'La fiera'

La nueva película de Salvador Calvo se adentra en la historia real de los pioneros del salto BASE con traje de alas en España para explorar la adrenalina, el miedo y la fragilidad humana

La fiera, dirigida por el ganador del Goya Salvador Calvo, es mucho más que una película sobre deportes extremos. El cineasta se sumerge —de manera emocional y visual— en la compleja relación entre libertad, riesgo, amor y amistad, trazando un retrato de quienes viven permanentemente al límite, literalmente volando sobre el abismo. Basada en hechos reales y protagonizada por Carlos Cuevas, Miguel Bernardeau y Miguel Ángel Silvestre, la cinta llega a los cines el próximo 6 de febrero.

Desde sus primeras escenas, La fiera adopta una estética cercana al documental: los protagonistas se sientan frente a una cámara para ofrecer su testimonio directo sobre los hechos vividos. Este formato rompe las barreras con el espectador y genera una sensación de cercanía, convirtiéndolo en testigo directo de sus miedos, alegrías, anhelos y contradicciones. Sabemos desde el inicio que algo no va a ir bien, no solo por la ausencia de ciertos rostros, sino por la propia forma en la que decide contarse la historia.

La banda sonora, compuesta por Roque Baños, consigue un visionado más inmersivo. La combinación de música original con sonidos propios del flamenco —cante, taconeo y palmas— funciona como un latido emocional que intensifica tanto los momentos de máxima tensión como las transiciones hacia la tristeza y la introspección.

La verdadera alma de La fiera reside en sus personajes. José Manuel Poga, aunque en un papel secundario, brilla como un Chana eufórico que abraza el riesgo sin temor. Miguel Ángel Silvestre construye a un personaje carismático y desafiante, alguien que ha perdido el miedo y defiende su estilo de vida con una convicción provocadora. Frente a ellos, Miguel Bernardeau ofrece una interpretación más contenida y conmocionada: es el único que refleja el miedo real, al vértigo que pocos admiten. Carlos Cuevas, probablemente en la interpretación más sentida, encarna a Carlos Suárez, un hombre derrotado por las pérdidas, pero incapaz de renunciar a este estilo de vida. Lo que queda claro es que el reparto ha logrado forjar una amistad genuina que traspasa la pantalla.

De manera sutil, pero constante, la película plantea una pregunta que va más allá del deporte extremo: ¿hasta qué punto estamos dispuestos a alimentar a esa «fiera» interior? Una figura imaginaria que vive dentro de nosotros y se alimenta de la adrenalina y del riesgo y de la intensidad para sentirse vida. No es solo una reflexión exclusiva de los saltadores BASE, sino para todos aquellos que buscan en la intensidad su estilo de vida.

La fiera también aborda con sensibilidad la doble cara del riesgo: la responsabilidad. La tensión surge del frágil equilibrio entre la pasión por volar y el impacto que genera en las personas que esperan en tierra firme. Familiares, parejas y amigos viven atrapados en la incertidumbre, el miedo y el duelo anticipado, mientras que los protagonistas parecen indiferentes al peligro. En este sentido, también se exploran los prejuicios que rodean a estos deportistas, frecuentemente señalados como personas que «no valoran la vida», cuando en realidad su mirada coincide la vida como algo profundamente bello que merece esa intensidad, incluso sabiendo que la pérdida forma parte de ese camino.

Salvador Calvo maneja la narración con una precisión admirable, anticipando la tragedia sin necesidad de mostrarla de forma explícita. El espectador siente la angustia como si fuera un ser querido más, adelantándose al impacto antes de que ocurra. Esta estrategia narrativa, unida al formato testimonial, construye un relato cargado de vértigo y belleza trágica, donde cada salto es al mismo tiempo una celebración de la vida y un desafío directo a la muerte.

Con su estreno en cines el 6 de febrero, La fiera se consolida no solo como una película sobre deportes extremos, sino como una lección de vida que invita a disfrutar del momento, a convivir con el miedo y a permanecer fiel a uno mismo pese a las pérdidas. Dedicada a la memoria de Manolo Chana, Carlos Suárez, Darío Barrio y Álvaro Bultó, la película emociona, reflexiona y permanece en la memoria del espectador.

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