Mario Vargas Llosa, periodista, ensayista, guionista, relatista y novelista, un titán de la letra hispánica oriundo de Arequipa (Perú), nacido en crudos años en los que su país natal sacaba la cabeza de la Gran Depresión, se ha marchado la noche del 13 de abril de 2025. Años de trayectoria, el peso del legado literario que deja a sus espaldas, más allá de su historia personal, es inconmensurable, y sus muchos reconocimientos lo posicionan en el panteón de los grandes de las letras en lengua española.

Sin entrar a mentar las subidas y bajadas de la vida de los artistas, considero bastante desacertado atribuir que las acciones de un creador pueden deslegitimar su obra, de la misma forma que la obra no es una vía para deslegitimar a su autor, si bien es un ente de su propiedad y su intelecto, y por tanto, parte de un legado. Si esta fuese la vara de medir aplicable a todos los casos, hubiera que desacreditar al cantante que fomenta la vida callejera y peligrosa sin que necesariamente la aplique en su rutina, o al director de cine que arremete duramente contra cualquier forma de vida, dando muerte a los caracteres sin ningún atisbo de necesidad de guion, quizá aquejado de sociopatía (aunque lo más probable es que se trate de un derramador de sangre en pos del morbo que generan unos cuantos desmembramientos).

Por ello, me resisto a considerar que las idas y venidas de un escritor hacen mella sobre su obra, si bien son un producto de su mente y la inspiran, no las podemos considerar como parte de la biografía absoluta de la persona, ni mucho menos, desmerecer otros tantos logros conseguidos con años de esfuerzo. Edgar Allan Poe escribía ebrio de pesadillas, está bien, y fue eso lo que hizo especial su obra, pero su ida a la bebida (falleció aterido de frío y borracho en medio de la calle) y su creciente locura paranoica nunca fueron materia de discusión en su legado, si bien construían el marco, no eran definitorios de su capacidad para armar las frases. Jean Genet dedicó su vida al delito: ladrón y estafador, pero tocado con el don de la letra magistralmente hilada que incluso defendió Jean-Paul Sartre. Puede que su vida fuese dudosa en términos morales, sin negarlo, pero nadie pone en tela de juicio que se lo reconozca en el panteón de la literatura: escritura y persona coexisten sin necesidad de que la una borre a la otra. El hijo no es culpable de los delitos de su padre.

Así pues, aunque las ideas se plasman en el papel y conviven en la letra y en la obra, no son un reflejo exacto de la persona, cuyas vivencias son parte, pero no van de la mano de lo que al mundo han otorgado. Corresponde, pues, a la sociedad y a la justicia general enjuiciar a las personas, y corresponde al periodista, y corresponde a los analistas literarios revisar la obra, la creación, y los senderos que la guiaron. No podemos juzgar al rascacielos por las manos de sus constructores, sino por su aporte a la estética de la ciudad.

Y por ello es que voy a empezar con la negativa a desmerecer por las acciones y errores cometidos por la persona en vida -muchos de ellos probablemente azuzados por programas televisivos que han considerado la vida personal un punto de juicio absoluto a la persona entera por la publicidad de las mujeres con que ha estado casado, pero lo han mezclado con su valía profesional- la riqueza y la capacidad de genio de uno de los gigantes de la narrativa hispánica actual, al lado de Pérez-Reverte, muy a la zaga de García Márquez (pese a su notable enemistad), y engarzado en ese basto y nutrido grupo de gran riqueza literaria que es el Boom Latinoamericano. Hablo de Mario Vargas Llosa, que dejó este mundo el pasado 13 de abril de 2025.

De la belleza bucólica del Perú rural a recorrer Europa en las alas del amor

Este es el caso de Mario Vargas Llosa, literato que vio la luz por primera vez en la Ciudad Blanca, Arequipa, en Perú, municipio tradicional de orgullosa herencia criolla. La esplendorosa ciudad en la que el peruano vino a ver el mundo era un importante epicentro de la cultura y el intelecto, anticipando los hitos de su carrera como literato, oficio para el que encontró una vocación innata que se plasmó en la pronta publicación de su primer compendio de cuentos, Los jefes, un llamado poderoso, caótico pero tan sumamente visual a la lucha contra la opresión reflejada bajo el prisma de la educación que ya marca la hoja de ruta del pensamiento de Vargas Llosa en su narrativa más temprana, y que recuerda muchísimo a la literatura ardiente promovida posteriormente por Ray Bradbury.

«—¡Formemos las filas! —El vozarrón de Raygada vibró en el aire sofocante de la mañana. Muchos, a la vez, corearon: —¡A formar! ¡A formar!”

