Hay festivales que llenan un recinto. Sonorama Ribera llena una ciudad. Durante cinco días, Aranda de Duero deja de ser el lugar al que uno llega para asistir a un festival y se convierte en el propio festival: suena en la Plaza del Trigo, en la Plaza de la Sal, en el Parque de la Isla, en las terrazas y en las calles, incluso antes de que se abran las puertas de El Picón. La 29.ª edición, celebrada del 5 al 9 de agosto, ha reunido a cerca de 150.000 personas entre el recinto oficial y los escenarios urbanos, y ha vuelto a demostrar que su fórmula —grandes nombres, talento emergente y una ciudad entera implicada— sigue intacta casi treinta años después.

El festival arrancó, como manda la tradición, con la Fiesta de Bienvenida en el Café Central a media tarde y con los primeros conciertos en el recinto a las siete. Fue una jornada para ir haciéndose al terreno: Crystal Fighters, Iván Ferreiro, La Pegatina, León Benavente, Bebe, Carlangas y La Cabra Mecánica compartieron cartel, mientras que en los escenarios más pequeños esperaban propuestas como Mafalda Cardenal, PabloPablo, Tu Otra Bonita o Sofía Gabanna, de esas que obligan a consultar el horario con calma para no perderse ninguna.

Antes de subir al escenario, Iván Ferreiro compareció junto al director del festival, Javier Ajenjo, en una rueda de prensa cercana donde el gallego habló de los «años de amor y relación» que le unen a Sonorama. Ajenjo, por su parte, quiso reivindicar algo más que la actuación: la actitud del propio Ferreiro hacia la escena musical española, esa disposición a seguir diciendo que sí a colaborar, a apoyar a otros artistas y a formar parte de proyectos ajenos cuando su trayectoria y su posición ya le permitirían perfectamente decir que no.

Horas después, esa conversación se convirtió en canciones. Su concierto reunió a un público que conocía cada letra en una noche que fue ganando intensidad hasta los cierres de La Pegatina y Crystal Fighters, ya de madrugada.

El miércoles no tiene la épica de las jornadas siguientes, pero permite entender una de las primeras reglas del festival: aquí es imposible verlo todo y, desde el primer día, toca elegir.

El jueves fue el día en el que la ciudad tomó el mando. Desde el mediodía, la Plaza del Trigo, la Plaza de la Sal y el Escenario Charco, que este año celebró su décimo aniversario, convirtieron el centro de Aranda en un segundo festival. Sobrezero abrió la jornada en el Trigo, mientras que Calequi y Las Panteras firmaron uno de los directos más celebrados del día.

A las tres llegó el concierto sorpresa y, con él, uno de los momentos más recordados de toda la edición: Barry B. El artista, arandino de nacimiento, apareció ante una plaza abarrotada y repasó su repertorio con la energía de quien toca en casa. Cuando Gara Durán subió al escenario para cantar con él, la ovación fue de las que se sienten en el pecho. Poco después, una bandera gigante de Aranda recorrió la plaza por encima del público. No fue solo un concierto: fue una ciudad entera reconociéndose en uno de los suyos.

Con la tarde ya avanzada, el recinto de El Picón tomó el relevo. Antes de su concierto, Veintiuno pasó también por la rueda de prensa, donde Ajenjo subrayó la importancia que la banda tiene para la trayectoria del festival y viceversa: si alguien debía ser bandera de lo que representa Sonorama, dijo, era un grupo como ellos. El concierto, ya en el Escenario Ribera del Duero, estuvo a la altura de esa afirmación, con un público entregado que no dejó de corear sus temas de principio a fin. Una de esas actuaciones que demuestran que el cariño entre una banda y un festival puede ser mutuo y que lleva años construyéndose.

Ramoncín demostró que la veteranía no está reñida con la energía; Guitarricadelafuente consiguió que miles de personas dejaran de hablar para escuchar, en uno de esos silencios que solo se ganan con canciones muy bien tocadas; y Rigoberta Bandini, con su directo desbordante, convirtió su concierto en una fiesta colectiva. Rusowsky cerró la noche recordando que las etiquetas generacionales duran mucho menos que las buenas canciones.

A lo largo de la tarde, en uno de los espacios más pequeños del recinto, el de Porklovers, El Nido demostró por qué es una de las bandas que mejor entienden ese territorio en el que Sonorama se siente más cómodo: el de quienes saben convertir la tradición y las raíces en algo que no suena antiguo, sino vivo. Sin la expectación que acompaña a los grandes nombres del cartel, la formación burgalesa ofreció uno de los directos más sólidos de la jornada, de esos conciertos que se recomiendan de boca en boca al día siguiente.

