Dune: La profecía

‘Dune: La profecía’ lo tiene todo o, al menos, todo lo que se le puede exigir a una producción de sus características: intrigas de palacio dentro de un tablero político complejo, personajes tridimensionales y muy bien desarrollados y una fotografía de matrícula de honor

Fuimos ingenuos, quizá, al pensar que HBO podía hacer algún día algo mal. Es ésta la única productora cinematográfica —lo digo siempre— capaz de tomar un libro de conocida mala fama, un universo literario intrincado y difícil de trasladar al cine, una historia probablemente demasiado enrevesada como para escapar con facilidad de las páginas de un libro, y construir a partir de sus cenizas (y sin inmutarse) una muy buena serie, medida, pulcra, que funciona a la perfección, expande el concepto que tan bien ha adaptado Denis Villenueve en las dos películas de la franquicia protagonizadas por Timothée Chalamet y Zendaya y que además recuerda por momentos a los mejores y más esplendorosos días de Juego de Tronos; sólo que en el espacio, tras la victoria de los humanos frente a las máquinas en la Yihad Butleriana y sin los dragones de Daenerys (aunque a Dune: Prophecy tampoco le hagan mucha falta).

Situada 10.000 años antes que las dos primeras películas de la franquicia y basada en las novelas de Sisterhood of Dune, Dune: La profecía se embarca en una historia palaciega y de honda raíz política en la que las féminas de la Hermandad de las Bene Gesserit se tornan rápidamente en protagonistas de la historia; no sólo por su eminente profundidad narrativa o su importancia para la trama, sino por su voluntad de manejar, al completo, los hilos de las grandes casas de Dune (en especial la del emperador Javicco Corrino). Cuando un militar llamado Desmond Hart (Travis Fimmel, más conocido por interpretar a Ragnar Lodbrok en Vikingos) regresa del desértico planeta Arrakis con unos inusuales poderes bajo la manga, éste tratará de destapar los intentos sibilinos de la Hermandad por hacerse con el control de la totalidad del Imperio. 

Y es entonces cuando salta todo por los aires: prácticamente nadie está a salvo, el mundo de Dune se resquebraja en mil pedazos y sólo existen para salvaguardarlo (o terminar de hundirlo definitivamente en la miseria) protagonistas grises, preocupados por su mera supervivencia, por sus objetivos, con motivaciones esféricas y profundas e incapaces de actuar seca y exclusivamente bajo la batuta siempre malintencionada y facilonga del guion, débil y esponjoso. Las mejores historias, normalmente, a fin de cuentas, suelen ser aquellas donde la línea entre el azul y el rojo, el blanco y el negro, es difusa y jamás está del todo clara o bien definida. Donde la expectación se construye siempre a través de la incertidumbre. Dune: La profecía entiende esto a la perfección, con mucha sabiduría y perspicacia, y hace todo lo que está en su mano para elevarlo al siguiente nivel.

Los personajes, todos ellos, son magistrales. Hay para todos los gustos, colores, personalidades, nacionalidades, debilidades, signos del zodiaco. Lo dicho, casi parece que los Lannister estén a punto de hacer su entrada triunfal para disputarle el poder a los Corrino, o los Stark para pararles los pies (como si eso pasara alguna vez). Y eso es, en gran parte, gracias a la sublime actuación de todo el elenco. Quizá porque no se esperaba gran cosa de esta producción y el ojo mediático estaba colocado en otra parte, muchos de los actores (Fimmel, Emily Watson, Joshua Heuston) han podido enseñar su mejor cara precisamente porque no tenían absolutamente nada que perder. Sólo que demostrar. Y vaya si lo han hecho.

Dune: La profecía lo tiene todo o, al menos, todo lo que se le puede exigir a una producción de sus características: intrigas de palacio dentro de un tablero político complejo; personajes tridimensionales y muy bien desarrollados (que no planos o secos, puestos a dedo por el guion para cumplir con el cansado papel de héroes y villanos, sino con motivaciones reales y con las que se puede empatizar); una historia tremendamente interesante (y mejor contada) que quizá sólo peque de lentitud; una banda sonora y una fotografía de matrícula de honor; unas actuaciones emocionales por parte de todo el elenco y elementos que recuerdan al Dune de Villenueve, pero tratados desde una perspectiva distinta, novedosa, retadora, más política que ígnea. Es decir, todo lo contrario al cine de sofá, fácil, mal hecho, que busca sólo el disfrute, nada más lejos del deleite puntual.

El cine tiene que ser algo más que mero entretenimiento. Un viaje, quizá. O un descubrimiento constante de sensaciones. Sentir que lo que hay al otro lado de la pantalla es quizá tan posible como lo que palpamos en el nuestro, que no hay límites o imposibles. El buen cine no se focaliza en la complacencia o en el chiste de gatillo fácil sino en permitirle a uno andar por las escenas, oler lo que los personajes huelen, vivir cuanto viven ellos, sentirlo todo en nuestras propias carnes. Que al término de un diálogo, una buena escena, la reacción natural sea siempre la de levantarse del asiento, gélidas las manos, previo hormigueo en el estómago, y preguntarse por qué diablos no todas las producciones están al nivel de la que se tiene delante. ¿Cómo no iban, después de todo, a renovarla para una segunda temporada?

Puntuación: 3.5 de 5.

Por Raúl R. Méndez

Cuando vi Oppenheimer supe que el cine se había terminado: no había nada más que pudiera superar aquello. Aunque, bueno. Las de Audrey Hepburn tampoco están nada mal: Vacaciones en Roma, Desayuno con diamantes, Una cara con ángel… Ya me entienden. Comprendí que la vida está hecha de un matiz de grises a mi quinto libro. ¿O fue a mi quinta novela de Arturo Pérez-Reverte? La verdad es que ya ni siquiera lo recuerdo. Cursé el bachillerato de ciencias, y en lugar de apostar por un grado en bioquímica me decanté por el periodismo y la escritura. Desde entonces, bueno. Ahí voy. Partido a partido.

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