Pero sin adelantar los acontecimientos: un joven Mario abandonaba en sus primero años de vida la ciudad color marfil junto a su familia materna para cursar su educación primaria en la nación vecina, Bolivia, periodo en que el país se recuperaba de su conflicto con Paraguay por el Chaco Boreal, marcado por la nostalgia y el dolor revanchistas de una nación derrotada. Su orígenes de aprendizaje, que, aunque se crea que no, ya desde temprano es cuando se asimilan gran parte de las identidades vitales, estuvieron marcados, pues, por un clima desigual, de aire rural, bajo el trasfondo de una inseparable belleza bucólica tras la cual se comenzaban a gestar movimientos intelectuales y efervescencia cultural a partes iguales.

Más tarde, acabada la Segunda Guerra Mundial, que agitó y sacudió los cimientos del mundo mismo, Vargas Llosa retornó a Perú, donde conoció por primera vez a su padre, Ernesto Vargas Maldonado, periodo en que no solo inició su sólida formación en una escuela militar, sino que además empezó a avivar su pasión por la letra, y en concreto por la viva semblanza del periodismo, la crónica y el amor a los hechos y las historias. Ya 1952, año en que publicó su primera obra de teatro estrenada en Lima, La huída del Inca, inició sus estudios en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, donde dio sus primeros pasos en el Derecho y la profesión de las Letras, y comenzó a hacer a sus pinitos como redactor en Cuadernos de Composición y en la apasionada revista Literatura.

En 1955 contrajo matrimonio con su tía política, Julia Urquidi, escritora boliviana, también perteneciente a los años del Boom, si bien diez años mayor que él. Fue, sin riesgo a equivocarse, la primera persona en iniciar verdaderamente a Vargas Llosa en el mundo de la escritura. Este esfuerzo cristalizó cuatro años después (él tenía solo diecinueve años, tierna edad) en la publicación de la colección de relatos, Los Jefes, tan explosivo como cargado de imágenes, sentimientos, y por supuesto, un afán de revolucionar el género; mensaje tan sumamente evidente y a la vez tan cautivador, que es difícil pasar por alto. Toda una declaración de lo que estaba por venir, de que aún había Mario para rato. Por aquel entonces, Vargas Llosa ya se había mudado a España, sumido el país europeo en la dictadura franquista, aunque tuvo suerte de pisarlo en sus años dorados, pues ya comenzaban a gestarse los avances del desarrollismo y por tanto el turismo comenzaba a estar en boga. Allí, cursó su doctorado en Filosofía y Letras por la Universidad Complutense de Madrid. Fue además la primera vez que pasó el escritor hispanoamericano en tierras ibéricas, y allí permaneció un largo y bello año. Daba el pistoletazo de salida a su fructífera carrera, sin sospechar por un solo segundo la extensión de lo que estaba por hacer en los próximos setenta años.

Mario Vargas Llosa y Julia Urquidi

El matrimonio se mudó después a Francia, donde permaneció cinco años, durante los cuales, Vargas se dedicó en cuerpo y alma a su trabajo periodístico con la agencia France Press, labor que compatibilizó en sus horas sueltas con la elaboración de sus trabajos de palabra, letra y sangre. Durante este periodo, recibió el Premio Biblioteca Breve en reconocimiento a su novela, La Ciudad y los Perros, primer galardón de índole internacional que, por otra parte lo consagró, como en un bautismo de fuego, como un iniciado entre los escritores del Boom Latinoamericano.

«Sólo la libertad le interesaba ahora para manejar su soledad a su capricho, llevarla a
un cine, encerrarse con ella en cualquier parte.»

Unos años después, el artista dejó la relación con su tía, momento en que comenzaba su matrimonio el escritor oriundo de Arequipa con Patricia Llosa Urquidi, su prima, en 1965, a quien conoció en París y de la que se enamoró en cuestión de instantes. Este episodio romántico lo recogió el propio autor en La tía Julia y el Escribidor, pequeña novela autobiográfica donde narra además sus viajes por Londres y Barcelona en compañía de su amada. «La prima Patricia es una muchacha de mucho carácter, muy capaz de hacer lo que me prometía.» -declaraba el autor.

Y, tocado de fortuna, un año después de sus nuevas nupcias, le llegó a Vargas Llosa el Premio de la Crítica por otra de sus obras, La Casa Verde, una de las más ambiciosas gestadas por el peruano, inspiradas por la visión de una choza-prostíbulo visitada en 1946. Y no pasados los doce meses, ya estaba recogiendo el Rómulo Gallegos en Venezuela, un reconocimiento tardío a su labor literaria en La Ciudad y los perros.