El viernes empezó con «el secreto peor guardado» de la edición: Arde Bogotá regresaba a la Plaza del Trigo, el escenario donde empezó a fraguar buena parte de su historia con Sonorama. Más de 5.000 personas se apretaron para verles bajo un sol de justicia, en un repaso de himnos que fue ganando intensidad hasta el cierre. Una banda que empezó siendo una desconocida en un escenario secundario regresaba convertida en una de las citas obligadas del cartel nacional. Cerrar ese círculo, en el mismo lugar donde se abrió, fue una de las imágenes que mejor resumen lo que Sonorama significa para los artistas que crecen con él.

Por la noche, El Picón vivió una de sus veladas más emocionantes. Carlos Ares debutó en el escenario principal y encontró en Peregrino uno de los momentos más especiales de su carrera, con miles de voces cantando junto a la suya. Poco después llegó Love of Lesbian, en un concierto que funcionó como despedida antes del parón de gira del grupo: himnos coreados de principio a fin y una complicidad con el público que solo se construye después de muchos años regresando al mismo festival. La noche continuó con la descarga de energía de Sexy Zebras, la frescura de Niña Polaca y Samuraï, y se prolongó con Ángel Stanich, Depresión Sonora, Coti y Ladilla Rusa hasta bien entrada la madrugada.

Fue, probablemente, la noche más difícil de la edición para elegir qué ver. Y también la que mejor explicó por qué, en Sonorama, los artistas no solo vienen a tocar: algunos, como Arde Bogotá, vuelven para demostrar cuánto han crecido.

El sábado reunía, sobre el papel, una de las noches más cargadas del cartel: La M.O.D.A., Leiva, Xoel López, Valeria Castro, Ojete Calor, Belén Aguilera, El Mató a un Policía Motorizado, Repion, Valeria Castro, Puño Dragón y Marlena se repartían los escenarios de El Picón. Antes, la programación urbana había vuelto a llenar la Plaza del Trigo, con Sexy Zebras como concierto sorpresa, mientras que Oslo Ovnies protagonizó uno de los momentos más entrañables del día.

Pero la tarde trajo también una tormenta que obligó a detener la programación durante un buen rato. El público esperó y, cuando la lluvia amainó, la música regresó con más fuerza. Leiva llegó con su Tour Gigante Fin de Gira en formato íntegro y ofreció uno de los grandes conciertos de la edición, con un homenaje a Robe Iniesta que el público recibió en silencio antes de que el directo recuperara toda su intensidad. La M.O.D.A. volvió a demostrar su conexión especial con el público arandino, esta vez con las integrantes de Repion como invitadas, mientras que Ojete Calor cerró su show con una aparición inesperada: la actriz Blanca Suárez subió a interpretar Mocatriz y desató el jolgorio.

La tormenta interrumpió la jornada, pero no consiguió llevársela.

El domingo tuvo ese tono luminoso que siempre acompaña a las despedidas. Niños Bravos, La Regadera, Eyelet, Florida & Hermosso, Late Capital, Mañana Viernes, Popi & Sito, Sarria, Serrano Brothers y Drugos, ganadores de Talento Ribera, se encargaron de cerrar el festival dando protagonismo, una vez más, al talento emergente.

Como manda la tradición, la Plaza del Trigo volvió a llenarse hasta reventar para el último concierto sorpresa: La M.O.D.A., que culminó una edición en la que ya había actuado el día anterior en El Picón. Entonces apareció Leiva para interpretar junto a la banda Subiendo como el Chava Jiménez, en una escena que desató una ola de emoción entre un público completamente entregado. Una Plaza del Trigo cantando a pleno pulmón volvió a convertirse en el lugar donde Sonorama se despide de una edición mientras ya empieza a soñar con la siguiente.

Como broche final, Siloé fue anunciado como primer confirmado de Sonorama Ribera 2027 y, este mismo martes 11 de agosto, salen a la venta 5.000 abonos a un precio especial de 85 euros.

Es difícil reducir cinco días a un puñado de titulares, pero hay imágenes que permanecen: Barry B y su ciudad entera cubierta por una bandera; Arde Bogotá cerrando el círculo en la plaza donde empezó a crecer; Rigoberta Bandini entregada al público —o quizá gracias— de estar embarazada; Guitarricadelafuente logrando que miles de personas dejaran de hacer ruido para escuchar; la tormenta del sábado y un público que esperó de pie; y esa Plaza del Trigo que, día tras día, primero corea «¡Escenario principal!» para una banda que empieza y después recibe como propia a la que ya lo ha conseguido.

Más de 5.000 Puntos Violeta y la mejora de los sistemas de accesibilidad reforzaron, además, el compromiso del festival con una experiencia más segura e integradora. El mensaje de fondo siguió siendo el mismo de siempre: que en la España vaciada no hay resignación, sino pueblos orgullosos de su origen. Casi treinta años después, Sonorama sigue siendo eso: un festival que ha aprendido a crecer sin dejar de parecerse a sí mismo.

La 29.ª edición ya ha terminado. La cuenta atrás para la trigésima, la de las tres décadas, comenzó el mismo día en que se apagaron los escenarios.

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