Café Quijano principia su gira ‘Miami 1990’ en el Teatro Ortega de la ciudad palentina ante un público entregado y un espacio abarrotado, presentando nuevas versiones de sus canciones más sonadas y algunas novedades que formarán parte de su nuevo álbum
Palencia anochece con el cielo nublado —Lampedusa ya advirtió que todo cambia para que todo siga igual—, de un muy feo color gris petróleo, cual si estuviera a punto de venirse abajo del mismo modo en que se derrumban los imperios y los castillos de naipes. Oscurecido como si el mismísimo diablo estuviera jugando a pintar el cuadro de su propia historia.
Por suerte el ambiente y la paleta de colores en el Teatro Ortega de la capital palentina eran muy distintos, casi cálidos —a la luz de la buena música, y especialmente de la gente con que se comparte, no existe invierno posible—. Después de todo, uno de los más importantes grupos del pop rock español había tenido (de nuevo) el suficiente cariño a esta ciudad como para dar comienzo, aquí, a su nueva gira: «Palencia nos impulsa de algún modo inexplicable para lo que está por venir, antes de que volemos incluso con dirección a otros países vecinos, casi como si fuera algún tipo de combustible», llegó a afirmar Manolo durante la noche. Y ellos habían respondido, favorablemente, agotando todas las localidades a la venta.
El concierto no demora en comenzar. Es primero el turno para el género, y por ello hacen los tres hermanos su puesta en escena vestidos con elegante y noventera chaqueta de un resplandeciente color blanquecino. Sin presentaciones que valgan, porque todo el mundo sabe quiénes son y a qué han venido a su ciudad, comienzan con sus boleros más reconocibles: Me enamoras con todo, Robarle tiempo al tiempo, Mexicana o Cuatro palabras, nada más. Salta a la vista un hecho curioso, cuando menos, y quizá tan sólo detectable para aquellos que ya llevan a sus espaldas más de un concierto de los de León: hay ciertas canciones que han sufrido ligeros cambios, actualizadas, que presentan alguna que otra modificación. Sorprenden, porque no se espera, y sabe a mundo nuevo por descubrir.
Luego se cambian, pasan al traje negro de roquero arquetípico y pillan las eléctricas. Y de ahí no hay vuelta atrás. Ni para el público, ni para ellos. Es la hora de los temas con los que se canta (porque todo el mundo de sobra se los sabe), se baila (no puede evitarse), se salta (tampoco puede eludirse) y se suda mucho (casi se queman más calorías en un concierto de los Quijano que en la bicicleta estática del gimnasio): Dame de esa boca, Nada de na o Tequila. Y también algunas más recientes como Perdonarme o Manhattan.
Hubo también espacio para presentar su nuevo sencillo y primero del nuevo proyecto, Sabes qué te digo, y para desvelar en primicia dos canciones que formarán parte del disco: La primera noche, que en palabras de Manuel narra la historia de su singular primera cita con la ciudad; y la que para muchos será la joya de la corona y da título al álbum: Miami 1990, que tiene vida propia, un ritmo pegadizo, cuando menos, y bien podría servir de prolegómeno de una nueva temporada de Miami Vice. En ella se escucha South Beach y el rugir de los surferos, los canallas y los fiesteros. De ella emanan, de hecho, los azules y rosas saturados y las esencias de una ciudad que funciona como adjetivo en sí misma.
A Palencia llegó en un abrir y cerrar de ojos la llama rocambolesca, revolucionaria y exótica de Corrupción en Miami, pero al estilo leonés. O quizá esa esencia flamígera ha estado presente siempre, a falta, tan sólo, de aquellos capaces, como en esta ocasión han sido los Quijano, de prender la mecha y el rocanrol. Miami 1990 es todo aquello a lo que tienen acostumbrados a sus seguidores. No porque sea o suene repetitivo, sino porque vuelve a estar a la genial altura de siempre y porque estos tres hermanos han nacido precisamente para la música, la composición, el arte: serían buenos en otras muchas áreas, pero algo impulsa a decirse, para dentro, que menos mal que terminaron por dedicarse a esto y no a cualquier otra cosa.