Al terminar de ver el primer capítulo de esta segunda temporada, se percibe algo diferente en el aire con respecto a la anterior. Una mezcolanza de dilemas, nihilismo en estado puro, conciencias quebradas, y el todo por el todo. Personajes de doble moral, drama, escenas para mantenerse en vilo, deudas que saldar, ambición y raperos arruinados tras invertir en Bitcoin. Y sí, también «ruletas rusas» con ‘Nessun Dorma’ alimentando la tensión en el fondo. ‘El Juego del Calamar’ ha vuelto a partir los límites de lo esperado, y salta ahora desde el goticismo y el desparrame de sesos (que aún sigue siendo eje de la producción) hacia un drama psicológico en el que venganza, sufrimiento, heridas morales y filosofía producen una mezcla casi dostoyesvkiana.

Seong Gi-Hun (Lee Jung-Jae) sale victorioso de la instalación secreta y casi paramilitar de un archipiélago desconocido de Corea del Sur tras haber enfrentado el peligro más dantesco que se pueda concebir (y que probablemente supere en nivel de angustia) desde las novelas de Suzane Collins: matar para sobrevivir, vivir para contarlo, y seguir viviendo en el recuerdo. Ya no es el hombre que era, agazapado, inseguro, atrapado por las deudas, los préstamos a medias, la incapacidad de proteger a su pequeña, la pobreza en la que vive su madre y su compulsión por las apuestas. Ha perdido todo lo que lo hacía ser él, su vieja vida y sus problemas han quedado atrás, muertos como las más de cuatrocientas personas que compartieron con él la perversa masacre.

Los diabólicos «juegos del calamar» fueron un antes y un después en su vida. Se ha convertido en un hombre millonario, capaz de emplear bajo un movimiento de talonario a los mercenarios y prestamistas que un día lo perseguían. Pero por el camino, su alma se ha partido en dos, aquejada de una brecha que solo la llama de la venganza podrá cicatrizar. Y es que saberse el único hombre en pie después de la experiencia más ambiciosa, asesina, arriesgada y artera jamás urdida por mente humana, algo de factura sí que debe pasar. Seong Gi-Hun vuelve para averiguar quiénes se encuentran detrás de la organización de los juegos… y para demostrarle al mundo y a sí mismo, que aún existe lugar para la humanidad en un mundo salvaje y hostil.

Superándose en el segundo asalto: un drama para rezar en diferentes idiomas

La idea funciona: reunir a un grupo de cientos de personas endeudadas hasta las cejas, que no tienen nada que perder, en una isla desconocida. Hacerles la promesa de una fortuna como nunca antes se haya visto. Darles un número y ponerles a jugar a juegos tradicionales para niños, aparentemente inocentes, hasta que sólo quede uno. Por supuesto, hasta que sólo quede uno con vida. Y con todos los visos de un reality show, para servir al divertimento de un grupo de hombres poderosos, hedonistas y multimillonarios que apuestan por su jugador favorito y son los encargados de financiar las actividades secretas e ilegales de esta oscura organización. ¿Cómo se mide la vida en términos numéricos? ¿Hasta qué punto alguien seguiría jugando cuando el mundo exterior parece más frío y menos acogedor que la propia muerte?

La serie de Hwang Dong-hyuk vino al mundo en 2021 para convertirse en un éxito internacional casi inmediato, aunque también inesperado, como reconoce la productora Chae Kyun-sun en el making off. Su primera temporada fue, sin lugar a dudas, un planteamiento rompedor cargado de momentos tensos hasta el infarto y un desparrame de sangre por doquier. Habían trabajado en muchos de sus caracteres, pero la tira de personajes no se notaba tan compleja y vívida como lo haría en su segundo asalto. Esta nueva etapa de la serie ha sabido edificar un giro argumental insólito, marcado por la doble trama de Hwang Jun-Ho (Wi Ha-Joon), ese agente de policía desesperado por topar con su hermano, ahora aliado de Gi-Hun, para desmantelar la organización de los Juegos, y el propio Gi-Hun, que se lanza una vez más a participar con un claro propósito: poner fin de una vez y para siempre este turbio espectáculo.

