La última apuesta de Lucasfilm, ‘Star Wars: Tripulación Perdida’, de Jon Watts y David Lowery, supervisada, entre otros, por Dave Filoni, es una aventura clásica protagonizada por una pandilla de jóvenes perdidos en el espacio, inspirada en las películas de los años 90 como ‘Goonies’. Lejos de la fría recepción que ha tenido, desmerecida en ocasiones, cuenta con una entretenida trama para toda la familia, un planteamiento sencillo, y lecciones de gran profundidad que invitan a redescubrirse a sus más jóvenes espectadores. La compañía de una galaxia muy, muy lejana, da así un salto hacia una nueva dirección.
Wim (Ravi Cabot-Conyers) es un niño al uso, bastante harto del rígido sistema de control y obediencia «ciega» de su planeta, At Attin, que simboliza la autoridad y la protección de su padre ausente, un hombre ocupado, distante y aferrado al protocolo. No resulta difícil comprenderlo, y quizá por ello su anhelo de aventuras nos traiga de vuelta a una infancia cercana, pero ya irrecuperable, y nos permita entender su necesidad de hacer algo diferente (porque, otra cosa no, pero el planeta y sus opciones de futuro son aburridos a morir). Así, tomando algunas pinceladas de la trama de Goonies, de Richard Donner, y con cierto aroma a los relatos de viajes clásicos, como la Odisea, Wim acaba embarcado en una antigua nave pirata enterrada casi como quien dice en el parque al lado de su casa, acompañado por otros tres muchachos de su misma edad. Disney se lanza a la piscina con una historia sencilla, arquetípica, pero escrita con un corazón y un mimo evidentes que nutre de un nuevo sabor la galaxia de Star Wars.
Simple y divertida: más vale poco y bueno
No hace falta un planteamiento profundo que nos resuelva todas las dudas filosóficas de nuestra existencia, ni un personaje principal marcado por las circunstancias de su larga y experimentada vida, y mucho menos, una tira de caracteres más larga que la genealogía de la casa Frey. Wim, Neel, Fern y KB son un reflejo de la niñez temprana que aprende a descubrir el universo que los rodea por accidente, chicos inquietos e inventivos que se lanzan a la aventura sin pensar mucho en las consecuencias. Un recordatorio de esos pequeños que alguna vez fuimos: inocentes, con una comprensión simple del mundo (y con menos dolores de cabeza) y con ganas de hacer lo que considerábamos correcto.

Wim es el equivalente arquetípico a un Frodo Bolsón ansioso de abandonar la monotonía de su hogar y encontrar un propósito en el mundo que se ajuste a su deseo de ayudar a los demás. Neel (Robert Timothy Smith), un elefantoide bastante adorable, hace las veces de su Sam Gamji, su ayudante noble, de gran corazón, pero también capaz de aportar esa gota de realismo de la que Wim adolece muy a menudo. Fern (Ryan Kiera Armstrong), una Hermione Granger con los redaños de Arya Stark, a menudo arrogante y cerrada en su propio concepto de la madurez encarna los valores de una chica brillante pero rebelde, agotada de ser una herramienta para el orgullo de su madre. Y para cerrar el círculo, KB (Kyriana Kratter) -sin duda, la más interesante y quizá también más sensata y madura de todos los integrantes del grupo-, es la misteriosa genio con mano para los artilugios tecnológicos y la electrónica, una niña algo callada, que necesita llevar y mantener funcional un implante en su cabeza para poder vivir tras un accidente ocurrido hace tiempo. Una visión del realismo encerrado dentro del cosmos infantil, un alma arañada por el desengaño de la vida y acorralada por una condición permanente que le ha obligado a adaptarse en el mundo. Es el añadido perfecto e inédito hasta ahora en una serie de Star Wars, que demuestra que aún existen formas muy poderosas de plasmar las condiciones muy especiales sin caer en los clichés recurrentes.