Las andanzas por Perú: la colisión de dos amigos, clubes literarios y documentales

En 1975 comenzó su trayectoria en el cine después de tres años de duro trabajo en el guion de la historia real de un equipo de Rugby estrellado en los Andes, abocado a sobrevivir entre capas de nieve como buenamente podían, en espera de la ayuda (¿les va sonando?). Ese mismo año recogió el Premio Nacional de Literatura, que el gobierno de Perú le otorgó en reconocimiento a su aporte al patrimonio cultural del país y que le granjeó el acceso a la Real Academia Peruana de la Lengua, y su posterior nombramiento como presidente del PEN Club (hoy PEN Internacional), una de las organizaciones literarias más importantes del mundo con centros nacionales en más de 100 países. Vamos, lo que viene siendo casi nada.

Mario Vargas Llosa tuvo una relación de amistad bastante complicada con el célebre autor colombiano Gabriel-García Márquez, la mente y mano detrás de la indiscutiblemente exquisita obra Cien Años de Soledad, otro referente del Boom Latinoamericano. Doce años durante los cuales fueron amigos inseparables se rompieron durante un polémico episodio en el estreno de un documental gestado por la mente del peruano, La Odisea de los Andes: sí, la historia que primero Pablo Vierci adaptó a crónica en base a las entrevistas y que Bayona adaptó como la muy premiada La Sociedad de la Nieve. Pues bien, en este marco fue cuando una rencilla, probablemente amorosa o marcada por el «tú dijiste» se saldó con un acto violento y finalmente puso fin a las relaciones entre ambos autores. Sin justificaciones a la violencia y las declaraciones que surgieran a raíz del episodio, no siempre los escritores viven vidas idílicas, ni son siempre dechados de pacifismo absoluto.

Gabriel García Márquez junto a Vargas Llosa

Conquistas de un peruano perdido en tierra española

Cuando Vargas Llosa recibió el Premio Planeta, en 1993, ya se había enamorado completamente de las bondades que la ciudad de Madrid le ofrecía, y ahí se acomodó junto a la inseparable Patricia. Este fue el primero de muchos reconocimientos al escritor peruano por su labor en las letras, y en concreto por la publicación de Lituma en los Andes, una obra política, analítica, pero también cruda a su manera, con reflexiones de todo tipo y color y ahondada en la belleza estética, en la que trasladó a los ojos de los peninsulares las muchas tensiones políticas y sociales en las montañas de su Perú Natal.

“Los hombres lloran también, cuando hace falta -continuó Lituma-. Así que no te avergüences. Las lágrimas no vuelven marica a nadie” 

Estos años 90 estuvieron trufados de éxitos para Vargas Llosa, que pasó a formar parte de la Real Academia Española de la Lengua. Fue diez años después, con bastante experiencia como académico a sus espaldas cuando trabajo mano a mano junto a un cincuentero Pérez Reverte, parte también de tan elevado y prestigioso equipo. Nota aparte que el escritor cartaginés ha querido reconocer la labor de Vargas Llosa y sus años de trabajo infatigable con un mensaje tierno, nostálgico y también valiente: «Al final siempre hay otros que acaban por contar al que lo cuenta. Son las viejas reglas».

Un año después, Mario Vargas Llosa volvió a hacerlo, y se alzó con el galardón Premio Cervantes, una versión nacional del Premio Nobel de la literatura por su carrera literaria, uno de los mayores honores al que pueda aspirar un autor en lengua hispánica. Y sin esperar más tiempo, en 1995, también fue dotado con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras. No solo el autor lograba hacerse un hueco en el corazón ávido de lectura de una Hispanoamérica anhelante de plasmar sus problemas en vivas letras, sino que llegaba allende el mar de su ciudad natal y se posicionaba como un referente en otras tierras con solo el peso de su pluma bien aplicada sobre el papel.

Sus trabajos hicieron que los diarios de prestigio como El País amasen su vocación y su pasión y no tardó en ser reclutado para trabajar entre sus filas como columnista de vanguardia. Desde entonces, cada poco tiempo, los lectores han podido deleitarse con sus astutos y mordaces textos de opinión, cargados de un tono irónico, pero también certero, analítico, pero pintoresco. En fin, cualquiera de ellos por sí solo ya merece ser materia de estudio en un aula de literatura realmente profesional.

El hito de toda una vida: el Premio Nobel 2010

En 2010, Mario Vargas Llosa recibió, con todos los honores, el premio más prestigioso al que escritor en vida pueda aspirar: el Nobel de Literatura. El galardón se dio como una recompensa a «su cartografía de las estructuras de poder y sus imágenes mordaces de la resistencia del individuo, su rebelión y su derrota».

