen los de siempre, es inmortal; y en el Zorrilla, con especial ahínco, en este lugar que conecta la Valladolid más cosmopolita con la cultura de todo el mundo, como en ninguna otra querencia, bajo su carmesí decimonónico, bajo la danza cuando actúa como representación de la rotura y desconexión de las almas, bajo la Saturno de Alborán y la música popular que une a los pueblos, bajo la lectura como arma, capa y escudo, juntos los distintos, resucita de forma especial todo aquello por lo que merece la pena seguir luchando: se llama cultura, y Guillermo Delgado (o quizá más bien son esos relatos de autor donde superpone su mirada irónica, sagaz y divertida sobre la vida los que lo consiguen) la defiende a la perfección.

Aunque aquí todo el mundo, en el escenario, en los asientos reservados, en la totalidad del patio de butacas, ha venido tan sólo a hablar de su libro, que diría Francisco Umbral. Y a comprarlo. El ladrón de diarios, se llama, y es una recopilación de relatos crudos, realistas, casi costumbristas, que versan y reflexionan sobre el amor (desde todas las aristas en que existe), la amistad, las relaciones, el paso del tiempo, la rutina, las casualidades. Una obra con alma, de esas que, en definitiva, enseñan a ver la vida de otra forma (que es, por otro lado, el único objetivo por el que se lee).

Se abre el telón, y desde ese preciso instante uno sabe que no está frente a la típica presentación de libro convencional, nada innovadora, aburrida por momentos, donde dos o más interlocutores filosofan sobre las inspiraciones literarias del autor, divagan por la psique de sus protagonistas, ahondan en la estrategia técnico-narrativa empleada por el escritor y encuentran siempre paralelismos actuales con los tiempos tenebrosos, convulsos y difíciles que corren. Ésas están bien, no me malinterpreten; pero el caso es que ésta lo está aún mejor, en cuanto que canaliza los objetivos lícitos de las primeras pero sumándole al producto las vueltas de tuerca clásicas en alguien que, en el buen sentido de la palabra, a todo le da varias (o muchas) cocciones.

Por ejemplo, hablar de su libro en tercera persona toda vez que la lectura de algunos de los relatos que lo componen, intercalada con la danza y la interpretación de las canciones que de uno u otro modo habrán sido musas de sus noches gélidas buscando inspiración frente al teclado, hubo terminado. Como si fuera una especie de sueño vago, ligero, aún no demasiado profundo. Un “no lo hizo Guillermo, lo hizo por mí un Guillermo ensoñado”. El otro yo del que hablaron Kant, Husserl y Jean-Paul Sartre. Un ciclo perfecto, en espiral, que termina justo por donde comienza. Y hay que tener una imaginación privilegiada, como poco, para que a uno se le ocurra algo así, tan distinto, original y suyo.

Finaliza Delgado el acto con una reflexión demoledora ya no sólo sobre el futuro de la cultura, sino sobre el devenir de esa esencia nuestra que nos hace humanos y aún a fecha de hoy nos sigue separando de los animales, la anarquía y el caos. Si alguna vez entramos en guerra y necesitamos de uno de esos kits de supervivencia tan modernos de los que se habla ahora, donde empacamos alimento para una semana extra de vida, dice Guillermo, convendría sustituir las latas de atún por discos, el aceite por los libros, la leche por los bares y los productos de higiene por el cine. Al fin y al cabo, y en palabras del autor, “la cultura es eso que aún nos permite seguir vivos, seguir soñando”. Nos lo podrán arrebatar todo, en pocas palabras, pero jamás harán lo propio con nuestra identidad.

Por Raúl R. Méndez

Cuando vi Oppenheimer supe que el cine se había terminado: no había nada más que pudiera superar aquello. Aunque, bueno. Las de Audrey Hepburn tampoco están nada mal: Vacaciones en Roma, Desayuno con diamantes, Una cara con ángel… Ya me entienden. Comprendí que la vida está hecha de un matiz de grises a mi quinto libro. ¿O fue a mi quinta novela de Arturo Pérez-Reverte? La verdad es que ya ni siquiera lo recuerdo. Cursé el bachillerato de ciencias, y en lugar de apostar por un grado en bioquímica me decanté por el periodismo y la escritura. Desde entonces, bueno. Ahí voy. Partido a partido.

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