Fernando Franco, ganador del Goya a Mejor Dirección Novel por ‘La Herida’, adapta la novela homónima ‘Subsuelo’ de Marcelo Luján en una película que se estrenará el próximo 7 de noviembre
«Eva y Fabián son dos hermanos mellizos a punto de cumplir la mayoría de edad. Una noche de verano, se ven involucrados en un trágico accidente. Las circunstancias concretas, sin embargo, son opacas y parecen conocidas únicamente por ambos hermanos y Mabel, su madre.»
La sinopsis podría inducirnos a pensar que estamos ante una película de misterio, pero nada más lejos de la realidad. La trama se centra en explorar hasta dónde pueden soportar la protagonista principal antes de decir basta. Esto se traduce en un cúmulo de sufrimiento, abusos y violencia gráfica que no cesarán hasta que confiese lo que realmente ocurrió en el accidente.

El realismo gráfico conseguido es brutal, las interpretaciones son sobresalientes, el montaje engancha, el estilo encaja perfectamente con el tono de la película. Sin embargo, pasé gran parte de Subsuelo preguntándome: ¿cuál es el objetivo de esta historia? ¿Mostrar por qué nunca debemos aceptar ser extorsionados por aguantar una mentira? ¿Exponer las consecuencias de la falta de confianza con los padres? ¿Demostrar que quienes nos rodean pueden ser monstruos?
En palabras del director, Subsuelo plantea sus temas de manera que «pretende no dejar indiferente a nadie» y «no busca dar respuestas, sino generar preguntas». ¿Objetivo conseguido? No lo tengo claro. Siento que la película me ha generado dudas, pero no estoy tan seguro de que realmente me haya generado preguntas.
Uno de los grandes problemas de la historia es que, mientras la mayoría de los personajes se sitúan al borde de la moralidad —sin ser completamente «buenos» ni «malos», y planteando un debate a través de sus acciones—, el hermano mellizo es directamente un psicópata que rompe ese delicado equilibrio.

Si el objetivo es plantear personajes complejos alrededor de una situación compleja para generar preguntas complejas, no puede ser que todo esté condicionado por un personaje cuyas acciones se basan en ser la peor persona posible en cada escenario. La complejidad se diluye, las dos horas de película se reducen a una historia incómoda de ver y, por encima de todo, no se nos recompensa de ninguna forma, porque no se nos ofrece ninguna respuesta.
Esto se refleja cuando la película llega a su clímax y no le queda otra que empezar a plantear ideas y posibles respuestas, en ese momento, aparezcan los créditos de cierre. Y uno queda preguntándose… ¿Y…? ¿Y bien…? ¿Qué más…? Ah, claro, que no hay más.
Como espectador, lo he dado todo. He aguantado dos horas de incomodidad y sufrimiento buscando un mensaje, una idea sobre la que reflexionar, y me he ido con las manos vacías y la mochila llena de dudas, no de preguntas.
Tal vez he sido yo. Tal vez el problema esté en el material original y no en la película. Tal vez quien lea esta crítica vaya al cine y encuentre una base perfecta sobre la que reflexionar. Yo no la he encontrado: solo dudas. Han sido dos horas que me han dejado descolocado y que, sinceramente, no podría recomendar.