La artista estadounidense estrena su nuevo álbum, ‘eternal sunshine’, tras un gigantesco paréntesis de cuatro aciagos años de vacío compositor y musical
Ariana Grande (Florida, 1993) tiene la buena costumbre de no sacar a la luz cualquier cosa. O sea, que si no se siente completamente satisfecha con el producto final toma la difícil decisión de apostar por los vastos parajes de la sequía productora; el pantanoso terreno que es admitir la evidente existencia de una etapa de nula inspiración y la ígnea gota de la cancelación mediática que supone dejar a sus fanáticos anclados en los álbumes y sencillos del pasado.
En ese desierto de cuarenta días y cuarenta noches que ha decidido atravesar la artista floridana aparecen siempre los reclamos típicos del público enloquecido; ese que tiende a pensar que componer, tanto como escribir o cualquier otro arte, es moco de pavo y se puede terminar (y con corrección) en un santiamén.
Es entonces cuando Ariana respira hondo buscando paz, calma y estabilidad mental. Decide averiguar refugio de nuevo entre sus instrumentos, que es su mundo, por no decir su todo. Busca por entre las teclas y las partituras del piano a las musas griegas de los pentagramas día y noche y sin éxito alguno. Y cuando parece tener algo se topa repentinamente con la frustración de los misterios que tan sólo son desvelados por el languideciente efecto del alcohol y la noche: el mundo se va a pique, después de todo, y no hay nadie capaz de evitarlo.
La cantante abraza entonces la ansiedad, la depresión y los mares de dudas construidos sobre las principales incógnitas vitales. Es famosa en medio mundo y por ello el retiro espiritual de un viaje acicalador tampoco iba a hacer nada por animarla. Se encierra todavía más entre las cuatro paredes de su estudio. Desempolva la pluma y la hoja de papel en busca de un soplo de corte clásico. Ni siquiera funciona esta última táctica y mil folios empapados por lágrimas de días dispersos llenan hasta sobresalir la papelera del estudio de Ariana Grande.
Toma la decisión de rendirse. Al menos temporalmente. La situación la ha sobrepasado. Hace un ademán de cierto brío impostado frente al espejo antes de olvidarse del disco perfecto con que regresar a la música aclamada y por todo lo alto. Ese que volvería a colocarla en el estrellato, en las portadas de la prensa, las revistas de moda y glamour y en mitad del dichoso trending topic de Twitter. Todavía, aun así, es un álbum onírico que solamente vive en su imaginación y que carece de forma y de fondo; un sinsentido de notas que flotan y otras que se van. Una suerte de borrador en papel mojado, húmedo, que traga tanto con la decepción como su dueña.
Ariana se aleja, pues, de la música en un arrebato valiente y sin conferir demasiadas explicaciones. Ahora es carnaza de redes sociales, cuentas de salseo, prensa rosa norteamericana y críticos musicales de sofá que deciden recordarla su palpable lejanía con Michael Jackson y otros grandes del pop estadounidense de los ochenta hasta hoy, con quienes compite en el ajedrez componedor diario en el que, en realidad, únicamente se enfrenta a sí misma.
La artista nativa de Florida despierta un día en que un candente haz de luz solar se cuela por su ventana salpicando su rostro sin amanecer. Siente la calidez del día nuevo y por fin la mente libre de ruido y de demonios que hablan sin parar un solo instante. La lira fluye ahora por su subconsciente y su único trabajo es dibujarla. Ha regresado la paz necesaria para componer, vivir y sonreír una vez más. Al resultado primitivo decide colocarle el nombre de eternal sunshine. Luz del sol eterna. Y con ese apodo probablemente avanzaría desde la idea hasta el último rincón de Spotify.
El nuevo álbum de Ariana Grande estriba en la fuerza de las letras que lo conforman y no tanto en su inevitable componente comercial; para cumplir con tal arduo trabajo se encuentra el merchandising. Tan sólo una canción, estrenada con anterioridad y en formato de sencillo, yes, and?, busca ser adictiva y dejarse llevar por las tendencias del pop actual. El resto son odas que Ariana hace a la música por simple convicción moral.
El disco de once canciones (más una introducción y un pulcro interludio) habla de (des)amores ajados, historias imposibles y unos tantos arrebatos por la individualidad inmanente al ser humano. Son esas canciones agrupadas en torno a un mismo todo, a un fin compartido, que escuchadas en la nocturnidad fúnebre, solitaria y criogénica suenan notablemente distintas. Añádanle alcohol en cantidad controlada y descubrirán que eternal sunshine es en realidad una vacuna analgésica contra la soledad.
Fue la propia compositora floridana quien en una de sus canciones más reconocidas y sonadas dejó patente eso de que Dios era una mujer, recurso a menudo explorado en los inescrutables confines de la cultura. Pero lo que no terminó de revelar, quizá porque ni siquiera ella misma lo alcanzó a imaginar, fue que el rostro de Dios viniera a ser tan similar al de ella misma; tan similar al rostro de Ariana Grande.