Con este nutrido grupo, se produce una escapada imprevista (aunque corriente en este tipo de historias): los niños encuentran una nave pirata enterrada y, sin quererlo, acaban saltando desde la comodidad de su aburrido y seguro planeta a la incertidumbre del Espacio Salvaje, un lugar hostil, el mundo adulto, descarnado, férreo y cruel que puede soltar un golpe de realidad al menos espabilado. Una alegoría casi poética al crecimiento: los niños deben aprender a valerse por sí mismos y a afrontar las consecuencias de sus actos.
Una serie divertida y emocionante, a menudo conmovedora, que sigue la línea del cuento tradicional con tonos y tintes de la galaxia de Star Wars, sin cameos innecesarios al servicio del fandom, sin Jedi heroicos surgidos de la nada, y en la que el combate cuerpo a cuerpo pasa a un segundo plano. El autodescubrimiento y el aprendizaje de los protagonistas en cada uno de los destinos por los que pasan se convierte en la justificación profunda, y no tan compleja, de un nuevo género para la ya de por sí extensa producción de historias en la saga: una odisea pedagógica, enternecedora a veces y repleta de valiosas lecciones.
La realidad: Jod Na Nawood, piratas, llaves que vuelan y otras fantasías

El periplo del héroe marca como clave para la historia de un personaje la llegada de su ayuda sobrenatural, el salvador imprevisible que utiliza trucos mágicos para solucionarle el día. Jod Na Nawood, uno de los personajes más divertidos y enigmáticos, pero también más traicioneros del reparto, interpretado por Jude Law, representa esta ayuda. Pero lejos de ser el típico ser de luz que apoya incondicionalmente a los protagonistas, pasa a convertirse en el mayor de los oportunistas y extorsionadores que haya puesto sus pies en una producción de Lucasfilm. Quizá por ello sea uno de los añadidos que tiñe de mayor originalidad a la historia. El adulto incomprendido, que en realidad es un despiadado corsario llamado Silvo, traicionado durante un motín, se transforma en la figura cuidadora, pero también en la fuerza antagonista y lección de los pequeños: el Aragorn desarrapado y poderoso, con cierta sensibilidad a la Fuerza, un pasado doloroso y turbio, que acude para tornarse un faro en la oscuridad de los protagonistas, pero bajo un único código de honor: la ambición y el egoísmo.

Desde un plano general, Jod Na Nawood es un personaje curioso e interesante a su manera, aunque a veces, en los primeros capítulos, acaba convertido en un recurso cómico y alguien a quien no te puedes tomar muy en serio. Y es que, el hecho de que una niña autoproclamada capitana de un grupito de niños te dé órdenes, debe rebajarte bastante la autoridad. La verdad es que si la niña viene acompañada por SM-33, un robot pirata más viejo que las piedras, de la talla de Goliat, con el humor de un bulldog funcionario y la fuerza de una docena de hombres, sí que podemos entender un poco los recelos de Jod. Sin embargo, su traición al grupito, si bien resalta lo imprevisible que es, llega a sentirse algo artificial, especialmente después de verle humillado por un androide que le llama «chiquitín» y una panda de «mocosos».
En el quinto episodio, Jod se quita su careta de hombre acorralado y se transforma en un peligro real, si bien inesperado, para los jóvenes de la tripulación perdida. Una vez tiene las coordenadas para volver a At Attin, que resulta ser la sede blindada de la Casa de Moneda, en lugar de llevar a los niños con él como prometió, no se le ocurre otra cosa que reunir a su vieja tripulación, acabar con el oficial a bordo, el corsario Brutus, y realizar una visita sorpresa al planeta de los protagonistas con el único objetivo de poner a toda su población a fabricar créditos «contantes y sonantes». ¡Como si esto fuera un plan de El Profesor!
