Mickey 17 es una honda sátira contra el poder, y en especial contra quienes lo regentan. Una crítica contra los políticos de toda clase y color, por ineficaces e incompetentes a la hora de detectar cuál es el verdadero pulso de sus gobernados, y aplicarlo en consecuencia. Una obra magnífica sobre igualdad real, libertad, progreso humano, cooperación, respeto al prójimo, al distinto y al desigual
No lo comprendo. Sencillamente no lo comprendo. Y menos aún tras ver Mickey 17, su nueva película (o quizá debería decir más bien su nueva pista de baile) a las órdenes de Bong Joon-ho, el director de la aclamada Parásitos. ¿Cómo es posible que Robert Pattinson, el mismo actor que hace no demasiados años era de continuo ninguneado por propios y extraños de una industria que no lo llegaba a tomar en serio (el vampiro de Hollywood era su apodo por debajo de la mesa, si no recuerdo yo mal), sea ahora capaz de acometer actuaciones tan completas, llenas de carisma, complejidad narrativa y profundidad sentimental como ésta?
Aunque lo de Pattinson en Mickey 17 (o dieciocho, ya tendrán oportunidad de conocer a su alter ego) no es una ilusión óptica ni nada que se le parezca; sino quizás la desembocadura de una tendencia más que positiva, o la explosión definitiva de esa faceta suya de actor duro y versátil, casi generacional, que lleva tiempo demostrando, y que se consolidó cuando asumió con facilidad el manto de Bruce Wayne y no tuvo nada que envidiarle al bueno de Christian Bale. Por qué no soñar con verle de gala, optando al Óscar, como les confesaba en el titular.
Partamos del principio. El filme bebe de la novela original de Edward Ashton. La humanidad se encuentra potencialmente cerca de la extinción —aquí el paralelismo con Interstellar de Christopher Nolan me sacó una ligera sonrisa—. No es inmediato, pero sí cercano en el tiempo. Hay que encontrar otro planeta con condiciones de habitabilidad aceptables para la especie humana, buscar héroes con tintes clásicos entre una larga lista de candidatos, superar los desafíos morales y científicos que de ello derivan, entre un largo etcétera al que el género de ciencia ficción ya nos tiene más que de sobra acostumbrados.
El mascarón visible aquí ha de ser Mickey, el personaje huérfano y responsable de la muerte accidental de su madre que interpreta un estelar y atrayente Robert Pattinson, que entre un bandazo económico y otro, acaba sin blanca; debiendo dinero de un préstamo que tomó para fundar una tienda de maccarones que fracasó estrepitosamente cuando creyó que el futuro pasaba por los dulces franceses, y no por la continuidad de las hamburguesas y la comida basura. Entonces no le queda otra que sucumbir a los planes de otros: convertirse en un prescindible, un alma entrenada para perder el miedo a la muerte misma dado que después de ésta volverán a reimprimirlo, intactos los recuerdos. Sí, así de compleja y bizarra pero al mismo tiempo funcional es la trama de Mickey 17. Y no cabe otra explicación. Pattinson muere mucho en esta película, y resucita cuando la imprenta escupe otra fotocopia de su protagonista.

Y ahí es donde entra Mark Ruffalo, que, desde Pobres Criaturas, bien sabemos que los papeles de maniático pirado con aires de grandeza y fuerte ego se le dan de perlas. Pero es que además ese clima de apocalipsis a contrarreloj es perfecto, ya lo saben, para que demagogos de medio pelo o de corbata entera florezcan incluso si pierden las elecciones. Siempre con tantas ganas de manipularlo todo, hacerse con el poder a toda costa, utilizar al pueblo como escudo o bandera personal y jugar al póker apostando con las vidas de otros a fin de asegurarse de que sus designios siniestros (o los de su aún más maquiavélica y oscura esposa) siguen haciéndose realidad, agotando el triste alfiler del que pende su tragedia. ¿Les suena de algo? Estoy seguro de que Joon-ho, nótese la ironía, les hará ver, en su nueva película, que cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.
Sus dos horas y cuarto de metraje funcionan bien y con un ritmo sorprendentemente equilibrado, pese a la narrativa compleja y por momentos cómica, que cae en el chiste fácil, para nada inoportuno, con el fin de aligerar el peso de sus propios retos artísticos y liberar tensiones en el espectador. Sin embargo, y al menos un servidor así lo sintió, un leve (pero no por ello menos fastidioso) momento valle de unos diez minutos de duración, que aparece en el momento en que primer y segundo acto se disponen a enlazar con el camino hacia el acto final, resquebraja por completo el lanzallamas frenético que venía siendo la película hasta ese instante. Y es una auténtica pena, porque de no existir estaría optando a un más que contundente y sólido sobresaliente.
De igual modo ocurre con el final. Sin entrar en detalles para no destripar la trama, hay ciertas piezas del puzle que terminan por no casar del todo, como si la película se hubiera desprendido de ciertos elementos clave que habrían permitido que el cierre fuese algo más apoteósico y no tan anticlimático. Aquí denota quizá un montaje ciertamente acelerado y, paradójicamente, haberse vestido de película cercana a las tres horas de duración le habría sido más que favorable. Poco hubiese importado, teniendo en cuenta su fantástico elenco y su maravillosa e hipnótica historia, que termina por dejar con ganas de algo mucho más colosal.
Mickey 17 es una honda sátira contra el poder, y en especial contra quienes lo regentan. Una crítica contra los políticos de toda clase y color, por ineficaces e incompetentes a la hora de detectar cuál es el verdadero pulso de sus gobernados, y aplicarlo en consecuencia. Una obra magnífica sobre igualdad real, libertad, progreso humano, cooperación, respeto al prójimo, al distinto y al desigual; todos ellos mensajes sencillos, pero no por ello menos importantes (sobre todo ahora, que hasta esos valores tan elementales comienzan a escasear). ¿Saben qué es lo peor de toda esta historia? Que su mensaje, inicialmente superficial, banal o inconcreto podría tornarse en realidad con facilidad si se cumplen los peores presagios (ya está sucediendo, o comenzando a suceder); esto de que la realidad supera siempre a la ficción.
La mala noticia es que, en caso de vernos envueltos en una situación similar, buscando un nuevo planeta que habitar y colonizar a la fuerza contra la especia autóctona, no contaríamos con la posibilidad de regenerar a Robert Pattinson de forma infinita. Ni tampoco con su decimoctava, maléfica y ferozmente divertida contraparte.