Desde «Luz Roja, Luz Verde», pasando por juegos tradicionales de Corea del Sur, como ddjaki, cong-gi, la peonza o el «juego de las parejas», entre otro nuevo repertorio de pruebas letales. Una combinación maestra de elementos visuales para insuflar aliento a la historia y construir un sentido de presión, inminencia y fragilidad mucho más intenso: la psicología oscura, «¿haría yo eso en su lugar?», y la expectación que flota en el ambiente a medida que el número de bajas va apilándose a manos de los siniestros soldados rosas.

Se puede oler en todo momento que no se han introducido nuevos juegos solamente para saltar la monotonía: se trata de poner a Gi-Hun en una situación de la que ni él mismo podría salir con vida. Sin duda, una mezcla de elementos que hace que cada uno de los retos pueda convertirse en el último, como un recordatorio dirigido al espectador de la inminencia del vacío pendiendo de un hilo en una ristra de retos que podrían ser, una y otra vez, el último. Y quizá por eso se viva en cada prueba esa tensión eléctrica, ese imán que te mantiene aferrado al mando del televisor mientras, con ojos muy abiertos, suplicas por la vida de un grupo de personas sin futuro cuyo único deseo es seguir viviendo.

Por no mencionar el trepidante final, que consigue levantar el vello del cuerpo y dejar a los espectadores en la cuerda floja entre una épica magnífica pero trágica, pero también con la sensación de que aún quedan muchas páginas por escribir para alcanzar el final.

Dos puntos en los que la serie gana en calidad y en capacidad de dejar una huella más profunda son la introducción de un exponente de venganza: un Seong Gi-Hun dispuesto a todo para acabar con la organización de los juegos aunque le cueste la vida, y los enigmas casi filosóficos de tintes negros que plantea ‘El Reclutador’ (Gong Yoo) desde el principio, y que se mantienen latentes en el aire durante toda la temporada. El primer villano de la trama pasa a convertirse en la columna vertebral de la psicología histórica, y pone entre las cuerdas el mayor de los planteamientos: ¿hasta qué punto un humano desesperado no puede convertirse en un depredador letal y acorralado? Y es que, si algo tiene El Juego del Calamar 2 es, precisamente, la cuestión de si realmente una situación extrema puede justificar la retirada de cualquier moral con tal de sobrevivir, y doblemente: sobrevivir ganando.

Personajes para dejar huella: la determinación de Seong Gi-Hun, el increíble Thanos (y su corto reinado) y el escepticismo de Hwang In-ho

Los personajes han sido una de las bazas mejor jugadas. Los caracteres que pasan por la pantalla son totalmente vivos, se puede sentir su respiración agitada a lo largo de los capítulos. Sus historias de vida son simples y complejas a la par, «demasiado humanas». Sin embargo, algunos de ellos encuentran un final abrupto a mitad de su desarrollo, que no por ello se siente como forzado: la sensación de desesperanza se acentúa con cada baja. Un mundo peligroso y oscuro que no tiene piedad con nadie, muy similar a la narrativa gris del maestro George R. R. Martin en Juego de Tronos.

Destaca sobre todo la brillantez de la interpretación de Lee Jung-jae (Star Wars: The Acolyte; Hunt), en uno de los papeles mejor construidos del actor surcoreano (por no decir directamente, su personaje estelar): Seong Gi-Hun. Revivido de nuevo para redimirse, regresa al mundo que lo destruyó para ponerle fin, ahora vestido con el capote de la venganza, el deseo de la justicia y una necesidad vital que ha dado ruedas y propósito a los días de un hombre desgarrado por sus experiencias.