De esta forma, después de un largo viaje en compañía, llaves y objetos levitando con la Fuerza («trucos» en palabras de Fern) y un montón de peligros más, Jod Na Nawood termina convertido en el anti-mentor de los niños: un hombre que, por su crudeza, su potencial capacidad para el engaño y su dificultad para sentir empatía por nadie, refleja la idea del «desconocido de los caramelos» contra el que todo padre prevendría a sus hijos. Una lección implícita tras el rostro de este corsario peligroso: la persona a la que no se debería invitar a casa (no sea que te la desvalije), y un hombre criado en un entorno hostil, muy diferente al de At Attin, que ha aprendido a sobrevivir a base de palos y tretas.
Una historia capaz de calar profundo si se la escucha

El episodio 6, «Sin amigos otra vez», es el más fuerte de toda la serie, y no en vano, el punto de inflexión que ata emocionalmente al espectador a la trama, por no decir un hito sentimental inédito en el vasto universo de una galaxia muy, muy lejana. Después de pasar por un planeta repleto de canallas más sanguinarios que el legendario Barbanegra de Piratas del Caribe, conocer a una mujer búho obsesionada con los mapas estelares y visitar un mundo en el que algunos niños han de ser reclutados desde muy jóvenes para librar una interminable guerra civil, los niños viajan a Lanupa, donde encuentran la cámara del tesoro de Tak Rennod justo debajo de un balneario.
Si los jóvenes niños ya habían pasado por la traición y los terrores de ser perseguidos por una banda de maleantes liderados por un tipo con cara de lobo feroz, la personificación literaria de la amenaza en los cuentos infantiles, entonces Jod está ahí para decidir que se acabó el fingir y se apodera del tesoro y toma el control de SM-33. Hasta este momento, el espectador poco podía saber de KB salvo que parecía vivir pegada a un implante cuya función nunca se había especificado hasta entonces. Entonces, cuando el grupo termina de bruces en su huida del estafador, ella, un personaje que por sí solo justificaría una crítica positiva a la historia, sufre un fallo de su implante, y queda completamente paralizada.
La cosa parece quedar en un susto y los niños comienzan a discutir sobre su destino. Fern, aquejada por su inocente arrogancia, insiste en que, para salir de allí es necesario escalar un barranco, incapaz de comprender la situación de su amiga, y el grupo se divide. Cuando Wim y KB llegan a un punto del vertedero, la chica vuelve a sufrir un fallo, y se descubre que una de las piezas del circuito se ha oxidado. Es entonces cuando la inminencia de la muerte de uno de los personajes se hace palpable. Es ahí, realmente, cuando la idea de que la vida de uno de los niños pueda terminarse se materializa, un recordatorio de los peligros que no solo acechan detrás de los obstáculos físicos, sino en las limitaciones personales, enfrentando al público más joven a la idea de lo efímero y no solo eso, también a la diferencia no comprendida.

Lejos de perder los nervios, KB consigue guiar, al borde del desvanecimiento, a Wim para fundir y construir rápidamente una pieza de repuesto y reparar el implante, en una muestra de temple rara vez vista en un niño. Y es entonces cuando el espectador de verdad se ve al borde de un abismo construido en uno de los parajes más horribles y bellos a la vez que quizá haya podido dar esta serie. Una frase demoledora de KB en esta situación logra romper toda la concepción de la historia hasta entonces: “Fern no vive en el mundo real”. KB, con su condición, que se revela fruto de un accidente, se convierte en una figura de la madurez nacida de las circunstancias, una chica reservada que viene marcada por sufrimientos pasados y por la certeza de que jamás podrá ser como los demás, pero también capaz de enfrentarse a la dureza de la vida con más entereza que nadie. El momento en que confiesa que Fern nunca fue capaz de aceptar a la chica que era después de sufrir el revés de la vida, es probablemente una confesión muy descarnada de que, si bien ella supo aceptarse, su entorno nunca lo hizo.