«No era fácil escribir historias», declaró el autor peruano en su discurso durante la recepción del Nobel. «Al volverse palabras, los proyectos se marchitaban en el papel y las ideas e imágenes desfallecían», señalaba, en un atisbo de uno de los problemas más acuciantes al que cualquier autor que se haga respetar haya podido venir a visitar: la apremiante y opresiva falta de inspiración, y la consiguiente pérdida de rumbo en un proyecto aún nonato. «Sin las ficciones seríamos menos conscientes de la importancia de la libertad para que la vida sea vivible y del infierno en que se convierte cuando es conculcada por un tirano, una ideología o una religión», declaró en su tratado acérrimamente amoroso con el arte de la palabra, con la musa de la literatura, y con los muchos referentes que abocaron su carrera al éxito.

«Algunas veces me pregunté si en países como el mío, con escasos lectores y tantos pobres, analfabetos e injusticias, donde la cultura era privilegio de tan pocos, escribir no era un lujo solipsista. Pero estas dudas nunca asfixiaron mi vocación y seguí siempre escribiendo, incluso en aquellos períodos en que los trabajos alimenticios absorbían casi todo mi tiempo.» 

Mario Vargas Llosa durante su discurso en el Premio Nobel 2010

Vargas-Llosa: Manual de escritores, ecos de tierras lejanas

La trayectoria de Vargas Llosa alcanzó un punto álgido a partir de ese momento, pero, infatigable, Vargas Llosa siguió escribiendo y dando vida a nuevos relatos, artículos y criaturas de vida palpitante tras la tecla hasta el último de sus días. Desde entonces, sus muchos proyectos, romances con la libertad, que en 2002 le motivaron a crear la Fundación Internacional para la Libertad, viva imagen del compromiso del autor con la democracia y la prosperidad de la mano de los intelectuales del Think Tanks, y sus historias amorosas (estas últimas irrelevantes en lo concerniente a las hazañas logradas por un joven peruano que una vez soñó la letra, y que, impulsado por el motor del corazón, llegó a hacerla posible), han convertido a Mario Vargas Llosa en una semblanza de su tierra, un peruano vecino de Madrid, vecino del mundo entero, portador de una obra ensayística cargada de opinión tan sumamente extensa que, la realidad es dicha, no podría ser sostenida en un solo artículo.

Me reitero en mi idea de que una trayectoria tan sólida, tan cargada de logros y también de desmanes que son aliento vital y experiencia vívida impresas en papel, no puede ser tumbada por dos o cuatro tonos desvaídos en el mapa vital. Pues al final, el peso de la experiencia no es lo que uno dice, sino que cobra relevancia por lo que uno hace. Si la letra canta, y la palabra trae de vuelta lugares a los que el ojo asentado no llega, puede no tomarse muleta sobre lo errado, y se puede amar y abrazar todo el trabajo traído al mundo por la mente.

Manual de escritores y vida bohemia, quizá no al agrado de todas las sensibilidades, a lo peor algo desaforadas por un par de víctimas descorazonadas entre las páginas de la biografía de un imperfecto hombre («el orgullo, el más fatal de los consejeros humanos», decía Valle Inclán), pero en el fondo, vida humana, y exquisita en cuanto a productividad. No es fácil dejar un legado, y no es labor gratuita, ni mucho menos alcanzable en la inamovilidad. Pero es capaz de inspirar.

Por este motivo, y solo por este, Vargas-Llosa merece su lugar en el Panteón de los escritores Caídos, al lado de Hemingway, junto a un infatigable Bradbury (que seguirá quemando máquinas de escribir allí donde esté), jugando a los dados con Dostoievski o quizá tomándose otra ronda junto a Tolstoi; quizá debatiendo acaloradamente con algún filósofo como Camus, o intentando darle ánimos a Joyce para terminar otro monumental proyecto. Porque sí, se puede decir más alto, pero no más claro: Mario Vargas Llosa es, y se ha convertido por siempre en un referente incansable de la letra española.

Por Daniel Caballero de Paz

Cuando me regalaron mi primera libreta, no pude evitar llenarla de garabatos. Ahora hago lo mismo con los procesadores de texto, que ocupan menos espacio y no gastan papel. Si el día tuviese más de veinticuatro horas, seguramente ya habría visto todas las películas rodadas y por rodar y leído todos los libros escritos y por escribir. Ya ven, la gracia del tiempo. Que le toca a uno elegir qué es lo que va a hacer después.

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