Su deseo de convertirse, catalizándolo a través de los juegos, en un luchador por la causa que jamás se dignaría a perder la moral, brilla en cada gesto, cada palabra y en la forma en que el espectador ve resplandecer en los ojos del protagonista esa determinación, pero también esa brecha interna que aún no se ha cerrado. Su disposición a ponerse frente a la boquilla del arma sin pestañear, anuncia un cambio magistral gestado durante tres años de resentimientos. Y es que la vida puede golpear a un chófer endeudado hasta las cejas para pasarlo por un filtro de unos días y devolverlo convertido en un multimillonario propietario absoluto de un motel y un arsenal bélico en el sótano, a quien el dinero no importa tanto como la reconstrucción de su moral caída, y el ansia de evitar que lo que un día vivió, vuelva a repetirse.

Su entorno, la gente con la que ahora se ve obligado a compartir una nueva y monstruosa experiencia, pasa por los episodios dejando la estela de un avión impresa en la retina del espectador. Thanos (jugador 230), interpretado por una leyenda del rap surcoreano, Choi-Seung-hyun (T.O.P), se convierte en uno de los actores de elenco más brillante: un hombre que despierta sentimientos encontrados. Es un alivio cómico, siempre alto de moral, puro arte, estilo y carisma, pero también de procedimientos cuestionables, aunque en el entorno de los juegos, casi justificados por la «teoría de Darwin».

Es pura representación de lo cool y un añadido muy acertado que integra el exponente de la burla hacia la propia muerte, acentuando el patetismo del propio sistema que coordina los juegos. No se trata de un simple malote al uso, sino de un hombre machacado por su pasado, las drogas y los palos de ciego. Su ambición roza la desesperación por recuperar la esencia de lo que una vez fue, un cantante de éxito, ahora arruinado tras invertir en criptomonedas. Un punto en contra para el doblaje castellano es que debieron haber dejado en el idioma original las partes en las que aparece rapeando. En el original surcoreano son un gustazo de escuchar.

El carismático Hwang In-Ho (Lee Byung Hun), el hermano perdido de Hwang Jun-Ho se suma a la experiencia de los juegos, ahora convertido en el jugador número 001. Un hombre intrigante, desgarrado por la pérdida de su mujer, que ha decidido girar su vida hacia un completo nihilismo, donde no hay cabida alguna al arrepentimiento.

Es sin duda, uno de los integrantes más enigmáticos de la saga, pues ha bajado desde su trono como el Líder Enmascarado para convertirse en un calculado añadido a la experiencia de los juegos, siempre cerca de Gi-Hun, con quien se alía para poder «comprenderlo» mejor, o para tratar de influir en su visión del mundo.

También brillan en el reparto Jang Geum Ja (Kang Ae-shim), la jugadora 149 y madre de Park Yong-Sik (Yang Dong-geun), el jugador número 007. El dúo que forman es el epítome de la familiaridad, desenfadada a menudo, enternecedora a veces, muy humana en su envoltura. Una mujer que se lanza a una experiencia letal para aliviar a su hijo endeudado hasta las cejas durante su etapa de jugador compulsivo. Un enorme corazón, un carácter y una fortaleza a menudo sorprendente y abrumadora a partes iguales, que representa, ante todo, un ejemplo de resistencia a la corrupción sistémica. Una superviviente, sin lugar a dudas, y una creyente en la bondad del ser humano.

A ello se le suma la presencia de una mujer embarazada, Kim Jun-hee (Jugadora 222), interpretada por Jo Yu-ri, su expareja, Lee Myung-gi (Jugador 333), el YouTuber arruinado al que Thanos persigue constantemente culpándolo de su estafa de criptomonedas, a menudo acusado de una enorme arrogancia, pero también marcado por su separación, (a quien da vida el cantante y presentador Im Si-Wan, o Hyun-ju (jugadora 120), una mujer trans y antigua soldado de carácter firme en busca de financiación para su afirmación de género, interpretada por Park Sung-Hoon. Sin duda, un amplio abanico de personalidades, con propósitos humanos, que se ven envueltos en la más absoluta de las desesperaciones mientras tratan de salir con vida del sádico espectáculo, y con la esperanza de hacerlo con una vida monetaria un poco menos apretada a su cuello.

