El día en que volvería a marcar, Luís Díaz se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar al autobús que le llevase al Emirates Stadium. Había soñado que caminaba por un césped impoluto como una alfombra mullida y que lloviznaban flores de anturio, naturales de los campos de su Barrancas natal. Diogo Jota, que había nacido por aquellas latitudes y estaba familiarizado con la interpretación de sueños ajenos contados en ayunas, me dijo que Luis Díaz se lo comentó de pasada antes del partido. Me aseguró que estuvo a punto de avisarle del significado de su sueño, pero Klopp llamó a Luis Díaz para hablar con él antes de la arenga y no le dio tiempo.
Más tarde se supo que Luis Díaz había sido víctima de la parranda rioplatense de Mac Allister la noche anterior y que apenas había dormido unas pocas horas. Cuando le pregunté, el argentino quiso desvincularse de las responsabilidades: «pura joda loco, vite que yo ya sabía que marcaba al día siguiente. Me lo dijeron y pensé que le venía bien algo de quilombo para el cuerpo«. Esa mañana habían tenido entreno. El día había sido frío, tosco, encapotado bajo las infinitas nubes grises del norte de Londres, sin embargo, todos coincidían en que era un día hermoso. A Luís Díaz, quien gustaba de entrenar con un cinto escondido tras las media para evitar los caños, le torearon con el cuero hasta alcanzar cuatro túneles. Con el enfado no enganchó ninguna pelota ese entrenamiento. Se marchó cabizbajo, mentando la ruina de no se sabe muy bien quién.
Pregunté a Darwin Núñez y a Gakpo por separado y ambos me dieron respuestas casi idénticas. «Parecía que lo había mirado un tuerto antes del entrenamiento. Encima nos la jugábamos en el Emirates al día siguiente, pobrecillo». Alisson me aseguró que mientras guardaba los guantes tras ese entrenamiento le sorprendió la voz de Harvey Elliot, quien estaba conmocionado por lo mal había entrenado a pesar de que marcaría el día siguiente. Konaté también se encontraba en el vestuario, pero me dijo que él no oyó nada. Alisson compartió la predicción de Elliot con dos o tres compañeros a la salida. No se acordaba de quienes, pero recordaba que le tomaron por chaveta y comenzaron a divulgar la noticia con tono serio, a modo de burla. Así la desfachatez, que se extendió con la rapidez infranqueable de los murmullos a medio decir y los mira tú por donde, se fue transformando en rumor y el rumor en certeza absoluta; de modo que para el almuerzo ya era una verdad de dominio público que Luis Díaz iba a anotar.
«Yo veía que a Luis Díaz ya le estaban felicitando por el gol que marcaría al día siguiente. El pibe les miraba con los ojos como platos, no entendía nada, así que decidí llevármelo de fiesta para relajarle. Total, iba a marcar igual» me dijo Mac Allister la segunda vez que lo entrevisté. Klopp fue uno de los últimos en enterarse del inminente tanto del colombiano. La noticia anticipada le hizo gracia la primera vez que la oyó, le desconcertó la segunda y casi perdió los papeles cuando entró al vestuario y no se hablaba de otra cosa. «Me parecía increíble. Discutían si el gol sería con la izquierda o con la derecha. Yo no pensaba ponerlo de titular, pero me hicieron dudar y lo metí en el once a última hora, cuando vi la tranquilidad de su rostro distendido antes de la arenga. Pensé que estaría hablando de su gol con Diogo Jota» me dijo Klopp, antes incluso de que le preguntase.
Luís Díaz cumplió todos los pronósticos. Anotó un tanto de los de luchar contra viento y marea sobre la bocina del tiempo de descuento, cuando el espectáculo interpretaba sus últimos compases de viejo sordo . «Fue un alivio que marcara, si no todo se nos hubiera ido al carajo» me dijo Klopp riéndose, «pero lo hizo y todos celebramos el gol anunciado.» Esta historia no me llamó la atención por el delirio general, ni porque Luis Díaz jamás hubo de enterarse de que su gol había sido pronosticado, sino por las incógnitas empañadas de testimonios contradictorios acerca de aquel remoto día. Durante años estuve indagando para llegar al fondo de la cuestión, pero no conseguí mucho e incluso llegué a darlo por perdido.
No fue hasta hace unos meses que descubrí por una fuente anónima que había una persona más en el vestuario el día que Harvey Elliot desató la histeria colectiva. Ni Konaté ni Alisson lo vieron en el vestuario, pero sin duda estuvo ahí, porque Elliot, del que nunca más se supo tras ese partido, le escribió por mensaje tras el partido que habían llegado demasiado lejos. «Alisson se equivocó, Elliot no estaba hablando de Luis Díaz, sino de Alexander-Arnold, que también anotó al día siguiente. Nos callamos porque nos pareció divertido ver hasta donde llegaba la confusión. Ese gol cambió la idiosincrasia del equipo, mucha gente salió perjudicada, por eso no abrimos la boca», asegura mi fuente, que solo accedió a hablarme desde el anonimato por «miedo a posibles represalias».