Otra forma de entender la vida

Ahora que aficionados del Real Madrid, del Barcelona e incluso del Getafe se aventuran a descifrar a través de sus columnas el sentimiento inefable que es pertenecer al selecto grupo de locos de la cabeza que somos los aficionados del Atlético de Madrid, decidí ayer refrescar la memoria con mi padre al lado, a quien debo que con la mirada me enseñara el arduo arte de afeitarse, y sobre todo (y quizá solamente) que me hiciera del Atleti; nuestro Atleti.

Que me haya dicho mil y una veces eso de «hijo mío, a mí me enterrarás sin que haya visto a estos tipos levantar la Champions, y lo que yo deseo para ti es que tú no sobrepases los cuarenta sin que veas a tu Atleti reinar Europa entera». Y qué más deseo yo, le suelo contestar. Si me moriré a los veinticinco como nuestro (cual si siguiera siendo nuestro) Atleti por entonces no haya comprado la Torre Eiffel o directamente Francia de París a Toulouse, y se haya convertido en el propietario de Berlín, el Coliseo de Roma y hasta el Barrio de la Alfama de Lisboa sin que ningún Sergio Ramos de turno aparezca para truncar nuestro sueño anhelado que llegamos a olisquear, aunque luego tan solo nos quedáramos con el aroma.

Y desde que «Atleti» fuera la cuarta palabra que de muchacho pronuncié (precedida por «jamón», «mamá» y «papá», en ese orden concreto) ahí estamos nosotros, cada domingo (exclusivamente esos domingos) viendo a Griezmann rimar cual si fuera Bécquer, Góngora y Quevedo cuando el balón pasa por sus botas, y a Koke dirigir una ópera romana en el centro del campo, hilvanando cada jugada con una clase que ni Zidane.

Y ayer, de nuevo, vimos Otra forma de entender la vida en Amazon Prime Video, el documental de la última liga; la del Suárez más pícaro, Oblak salvador y Correa rutilante, angelical. Y nos volvimos a emocionar (si se pudiera decir que mi padre es capaz de emocionarse por algo) con el gol de Lodi a Osasuna y el de Luisito en Valladolid, mientras la banda sonora de fondo la ponían Sabina y Leiva explicando en una canción lo que no logran muchos en quinientas o mil doscientas palabras que dura su artículo.

Porque el Atleti se vive y se explica con la mirada, o te lo explica el tipo que en la acera de enfrente te grita «¡Aúpa!» porque lleváis el mismo escudo justo donde está el corazón, si es que entre ambas cosas existiera alguna diferencia.

El Atleti es la mejor (o la única) herencia que te deja tu padre, Margarita y su santo ramo en el córner que un día le perteneció a Pantic, o ese hombre que padece una enfermedad que le inmoviliza la mitad de su cráneo y empeora con la ansiedad, y aun así juega el Atleti y lo visualiza en un sillón de su habitación con la tele lejos, pero rezando hasta que el árbitro pite el final mientras en sus cascos se pone Partido a partido y con sus labios tararea la canción que le da fuerzas para seguir aguantando un rato más.

El Atleti es llevar tu camiseta al colegio, al instituto o a la universidad, cuando pierde y cuando gana. Que un tío que no conoces de nada te grite al oído «tu equipo de olor hediondo ha vuelto a perder» y tú le sostengas la mirada enrabietado con ganas de que su rostro pierda su honorable denominación y solamente le contestes «¿y qué?».

Ahora me acuerdo de aquel tipo que cuando al Atleti le faltaba medio telediario para ganar aquella liga me increpó a la salida de un bar diciendo que no me duraría mucho más aquella alegría que me dibujó y adjetivó temporal. Imagino que vivirá en un desierto o algo peor desde que a Suárez le vino en gana adquirir el José Zorrilla, porque nunca lo volví a ver, y eso que me quedé con su cara y le repliqué con un «ya me lo contará».

El Atleti es la religión de los que cambiaron a Dios por Santo Luis Aragonés o en su defecto dedican cada noche un padrenuestro a ambos. Una suerte de tardes enteras de alegrías, glorias, decepciones y tristezas que compartes con tu padre y recuerdas en esos íntimos ratos para con la familia y nada más. Un Loctite de almas que une pero nunca separará.

Y pese a que enésimos gurús juntaletras a lo largo del tiempo se hayan empeñado en describirlo, el Atleti resulta ser indescifrable si no se vive a diario y hasta el día del juicio final. Lo más cercano a ello es, como reza Prime Video en su documental, sentar las bases de que esto, indudablemente, es Otra forma de entender la vida.

Por Raúl R. Méndez

Sigo creyendo que Jon Nieve debió haberse sentado en el Trono de Hierro. Fan de Hombres G, Taburete y la música pop española en general. Algunos dicen que me asemejo a Peter Parker, aunque juro y perjuro que Nueva York la he recorrido andando. Me enamoré del Atlético de Madrid cuando por primera vez pisé el Vicente Calderón en una gélida tarde de invierno. Y de Rafael Nadal en aquel primer Roland Garros que le vi ganar.