Más allá del espectáculo: preguntas abiertas que nos hacen pasear sobre el filo de la oscuridad

Dijo Bob Marley que «el dinero no puede comprar la vida». En este juego, sin embargo, la vida es la moneda más barata para suplir la desesperación económica y el abismo financiero que sufren los participantes en el juego. Una situación en la que la supervivencia se pone en una balanza y en la que el dinero termina ganando la batalla, mientras las sumas de billetes siguen creciendo a costa de la sangre de otros para el disfrute de una selecta minoría.

El Juego del Calamar 2, desde el primer capítulo, muestra la corrupción sistémica de la organización, cuyos valores refleja El Reclutador (un individuo carente de cualquier respeto por la vida). Para él, la decisión sobre la supervivencia y la muerte acaba siendo algo arbitrario, tomado por los hombres y mujeres que ostentan el poder. Quizá sólo se trate de un psicópata de manual, con delirios de megalomanía, sin barnices, pero la forma en que afronta el Juego de la «ruleta rusa», cara a cara con un impasible y duro Gi-Hun, demuestra cómo la pirámide responsable no pretende el sometimiento a su sistema, sino el contagio de la corrupción en situaciones donde la traición se convierte en un aroma que emana del ambiente perverso y vacío de la inmoralidad.

Es por esto por lo que en El Juego del Calamar gana siempre «la casa»: nos recuerda en cierto sentido que en la desesperación de vivir o morir, un individuo común y corriente puede acabar convertido en alguien despiadado a quien se ha obligado a matar, obligado a servir a ese mismo sistema al que tanto criticó.

Otra de las preguntas que deja esta segunda temporada es: ¿realmente merece la pena jugar a sabiendas de que se podría morir? Muchos jugadores parecen tenerlo claro para sorpresa del espectador: sí. El poder de la ambición, alimentado psicológicamente desde una alta cúpula de control (con tácticas de manipulación como el clásico «un juego más», y el «divide y vencerás») gobiernan.

Esta es la duda abierta, pero retorcida, que trata de dejar el Líder Enmascarado a Gi-Hun: hasta qué punto el sistema obliga a nadie a participar, y hasta qué punto se les obliga a seguir. La respuesta parece aclararse en esta segunda temporada: no existe tal decisión. En realidad, la vía de escape a la miseria es cara y se apoya sobre la muerte. Nadie sabe a lo que va, pero cuando lo descubre, es una mayoría que decide seguir jugando, aunque otros tantos codician el poder volver a casa con el pellejo intacto.

La serie nos abre una puerta a la desesperación humana y el conflicto como espectáculo: una forma de control sobre los que «son menos» y una serie de decisiones que favorecen siempre a los más grandes, preparados y menos aquejados por los principios. Es, en cierto sentido, un recordatorio de que el dinero despierta instintos muy oscuros, pero que a veces no se trata tanto de la fortuna, sino el deseo de alcanzar una vida mejor, una reputación y un estatus, incluso si eso significa el hundimiento más absoluto en las tinieblas. Y esta es la lección básica que flota en medio del caos que El Juego del Calamar representa.

Puntuación: 4.5 de 5.

Por Daniel Caballero de Paz

Cuando me regalaron mi primera libreta, no pude evitar llenarla de garabatos. Ahora hago lo mismo con los procesadores de texto, que ocupan menos espacio y no gastan papel. Si el día tuviese más de veinticuatro horas, seguramente ya habría visto todas las películas rodadas y por rodar y leído todos los libros escritos y por escribir. Ya ven, la gracia del tiempo. Que le toca a uno elegir qué es lo que va a hacer después.

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