Si uno se para a observar las alfombras rojas de los Premios Goya o del Festival de Málaga, puede llegar a confundirse y pensar que está viendo el inicio de la Velada VI de Ibai Llanos. El debate sobre la presencia de creadores de contenido en las galas de nuestro cine está en boca de todos y mentiría si dijera que no entiendo ambas posturas.
Hay que entender cómo funcionan las reglas del juego, en este caso las de la industria del cine, no tan diferente a otras industrias de entretenimiento como la música o la creación de contenido. El cine es arte, pero también necesita dinero para sobrevivir. Es por eso que entiendo que las marcas patrocinadoras inviten a influencers para que el evento sea más llamativo, se dé de qué hablar y se disparen las visualizaciones. Lo que es innegable es la visibilidad que generan estos nuevos “comunicadores”. En lo personal, no me parece mal que se les reserve un trozo del pastel si ayudan a que el cine español llegue a los móviles de los más jóvenes. Bienvenidos sean.
Sin embargo, como en cualquier evento, estas galas tienen las butacas contadas. Y no puedo evitar acordarme de la actriz Yolanda Ramos, quien confesó que, salvo cuando ha estado nominada, ve la gala «en pijama en su casa». Me paro a pensarlo y sí que es un poco triste que, en cierta manera, el talento sea sustituido por likes y seguidores. Para algunos esto es símbolo de estar perdiendo el norte, ya que la prioridad debe estar enfocada en los actores, directores y técnicos que se dejan la piel para sacar adelante las películas. Ellos deben ser los principales protagonistas de estos eventos.
También es importante matizar el respeto que se tiene al oficio. Si vas, estaría bien tener un mínimo de conocimiento sobre el sitio en el que estás y qué se presenta allí. Me ha sorprendido la respuesta de la influencer Ona Gonfaus, cuando una periodista le ha pedido que recomendara alguna película, especialmente de las que se presentaban en el festival, ella contestó: “pues mira, la nueva de ‘Ocho apellidos’”, película estrenada en 2023. Esta respuesta es el claro ejemplo de desconexión que preocupa en personas que deben estar para dar visibilidad y buena imagen del lugar en el que se encuentran.
Entiendo que los nervios de un micrófono en directo te pueden jugar una mala pasada, como ella misma explicó después, pero la escena no ha hecho más que reforzar el discurso de aquellos más extremistas con la implicación de los influencers.
Incluso compañeros de su gremio, como Javi Hoyos, han admitido que cuesta defender lo indefendible, aunque sí que haya creadores que se preparen y se lo tomen en serio. Pero la sensación general es la que ha resumido Isabel Coixet: «hemos llegado a un punto en que la ignorancia ya no se disimula. Se exhibe. Se monetiza».
No pido que los influencers desaparezcan de los festivales, su presencia tiene sentido comercial. Pero si te invitan a la gran fiesta del cine español, al menos ten la decencia de saber qué se proyecta en la pantalla.