Así, Wim debe dejar de lado su faceta de niño que toquetea botones que no debería tocar, y pasa a transformarse en alguien capaz de escuchar las instrucciones de KB, que no se deja llevar por el miedo, para solucionar el fallo técnico, en unos minutos de capítulo que son capaces de cortar la respiración como pocas escenas de la saga de Lucas hayan podido hacer. La sonrisa de KB como agradecimiento a la entrega incondicional de sus jóvenes amigos, y el abrazo en que se unen los cuatro al reencontrarse, es una muestra de un perdón callado que no necesita de más palabras. Después de esto, algo cambia en la dinámica del grupo: ya no discuten. Todos logran reconciliar sus diferencias. Y por fin, comienzan a trabajar como lo haría un grupo. Sólo puestos de frente ante la realidad, los niños son capaces de salir adelante, y gracias a la situación de KB, terminan unidos por la adversidad. Enseña así, a los más jóvenes y a los adultos, que la realidad de una amistad no está en viajar junto a alguien, sino en saber valorar y aceptar sus diferencias, e incluso ser capaz de amarlas.
Esta secuencia de escenas es una de las más sobrecogedoras de toda la serie, y a nivel personal, una de las que más sentimientos despierta en la audiencia como nunca antes lo haya hecho otra historia de Star Wars, donde el dolor y las circunstancias especiales existen pero a menudo proceden, no de la propia identidad, sino de la pérdida, o de las circunstancias históricas, militares o políticas del momento. Reformula así el concepto de una galaxia muy, muy lejana como un lugar donde se pueden empezar a construir caracteres que realmente permitan una conexión a niveles profundos con los espectadores, más allá de la épica y la acción.
Un nuevo giro de narrativa para una serie marca Lucasfilm
La primera vez que La Guerra de las Galaxias vio la luz, allá por 1977, la idea de una aventura espacial con los elementos del Viaje del Héroe resultó, no solo plausible, sino que se convirtió en un éxito inesperado de una obra que esperaba ser un simple space-opera basado en los filmes de Akira Kurosawa. Si bien es cierto que el planteamiento original no iba dirigido a los niños (véase de nuevo Obi-Wan friendo a Anakin Skywalker en Mustafar), en los últimos cuarenta y siete años, la galaxia gestada por George Lucas ha ido alcanzando un volumen y una expansión que ningún otro universo ha conseguido hasta entonces: desde cómics hasta libros, pasando por series, nuevas películas y videojuegos adaptados a todos los gustos y necesidades. Así, Star Wars ha acabado, muy al contrario de lo que los más conservadores piensan, convirtiéndose en una franquicia de culto para todas las edades. Entonces, ¿por qué el público más maduro rechaza la idea de una serie juvenil de Star Wars, una de las críticas que más ha debido soportar Tripulación Perdida? Quizá el daño ya viniese del crudo fracaso que supuso The Acolyte, o de un público que cada vez exige más calidad o un tipo de historia determinada que no se adapta a todos. Como muchos escritores coinciden en señalr, una historia tiene un nicho, y no siempre tiene que ir dirigida al mismo.
Star Wars, en su mayoría, ha sabido dar diferentes tonos e incluso historias multi-genéricas que han supuesto un pulso vital increíble a la saga de George Lucas. Desde la intriga y el aire a historia de robos de Andor, pasando por el western de El Mandaloriano, las historias más apegadas al canon como Ahsoka o Kenobi, y las muchas series de animación de Dave Filoni, Tripulación Perdida es un nuevo soplo de aire fresco que trae consigo una historia divertida, desenfadada, también pedagógica a su manera y encantadora, que dota de un nuevo color al universo expandido de la compañía propiedad de Disney.
En definitiva, una serie que merece la pena disfrutar, para toda la familia, con una producción que incluso, con menos presupuesto que Kenobi o The Acolyte, ha dado lugar a una historia protagonizada por niños y dirigida no solo a aquellos que amen Star Wars. Una forma muy agradable de iniciar a los más pequeños en el extenso mundo que una vez creó la imaginación de George Lucas y darles una visión muy tierna de su universo, que ahora cuenta con millones de seguidores, miles de autores, y cientos de historias que no dejan de sorprender. El futuro de Star Wars a día de hoy avanza hacia la incertidumbre, pero con su capacidad de inventiva, la implicación en sus proyectos y la pasión de sus seguidores, muchos estamos seguros de que podrá salir a flote.